martes, 10 de abril de 2018

Se Murió Susie




Por Baneste

La única vez que tuve un perro fue a la edad de diez años. En realidad, el perrito pertenecía también a mi hermano, quien era un año menor que yo, ya que fue un regalo que nuestro padre nos hizo a ambos. Se trataba de un cachorrito que aún necesitaba de mucho cuidado, aunque ya se podía jugar con él y llevarlo en caminatas alrededor de la casa y por el solar que se extendía hasta un cafetal colindante. Nos habían recomendado alimentarlo con leche y nosotros a nuestra corta edad, hacíamos lo posible por criarlo de la mejor manera. Estábamos contentos; nos sentíamos felices, como si nos hubiesen regalado todos los mejores juguetes del mundo. Y es que muchos niños (y creo que algunas niñas también) consideramos que las mascotas son juguetitos.

Con mi hermano jugábamos a cada instante con el pequeño can, excepto cuando estábamos en la escuela. Afortunadamente para el cachorro –que aunque era muy juguetón, era aún muy tierno para ser sobre exigido– en ese tiempo las clases se extendían de ocho de la mañana a doce del mediodía, y de una a las cuatro de la tarde. Estábamos tan encantados con nuestro animalito que habíamos dejado de concurrir al predio baldío que estaba al final de la calle de nuestro vecindario, donde se juntaba toda la chiquillería del barrio para jugar al ladrón librado, al trompo, al Fútbol, al Yo-yo, capirucho, etc.; juegos de aquella época cuando todavía no existían las computadoras, ni las tabletas digitales, ni las consolas de vídeo juego, ni las poderosas mini computadoras portátiles llamadas teléfonos celulares. Y por la noche, lo dejábamos tranquilo en un rincón de nuestro dormitorio, donde le habíamos arreglado un nidito con pedazos de trapos viejos.

Sin embargo un día, al volver de la escuela a la hora del almuerzo, nos encontramos con nuestro cachorro muerto. Después de la muerte de nuestra madre nunca nos habíamos sentido tan tristes, pues quizás nunca habíamos querido tanto a otro ser que nos abandonara para siempre. El mediodía era caluroso como todos los del trópico, especialmente en la estación seca, pero antes de comer cavamos con mi hermano una pequeña fosa en el patio de la casa y depositamos allí el cadáver del perrito; lo cubrimos de tierra y –a la usanza de las sepulturas cristianas de seres humanos– le colocamos una cruz que toscamente elaboramos con dos palos rollizos. Y la memoria de ese pequeño perro ha persistido en mi mente a través de largo tiempo junto a la de los seres más queridos que han fallecido, incluyendo mi hermano. Y tal vez ese dolor, tanto dolor, a una edad infantil, haya sido determinante en mi decisión de nunca jamás volver a tener un perro.

Esa convicción se ha ido fortaleciendo a través del paso de los años al llegar a comprender, por medio de observar, el por qué los seres humanos tienen tanta fascinación con los perros. En el país donde yo crecí había regiones rurales donde los perros eran tan famélicos como sus amos, expresión inequívoca de una pobreza extrema; pero había campesinos que tenían hasta cinco canes. Al llegar a vivir a Estados Unidos descubrí que los perros son adoración casi sagrada, tanto en las áreas rurales como urbanas, y tener uno es casi una obligación; y el no tenerlo, o no demostrar afecto a uno que se encuentre guiado por su dueño, se considera estrambótico. Es como no sonreír automáticamente; es como tirarse un pedo en público, aunque sea involuntariamente, es en contra de las normas sociales. Y es muy triste ver que personas que viven en cuartuchos pequeños, en donde apenas cabe una cama y alguna mesa chica con una silla, tengan el valor de tener un animal encerrado en tan reducido espacio solamente porque necesitan compañía.

Me consideré dichoso cuando, al casarme, coincidentemente mi amada esposa tampoco deseaba tener perros, aunque nunca abordamos las razones de cada cual. Pero al cabo de algún tiempo, cuando nuestro hijo alcanzó los doce años de edad, y yo tenía ya un buen rato de estar fuera del hogar por el divorcio, él exigió que le dieran una mascota canina. Lo supe durante una visita que hice para estar con él. Aunque se me pidió una opinión, solamente me limité a expresar que el tener un perro implicaba una gran responsabilidad, y que consideraba una crueldad los descuidos con respecto a estos animales. Su madre le concedió su deseo, y después de una búsqueda un tanto cuidadosa, trajo a su casa una hermosa perra blanca, de ojos vivacísimos, peluda, de nombre Susie. Esa perra fue feliz en esa casa porque tiene un gran solar en su parte trasera, y mi exesposa –al darse cuenta de que a nuestro hijo solamente le interesaba jugar con el animal– se abrogó la responsabilidad de cuidarla con mucho esmero.

A esta linda perra la conocí en la última de las visitas regulares que yo hacía cada mes, porque recuerdo que pasó casi un año para volver a verla. Y a pesar de que no me veía muy seguido, y a pesar también de que yo no era muy efusivo con ella, me dio muestras de un afecto tan grande que me impactó mucho más que un montón de personas.

Pero después de siete años de disfrutar de su compañía, Susie se murió, causándonos mucha tristeza. Su muerte se debió a que nunca pudo reponerse después de sufrir un grosero ataque por parte de otro perro de la vecindad con el que solía jugar. De nada sirvieron los mayores cuidados que se le proporcionaron y luego de varios días de silencioso padecimiento, murió. Fue enterrada en una esquina del solar de la casa, y sobre su tumba ahora crece una planta de flores bonitas que permitirán rememorarla. Por mi parte, yo quise escribir esto, para expresar mi sentimiento de pesar que fue revivido al evocarme este suceso aquel pequeño perrito que quedó sepultado en el solar de la casa donde yo pase mi infancia.

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