viernes, 26 de enero de 2018

El Campesino Hambriento, Dios y la Muerte




No muy lejos de la ciudad de Zacatecas, vivía allí un campesino pobre cuya cosecha nunca era suficiente para aplacar su hambre, la de su esposa y la de sus hijos. Cada año sus cosechas empeoraban y su familia era más numerosa. A medida que pasaba el tiempo, el hombre tenía cada vez menos qué comer para él, puesto que sacrificaba parte de sus propias raciones en favor de su esposa y criaturas.

Un día, cansado de tanta privación, el campesino robó una gallina con la determinación de irse lejos, muy lejos, a comérsela, donde nadie pudiera verlo ni esperar que la compartiera. Cogió una olla y subió por el lado más accidentado de un cerro cercano. Encontrando un lugar apropiado, hizo fuego, desplumó su gallina, y la puso a cocer con hierbas.

Cuando estuvo lista, apartó la olla del fuego y esperó impacientemente a que se enfriara. Mientras se preparaba a comerla, vio un hombre que venía por una de las veredas en dirección suya. El campesino escondió apresuradamente la olla entre los charrales y se dijo a sí mismo: —¡Maldita suerte! Ni aún aquí en los montes se le es permitido a uno comer en paz.

En ese momento, el extraño se aproximó y saludó.

—¡Buenos días, amigo!
—¡Buenos días le dé Dios!, —contestó él.
—¿Qué haces tú aquí, amigo?
—Bueno, nada, señor, solamente descansando. Y Su Gracia, ¿a dónde va?
—Ah, yo solo estaba pasando, y me detuve para ver si podrías darme algo de comer.
—No, señor, yo no tengo nada.
—¿Cómo es eso, si tienes un fuego ardiendo?
—Ah, ¿este pequeño fuego?, solo era para calentarme.
—No me digas eso. ¿No tienes una olla escondida en los charrales? Aún desde aquí puedo oler la gallina cocida.
—Bueno, sí, señor, tengo una gallina, pero no le voy a dar nada; no le daría ni aún a mis propios hijos. Vine hasta aquí a lo alto porque por una vez en la vida quería comer hasta llenarme. Por seguro no voy a compartir mi comida con usted.
—¡Vamos, amigo, no seas mezquino! ¡Solo dame un poquito!
—No, señor, no le voy a dar nada. En mi vida entera nunca he podido satisfacer mi hambre, ni siquiera por un día.
—Sí, tú me darás algo. Te niegas porque no sabes quién soy yo.
—No voy a darle nada, no importa quién sea. ¡No voy a darle nada!
—Sí, me darás, tan pronto como te diga quién soy yo.
—A ver, ¿quién es usted?
—Yo soy Dios, tu Señor.
—¡Ah, ajá! Ahora mucho menos voy a compartir mi comida con usted. Usted es muy malo con la gente pobre. Usted solamente le proporciona a aquellos que le gustan. A algunos les da haciendas, palacios, trenes, carruajes, caballos; a otros, como yo, nada. Usted ni siquiera me ha dado suficiente para comer. De modo que no le daré nada de mi gallina.

Dios continuó argumentando con él, pero el hombre no le daría ni siquiera una cucharada de sopa, y se marchó.

Cuando el campesino se preparaba nuevamente a comer, otro extraño llegó hasta donde estaba, y éste estaba flaco y pálido.

—Buenos días, amigo, —dijo. — ¿Tienes algo que puedas darme de comer?
—No, señor, nada.
—¡Vamos, no seas mal camarada! Dame un pedazo de esa gallina que tienes escondida.
—No, señor, yo no le voy a dar nada.
—Oh, sí, me darás. Te niegas ahora porque no sabes quién soy yo.
—¿Quién podría ser? Dios, nuestro Señor mismo, se acaba de ir, y ni aún a él le he dado nada, menos a ti.
—Pero me darás cuando sepas quién soy yo.
—Ajá, dígame quién es.
—¡Yo soy La Muerte!
—Estabas en lo correcto. A ti te daré algo de mi comida, porque tú eres justo. Tú, sí, tú, te llevas a los gordos y los flacos, viejos y jóvenes, pobres y ricos. Tú no haces distinciones ni muestras ningún favoritismo. A ti, sí, te daré algo de mi gallina.

(Tomado y traducido del libro Favorite Folktales from Around the World. Editedo por Jane Yolen.)

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