miércoles, 6 de diciembre de 2017

¡Adiós Televisor!


Por Baneste 
 
By ©noisytoy.net - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=31849551


En el pueblo donde nací, la mayoría de sus habitantes se dedicaban a la agricultura, siendo la mayor parte de familias muy pobres; los hombres desempeñándose como jornaleros, y las mujeres dedicándose a las tareas domésticas. Se desconocían los electrodomésticos, siendo muy pocas las casas que contaban con refrigerador, y muy contadas las que disponían de un televisor. Las cuatro o cinco familias que poseían esos aparatos eran consideradas las más ricas de aquella villa y gozaban de la admiración de la gente.

Algo muy interesante que se daba en esa población en esa época (estoy refiriéndome a las décadas de los años 60-70 del siglo pasado), era que aquellos pocos que tenían televisor permitían a quienes no tenían ver algunos programas, sobre todo los que se transmitían en horas vespertinas y horas tempranas de la noche; es decir, a partir de las seis de la tarde. La manera en que esto funcionaba era que a algunos pocos espectadores se les permitía ingresar a la sala donde estaba instalado el televisor, mientras que el resto se agrupaba afuera de la puerta que estaba bloqueada por una baranda y desde allí fijaban sus miradas en el mágico aparato. Las series más gustadas en ese tiempo, cuando la televisión a colores no existía (era en blanco y negro) eran “Combate”, basada en la Segunda Guerra Mundial; “Bonanza”, sobre las aventuras de unos vaqueros; “Rin-tin-tín”, que era sobre un estupendo perro; las películas de Tarzán; todas producciones de Estados Unidos; y la más gustada de todas por la audiencia infantil: “Lucha Libre”, en donde además de los técnicos y rudos luchadores nacionales “Águila Migueleña”, “El Bucanero”, “The Tempest” y “Sordomudo Cruz”, desfilaban los aclamados mexicanos, entre los que destacaba “El Santo”, el enmascarado de plata. En ese tiempo las telenovelas no se habían arraigado tanto y eran predilección más que todo de la audiencia femenina. El compartir de este privilegio quizás era posible porque el pueblo era pequeño y las familias se conocían desde tiempos muy remotos, se tenían mutua confianza independientemente del estatus económico, y podríamos agregar, se tenían también cariño.

Como todo, la televisión evolucionó y se expandió su distribución; surgieron más canales de transmisión y aumentó la variedad en los programas; aparecieron los noticieros y algunos shows producidos localmente. La situación se invirtió; llegó el tiempo en que lo raro era encontrarse con casas que no estuvieran equipadas con un televisor; el gobierno militar implantó la televisión educativa fundando dos canales que transmitían contenido didáctico dirigido a los estudiantes del plan básico, algo importado de Japón. Hasta en los míseros tugurios de las ciudades grandes las champas de hojalata, plástico y cartón podían estar desprovistas de lo básico para vivir, pero en sus techos construidos de materiales misceláneos destacaba como un símbolo del progreso una antena de televisión, y adentro de la covacha se amontonaban los niños semidesnudos y barrigones junto a los adultos harapientos y con signos de desnutrición grado dos al frente del maravilloso televisor. La implantación del consumismo como una de las características principales de la sociedad capitalista alcanzaba a todos, sin distinción del estatus social, a diferencia de la justicia y la distribución de la riqueza que no rozaba a los más desposeídos.

Los canales locales pasaron a ser como apéndices de las grandes corporaciones televisivas de países que descollaron como los mayores productores de series, shows y telenovelas con contenidos banales que eran el deleite de las audiencias semianalfabetas, no solamente de El Salvador, sino de todo el subcontinente latinoamericano. La escasa producción local se reducía a los noticieros cortos, algún show de variedades los fines de semana y la transmisión de algún evento deportivo, sobretodo fútbol, aunque en esto último posteriormente se priorizó la reproducción de las grandes ligas del balompié europeo, particularmente la española, con la perspectiva de crear consumidores entre la población aborigen de insumos deportivos de fabricación europea. Este era el tiempo de la televisión análoga gratuita, que el espectador pagaba solamente tolerando los constantes anuncios comerciales que interrumpían con mucha frecuencia el disfrute de la programación.

Después vino la televisión por cable y la satelital, aumentando enormemente la cantidad de canales que se podían sintonizar a cambio de una cuota mensual no insignificante. Las compañías de la televisión por cable ofrecían sus paquetes a la audiencia organizándolos de tal manera que los canales más interesantes no se podían obtener en el servicio básico, el más barato, y era necesario adquirir alguno de los paquetes más caros para poder acceder a una programación apetecida. Este abuso al consumidor se ha extendido por muchos años y las compañías de cable solamente están presenciando el final a sus malévolas prácticas comercializadoras con el surgimiento de la televisión por internet, la web TV y el arraigo de sitios de distribución de materiales audiovisuales tales como YouTube.

En Estados Unidos la televisión tradicional todavía tiene una considerable base de consumo, principalmente entre la población más adulta, la que menos contacto hace con las nuevas tecnologías, pero en comparación a décadas pasadas, esa base ha sufrido reducciones severas. Las nuevas generaciones prefieren usar sus computadoras, teléfonos celulares, laptops, tabletas digitales u otro tipo de consolas para acceder a contenidos de video, ya que estos medios les permiten más libertad a la hora de seleccionar lo que desean ver, contrario a la televisión que impone una programación restringida, obligando a la audiencia a conformarse con lo que los propietarios del canal deciden que se vea.

En mi caso particular hace varios años percibí que la televisión carecía de interés y más bien me resultaba un medio que era utilizado para desinformar, tergiversar la información y la historia, mentir sobre sucesos de los que el espectador no tenía conocimiento por otra fuente, presentar materiales cuyo contenido buscaban como último objetivo la estupidización de las audiencias. Pronto me di cuenta que aunque tuviera televisión por cable, con un paquete enorme de canales, no contaba con el tiempo ni el interés para verlos todos, y que entonces resultaba muy caro la cantidad que pagaba por sintonizar lo muy poco que me agradaba de dicho paquete. Pude observar que los canales que transmitían materiales un tanto interesantes por ser educativos, tenían una producción muy limitada y bien pronto empezaban a repetir una y otra vez la retransmisión de sus producciones.

Así fue que cuando me familiaricé con los sitios de distribución de video en internet, decidí deshacerme del televisor, aparato que abandoné en un recodo del pasillo de la planta del edificio de apartamentos donde resido, y muy pronto desapareció, ya sea que lo recogió el personal de limpieza o alguien que carecía de uno. Aunque he perdido casi por completo el interés como espectador de vídeo, incluyendo las producciones cinematográficas, cuando deseo ver algo accedo a internet y lo busco en los sitios más populares de distribución. De modo que hace más de cinco años me uní a muchas personas que lo habían hecho antes y otras que lo han hecho después, y junto a ellas dije “¡adiós televisor!”

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