lunes, 20 de noviembre de 2017

Mi Experiencia en Facebook

Por Baneste

 
La llamada plataforma social Facebook puede resultar desencantadora y psicológicamente tóxica, y puede llegar a convertirse en una especie de adicción incontrolable, en cuyo caso sería comparable a otras adicciones nocivas como fumar cigarrillos o el consumo de bebidas alcohólicas. Ya se han realizado estudios que en alguna medida apuntan a este enunciado con el que inicio mi brevísimo relato de la experiencia que he tenido desde que –a regañadientes– me integré a dicha plataforma.
Debo recordar que antes de Facebook existieron prototipos de lo que ahora se denomina plataforma social, como lo fueron las comunidades virtuales de Compuserve, las alguna vez populares Geocities, hasta llegar al surgimiento de MySpace en el año 2003. Aunque esos precursores (y otros no mencionados aquí) lograron cierta popularidad, ninguno alcanzó la gigantesca cobertura que en un corto lapso de tiempo ha conseguido Facebook. También debo mencionar que nunca me atrajo la idea de formar parte de una comunidad social virtual, no solo por mi absoluta preferencia a las interacciones de carne y hueso, sino por una innata desconfianza a registrarme con mis datos personales reales con una entidad cuyos verdaderos propósitos y orígenes eran desconocidos totalmente para mí. Ahora veo que algunos de mis temores no eran totalmente descabellados, puesto que las plataformas sociales y los servicios de correo electrónico son objeto de monitoreo y vigilancia constante de las agencias de espionaje de los gobiernos con el propósito de identificar disidentes políticos para determinar cursos de acción represiva. También estas plataformas sociales han incrementado sus actividades encaminadas a coartar la libre expresión del pensamiento y controlar los contenidos informativos que se comparten a través de su servicio, mientras continúan generando millones y millones de dólares en ganancias para sus propias arcas, gracias a los usuarios y usuarias que no pasan de ser considerados como ávidos consumidores de anuncios comerciales.

La razón que finalmente me impulsó a crear un perfil con mis datos reales en Facebook, fue la inquietud de localizar algunos familiares con quienes perdí contacto hace mucho tiempo y de quienes deseaba tener noticias. En este sentido, mi esfuerzo ha resultado infructuoso, pues las personas a quienes deseaba contactar no se encuentran en esa red social. Sin embargo, me encontré con otras personas a las que guardo mucho cariño, ya sea por amistad o lazos familiares. Y debo declarar que me satisface encontrarme con un posteo en la página virtual de alguna persona a la que alguna vez conocí y a quien aprecio mucho, y que la distancia imposibilita verla personalmente, aunque preferiría otro tipo de comunicación, como el intercambio de cartas y tarjetas postales, o las conversaciones por teléfono que ahora parecen anticuadas. Lo cierto es que estos contactos de amistades y familiares distantes son los que realmente me han amarrado a la plataforma social Facebook. Aunque he tenido más de alguna vez el impulso de eliminar mi perfil en esa red virtual, me he detenido al considerar que es muy gratificante saber de esas personas queridas que en algún momento, de una manera o de otra, compartimos en nuestra vida.

Luego en Facebook se produce el fenómeno de personas que solicitan establecer contacto de amistad. Algunas de éstas tal vez las conocimos pero no llegamos a ser amigos, y otras son totalmente desconocidas, atraídas probablemente por el contenido de algo que posteamos y con lo que de alguna manera se identifican. Otras simplemente quieren aumentar su audiencia y su número de “likes”, ya que eso significa, en algunos casos, ganancias en efectivo. Y –ya que la plataforma solamente resulta interesante enlazando nuestro perfil con el de otros– convenimos en aceptar esas amables solicitudes de amistad. Y en la medida en que el número de nuestros contactos aumentan, del mismo modo se va dificultando encontrarse con el posteo de las personas que realmente nos interesan, ya que éstas acceden a la red solamente de manera ocasional y sus publicaciones van rezagándose en el fondo de la nutrida lista de mensajes políticos, religiosos, dizque-cómicos, filosóficos, dizque-educacionales, ideológicos, comerciales, etc., etc., etc.

Descubre uno que Facebook es un sitio donde pululan muchos fanáticos religiosos, ideólogos dogmáticos, mercaderes de todo tipo, escritores promocionistas, anónimos insultadores, y los muy detestables troles, entre muchos otros. Claro, la mayoría de estos tienen sus propios intereses para inundar con sus indeseados mensajes la pantalla de tu computadora o aparato portátil. Algunos, como en el caso de los troles, reciben una jugosa paga por su actividad fastidiosa. Otros solo quieren promover sus libros, sectas religiosas, creencias mitológicas, información falseada, teorías conspirativas o planteamientos ideológicos aberrantes. A esto hay que agregarle el constante bombardeo de anuncios comerciales generados por la propia plataforma. Para una persona moderada esto puede resultar psicológicamente tóxico.

Y la solución es bien sencilla: eliminar los contactos perniciosos. Pero, he allí la disyuntiva, al hacerlo reducimos la audiencia que potencialmente recibe nuestros propios mensajes, disminuyendo de esa manera alguna posibilidad que tengamos de impactar a alguien, aunque sea mínimamente, con alguno de nuestros contenidos. En este punto descubrimos que el servicio que inicialmente se nos ofreció como gratuito, no lo es en absoluto; en realidad es carísimo; aunque al momento de descubrirlo probablemente ya seamos adictos y nos resignemos a pagar el precio. Además resulta muy difícil renunciar a la posibilidad de estar al tanto de aquellas personas a quienes queremos mucho, y quienes han preferido hacer uso de Facebook para comunicarse por sobre cualquier otro medio.

Ahora que los llamados gigantes de internet (entiéndase Facebook, Twitter, Google) han sido requeridos y cuestionados por el gobierno de los Estados Unidos con relación a la supuesta intromisión rusa en las pasadas elecciones presidenciales para favorecer al señor Donald Trump, y en específico, en relación a la permisibilidad de las susodichas plataformas sociales con lo que el establecimiento político norteamericano considera propaganda de los medios RT y Sputnik, ha quedado en evidencia que la tan reverenciada libertad de expresión llega a su fin cuando el dominio de la difusión de la información a la que el público tiene acceso no está ya más bajo el absoluto control de aquellos que dictan o pretender dictar lo que es válido o no. Y esta tendencia irá en aumento, y las redes sociales, incluyendo Facebook, terminarán convirtiéndose en medios de difusión exclusiva de los grupos de poder cuyos intereses son contrarios a los intereses de las mayorías, igual que lo son los medios de difusión masiva propiedad de las grandes corporaciones, cuya labor desinformativa e incluso de falsedad noticiosa ha quedado evidenciada en las últimas décadas gracias al acceso a medios alternativos de información que –aunque no independientes en muchos casos– su información nos permite obtener una perspectiva más amplia, y a veces, conocer la verdad que a toda costa se pretende ocultar.

Por el momento continuaremos usando Facebook para estar enterados del quehacer y la situación de las personas queridas, mientras intentamos establecer otros medios de comunicación que no sean psicológicamente tóxicos y adictivos. Y veremos si después de implementar todos sus controles de censura y manipulación de la información, dicha plataforma logra mantener el enorme número de usuarios con los que ahora cuenta.


 

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