lunes, 2 de octubre de 2017

Amar de Verdad

Por Baneste


Amar a una persona que nos ama es muy bueno, pero también es muy fácil, por lo cual se podría considerar que no tiene ningún mérito especial. Algo que sería altamente meritorio sería amar a aquellos y aquellas que se burlan de nosotros, a los que nos odian y nos vilipendian, porque ciertamente es algo muy difícil de lograr si no se comprende su gran dimensión en la realización de la persona.

Cuando uno odia a alguien el ser interior se deteriora gradualmente hasta llegar a enfermarse, sin que el odio que nos consume le cause daño a la persona odiada. En esta instancia gastamos muchas energías mentales y nos desgastamos, desperdiciando nuestro recurso psíquico-emotivo que podríamos emplear para sentirnos bien.

El secreto para sentirse bien todo el tiempo es no permitir que nada ni nadie nos haga sentir mal. Si alguien se nos aproxima para decir o hacer algo con la intención de ofendernos o herirnos, es opción nuestra el permitirlo o no permitirlo, porque soy yo el que controlo mis sentimientos, y soy yo quien decido si me enojo, me entristezco, o si me alegro. ¿Voy a enojarme yo porque alguien me llamó feo? ¿Me voy a encolerizar porque alguien me comparó con una bestia? ¿Voy a deprimirme por largas horas solamente porque alguien no respondió a mi amigable saludo?

En la sociedad en que vivimos tenemos que interactuar constantemente con seres extremadamente vanidosos, individuos que desconocen la humildad y que viven en un estado de esclavitud psicológica que les obliga a competir inexcusablemente para sobresalir en esto o aquello, con el propósito de  poder ser capaces de reafirmar su sentido de pertenencia con respecto a su entorno social.  Si tuviéramos la capacidad de penetrar la mente de todas las personas, nos daríamos cuenta de que cada una, sin distinción, se considera superior a los que la circundan. Aun el ser más servil, en lo más profundo de su ser se siente por encima de aquellos a quienes sirve.

Mucha gente vive en un sueño interminable, que únicamente es interrumpido de vez en cuando por la patética realidad. Creen que ir conduciendo un vehículo con sistema de navegación y cámaras traseras incorporadas es la máxima realización individual. Igual, quienes viven en las ciudades amuralladas se creen más arriba que los demás. Pero, ¿qué valor tienen las cosas? Las cosas tienen tres tipos de valor. El valor que pagamos por ellas. El valor que nos pagan por ellas cuando las vendemos. Y el valor real. El valor real es el que nosotros les concedemos. Yo recuerdo, cuando era niño, haber conocido gente que se despojaba de sus dientes naturales para ponerse dientes de oro. Desconozco el origen de tan peculiar costumbre, pero no hay duda que esas personas valuaban más el oro que sus propios dientes. En la actualidad todavía hay mucha gente que cree que la importancia de la persona se mide en la cantidad de joyas que trae adheridas al cuerpo. Hay muchos que están dispuestos a pagar una fortuna por poseer los zapatos de un personaje famoso que murió hace más de un siglo. Hace poco anunciaron la subasta de los calzoncillos que usó Adolfo Hitler, y no hay duda que habrá más de alguno que los quiera comprar, porque se les concede un valor que en realidad no tienen.

Las personas que le conceden mucho valor a los objetos materiales son incapaces de experimentar el verdadero amor. Dicen amar a quienes les proporcionan cosas: techo, alimentos, utensilios, joyas, dinero; y hasta lloran cuando sus benefactores fallecen; pero la causa real de su llanto no es el pesar por la extinción de la existencia de la persona benefactora, sino más bien un sentimiento de desolación, incertidumbre y desamparo, al considerar el cambio que se producirá en sus vidas al extinguírseles una fuente de apoyo.

También es fácil amar a quienes nos proporcionan otro tipo de cosas: afecto, servicio, halagos, sexo. ¿O, acaso, no es fácil amar a esa esposa abnegada que te ha parido los hijos e hijas que te enorgullecen y que te sirve como una esclava como si fueras un rey? ¿O estarías dispuesto en las tardes a ponerte a cocinar,sin refunfuñar, a preparar la cena para esa misma esposa? Es tan interesado el “amor” de algunas personas que se extiende hasta los animales. El animal más amado desde tiempos inmemoriales ha sido y es el perro; proporciona asistencia en la actividad de cazar, contribuye al sentimiento de seguridad al cuidar la casa o el campo de cultivo, es cariñoso y se deja mimar cada vez que necesitamos descargar el exceso de afecto, y nunca se resiente por algún desprecio; pero la existencia de leyes protectoras y centros de hospicio para este especial animal nos revela claramente que son maltratados, y muchas veces abandonados.

Es obvio que no es cosa fácil amar a quien nos odia, pero lo menos que podemos hacer para sentirnos bien es no reciprocar ese sentimiento. Y, aún en este caso, estamos siendo interesados, pero no nos estamos aprovechando de nadie, ni le causamos daño a ningún otro ser. El verdadero amor implica la disposición a sacrificarse por la persona amada sin esperar nada a cambio.
 

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