jueves, 7 de septiembre de 2017

La Corneta de Llaves (Uno)


Cuento viejo, pero buenísimo.

LA CORNETA DE LLAVES


Por Pedro Antonio Aloarcón

Querer es poder.

                                        I

¡Don Basilio, toque usted la corneta, y bailaremos! —Debajo de estos árboles no hace calor….
—Sí, sí…, don Basilio: ¡toque usted la corneta de llaves!
—¡Traedle a don Basilio la corneta en que se está enseñando Joaquín!
—¡Poco vale!...—¿La tocará usted, don Basilio?
—¡No!
—¿Cómo que no?
—¡Que no!
—¿Por qué?
—Porque no sé.
—¡Que no sabe!...—¡Habrá hipócrita igual!
—Sin duda quiere que le regalemos el oído....
—¡Vamos! ¡Ya sabemos que ha sido usted músico mayor de infantería!...
—Y que nadie ha tocado la corneta de llaves como usted….
—Y que lo oyeron en Palacio..., en tiempos de Espartero....
—Y que tiene usted una pensión….
—¡Vaya don Basilio! ¡Apiádese usted!
—Pues, señor…. ¡Es verdad! He tocado la corneta de llaves; he sido una… una especialidad, como dicen ustedes ahora…; pero también es cierto que hace dos años regalé mi corneta a un pobre músico licenciado, y que desde entonces no he vuelto... ni a tararear.
—¡Qué lástima!
—¡Otro Rossini!
—¡Oh! ¡Pues lo que es esta tarde, ha de tocar usted!...
—Aquí, en el campo, todo es permitido….
—¡Recuerde usted que es mi día, papá abuelo!...
—¡Viva! ¡Viva! ¡Ya esta aquí la corneta!
—Sí, ¡que toque!
—Un vals….
—No…, ¡una polca!...
—¡Polca!... ¡Quita allá! —¡Un fandango!
—Si…, si…, ¡fandango! ¡Baile nacional!
—Lo siento mucho, hijos míos; pero no me es posible tocar la corneta….
—¡Usted, tan amable!...
—Tan complaciente….
—¡Se lo suplica a usted su nietecito!...
—Y su sobrina….
—¡Dejadme, por Dios! —He dicho que no toco.
—¿Por qué?
—Porque no me acuerdo; y porque, además, he jurado no volver a aprender….
—¿A quién se lo ha jurado?
—¡A mí mismo, a un muerto, y a tu pobre madre, hija mía!

Todos los semblantes se entristecieron súbitamente al escuchar estas palabras.
—¡Oh!... ¡Si supierais a qué costa aprendí a tocar la corneta!...—añadió el viejo.
—¡La historia! ¡La historia! (exclamaron los jóvenes.) Contadnos esa historia.
—En efecto…. (dijo don Basilio.) —Es toda una historia. Escuchadla, y vosotros juzgareis si puedo o no puedo tocar la corneta….

Y sentándose bajo un árbol rodeado de unos curiosos y afables adolescentes, contó la historia de sus lecciones de música.

No de otro modo, Mazzepa, el héroe de Byron, contó una noche a Carlos XII, debajo de otro árbol, la terrible historia de sus lecciones de equitación.

Oigamos a don Basilio.

                                           II

Hace diez y siete años que ardía en España la guerra civil.

Carlos e Isabel se disputaban la corona, y los españoles, divididos en dos bandos, derramaban su sangre en lucha fratricida.

Tenía yo un amigo, llamado Ramón Gamez, teniente de cazadores de mi mismo batallón, el hombre mas cabal que he conocido…. —Nos habíamos educado juntos; juntos salimos del colegio; juntos peleamos mil veces, y juntos deseábamos morir por la libertad…. —¡Oh! ¡Estoy por decir que el era más liberal que yo y que todo el ejército!... Pero he aquí que cierta injusticia cometida por nuestro Jefe en daño de Ramón; uno de esos abusos de autoridad que disgustan de la más honrosa carrera; una arbitrariedad, en fin, hizo desear al Teniente de cazadores abandonar las filas de sus hermanos, al amigo dejar al amigo, al liberal pasarse a la facción, al subordinado matar a su Teniente Coronel….—¡Buenos humos tenía Ramón para aguantar insultos e injusticias ni al lucero del alba!

Ni mis amenazas, ni mis ruegos, bastaron a disuadirle de su propósito. ¡Era cosa resuelta! ¡Cambiaría el morrión por la boina, odiando como odiaba mortalmente a los facciosos!

A la sazón nos hallábamos en el Principado a tres leguas del enemigo.

Era la noche en que Ramón debía desertar, noche lluviosa y fría, melancólica y triste, víspera de una batalla.

A eso de las doce entró Ramón en mi alojamiento. Yo dormía.

—Basilio….—murmuró a mi oído.
—¿Quien es?
Soy yo.—¡Adiós!
—¿Te vas ya?
—Si; adiós.

Y me cogió una mano.

—Oye… (continuó); si mañana hay, como se cree, una batalla, y nos encontramos en ella….
—Ya lo sé: somos amigos.
—Bien; nos damos un abrazo, y nos batimos en seguida.
—¡Yo moriré mañana regularmente, pues pienso atropellar por todo hasta que mate al Teniente Coronel! —En cuanto a tí, Basilio, no te expongas…. —La gloria es humo.
—¿Y la vida?
—Dices bien: hazte comandante…. (exclamó Ramón.)

La paga no es humo…, sino después que uno se la ha fumado…. —¡Ay! ¡Todo eso acabó para mí!

—¡Que tristes ideas! (dije yo no sin susto.) —Mañana sobreviviremos los dos a la batalla.
—Pues emplacémonos para después de ella….
—¿Dónde?
—En la ermita de San Nicolás, a la una de la noche. —El que no asista, será porque haya muerto. —¿Quedamos conformes?
—Conformes.
—Entonces…. ¡Adiós!...
—Adiós.

Así dijimos; y después de abrazarnos tiernamente, Ramón desapareció en las sombras nocturnas.

                                        III

Como esperábamos, los facciosos nos atacaron al siguiente día.

La acción fue muy sangrienta, y duró desde las tres de la tarde hasta el anochecer.

A cosa de las cinco, mi batallón fue rudamente acometido por una fuerza de alaveses que mandaba Ramón….

¡Ramón llevaba ya las insignias de Comandante y la boina blanca de carlista!...

Yo mande hacer fuego contra Ramón, y Ramón contra mí: es decir, que su gente y mi batallón lucharon cuerpo a cuerpo.

Nosotros quedamos vencedores, y Ramón tuvo que huir con los muy mermados restos de sus alaveses; pero no sin que antes hubiera dado muerte por sí mismo, de un pistoletazo, al que la víspera era su Teniente Coronel; el cual en vano procuró defenderse de aquella furia….

A las seis la acción se nos volvió desfavorable, y parte de mi pobre compañía y yo fuimos cortados y obligados a rendirnos….

Condujerónme, pues, prisionero a la pequeña villa de…, ocupada por los carlistas desde los comienzos de aquella campaña, y donde era de suponer que me fusilarían inmediatamente….

La guerra era entonces sin cuartel.

                                         IV

Sonó la una de la noche de tan aciago día: ¡la hora de mi cita con Ramón!

Yo estaba encerrado en un calabozo de la cárcel pública de dicho pueblo.



Pregunté por mi amigo, y me contestaron:

—¡Es un valiente! Ha matado a un Teniente Coronel. Pero habrá perecido en la última hora de la acción….
—¡Cómo! ¿Por qué lo decís?
—Porque no ha vuelto del campo, ni la gente que ha estado hoy a sus órdenes da razón de él….

¡Ah! ¡Cuánto sufrí aquella noche!

Una esperanza me quedaba…. Que Ramón me estuviese aguardando en la ermita de San Nicolás, y que por este motivo no hubiese vuelto al campamento faccioso.

—¡Cual será su pena al ver que no asisto a la cita! (pensaba yo.) —¡Me creerá muerto!—¿Y, por ventura, tan lejos estoy de mi última hora? ¡Los facciosos fusilan ahora siempre a los prisioneros; ni más ni menos que nosotros!...

Así amaneció el día siguiente.

Un Capellán entró en mi prisión. Todos mis compañeros dormían.

—¡La muerte!—exclamé al ver al Sacerdote.
—Sí—respondió éste con dulzura.
—¡Ya!
—No: dentro de tres horas.

Un minuto después habían despertado mis compañeros.

Mil gritos, mil sollozos, mil blasfemias llenaron los ámbitos de la prisión.

                                        V

Todo hombre que va a morir suele aferrarse a una idea cualquiera y no abandonarla más.

Pesadilla, fiebre o locura, esto me sucedió a mí.—La idea de Ramón; de Ramón vivo, de Ramón muerto, de Ramón en el cielo, de Ramón en la ermita, se apoderó de mi cerebro de tal modo, que no pensé en otra cosa durante aquellas horas de agonía.

Quitáronme el uniforme de Capitán, y me pusieron una gorra y un capote viejo de soldado.

Así marché a la muerte con mis diez y nueve compañeros de desventura….

Solo uno había sido indultado… ¡por la circunstancia de ser músico!—Los carlistas perdonaban entonces la vida a los músicos, a causa de tener gran falta de ellos en sus batallones….

 —Y ¿era usted músico, don Basilio?
—¿Se salvó usted por eso?—preguntaron todos los jóvenes a una voz.
—No, hijos míos…. (respondió el veterano.) ¡Yo no era músico!

Formose el cuadro, y nos colocaron en medio de el….

Yo hacía el numero once, es decir, yo moriría el undécimo….

Entonces pensé en mi mujer y en mi hija, ¡en ti y en tu madre, hija mía!

Empezaron los tiros….

¡Aquellas detonaciones me enloquecían!

Como tenia vendados los ojos, no veía caer a mis compañeros.

Quise contar las descargas para saber, un momento antes de morir, que se acababa mi existencia en este mundo….

Pero a la tercera o cuarta detonación perdí la cuenta.

¡Oh! ¡Aquellos tiros tronarán eternamente en mi corazón y en mi cerebro, como tronaban aquel día!

Ya creía oírlos a mil leguas de distancia; ya los sentía reventar dentro de mi cabeza.

Y las detonaciones seguían!
—¡Ahora!—pensaba yo.
Y crujía la descarga, y yo estaba vivo.
—¡Esta es!...—me dije por último.

Y sentí que me cogían por los hombros, y me sacudían, y me daban voces en los oídos….
Caí….

No pensé más….

Pero sentía algo como un profundo sueño…. Y soñé que había muerto fusilado.

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