jueves, 7 de septiembre de 2017

La corneta de Llaves (Dos)

                                        VI

Luego soñé que estaba tendido en una camilla, en mi prisión.
No veía.

Lléveme la mano a los ojos como para quitarme una venda, y me toqué los ojos abiertos, dilatados…. —¿Me había quedado ciego?

No…. —Era que la prisión se hallaba llena de tinieblas.

Oí un doble de campanas…, y temblé.

Era el toque de Ánimas.

—Son las nueve…. (pensé.) —Pero ¿de que día?

Una sombra más obscura que el tenebroso aire de la prisión se inclinó sobre mí.

Parecía un hombre….

¿Y los demás? ¿Y los otros diez y ocho?

¡Todos habían muerto fusilados!

¿Y yo?

Yo vivía, o deliraba dentro del sepulcro.

Mis labios murmuraron maquinalmente un nombre, el nombre de siempre, mi pesadilla….

—¡”Ramón”!
—¿Qué quieres?—me respondió la sombra que había a mi lado.

Me estremecí.

—¡Dios mío! (exclamé.)—¿Estoy en el otro mundo?
—¡No!—dijo la misma voz.
—Ramón, ¿vives?
—Sí.
—¿Y yo?
—También.
—¿Donde estoy? —¿Es esta la ermita de San Nicolás? —¿No me hallo prisionero? —¿Lo he soñado todo?
—No, Basilio; no has soñado nada. —Escucha.

                                        VII

Como sabrás ayer maté al Teniente Coronel en buena lid….

—¡Estoy vengado! —Después, loco de furor, seguí matando…, y maté… hasta después de anochecido…, hasta que no había un cristino en el campo de batalla….

Cuando salió la luna, me acordé de ti. —Entonces enderecé mis pasos a la ermita de San Nicolás con intención de esperarte.

Serían las diez de la noche. La cita era a la una, y la noche antes no había yo pegado los ojos…. —Me dormí, pues, profundamente.

Al dar la una, lancé un grito y desperté.

Soñaba que habías muerto….

Miré a mi alrededor, y me encontré solo.

¿Qué había sido de tí?

Dieron las dos…, las tres…, las cuatro….—¡Qué noche de angustia!

Tú no parecías….

¡Sin duda habías muerto!...

Amaneció.

Entonces dejé la ermita, y me dirigí a este pueblo en busca de los facciosos.

Llegue al salir el sol.

Todos creían que yo había perecido la tarde antes….

Así fue que, al verme, me abrazaron, y el General me colmó de distinciones.

En seguida supe que iban a ser fusilados veintiún prisioneros.

Un presentimiento se levantó en mi alma.

—¿Será Basilio uno de ellos?—me dije.

Corrí, pues, hacia el lugar de la ejecución.

El cuadro estaba formado.

Oí unos tiros….

Habían empezado a fusilar.

Tendí la vista…; pero no veía….

Me cegaba el dolor; me desvanecía el miedo.

Al fin te distingo….
¡Ibas a morir fusilado!
Faltaban dos victimas para llegar a ti….
¿Qué hacer?

Me volví loco; di un grito; te cogí entre mis brazos, y, con una voz ronca, desgarradora, tremebunda, exclamé:

—¡Este no! ¡Este no, mi General!...

El General, que mandaba el cuadro, y que tanto me conocía por mi comportamiento de la víspera, me preguntó:

—Pues que, ¿es músico?

Aquella palabra fue para mi lo que sería para un viejo ciego de nacimiento ver de pronto el sol en toda su refulgencia.

La luz de la esperanza brillo a mis ojos tan súbitamente, que los cegó.

—¡músico (exclamé); sí…, sí…, mi General! ¡Es músico! ¡Un gran músico!

Tú, entretanto, yacías sin conocimiento.

—¿Qué instrumento toca?—preguntó el General.
—El… la… el… el…; ¡sí!... ¡justo!..., eso es…, ¡la corneta de llaves!
—¿Hace falta un corneta de llaves?—pregunto el General, volviéndose a la banda de música.

Cinco segundos, cinco siglos, tardó la contestación.
—Sí, mi General; hace falta—respondió el Músico mayor.
—Pues sacad a ese hombre de las filas, y que siga la ejecución al momento….—exclamó el jefe carlista.

Entonces te cogi en mis brazos y te conduje a este calabozo.

                                        VIII

No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije, con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:

—¡Te debo la vida!
—¡No tanto!—respondió Ramón.
—¿Cómo es eso?—exclamé.
—¿Sabes tocar la corneta?
—No.
—Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la mía sin salvar la tuya.

Quédeme frío como una piedra.

—¿Y música? (preguntó Ramón.) ¿Sabes?
—Poca, muy poca…. —Ya recordarás la que nos enseñaron en el colegio….
—¡Poco es, o, mejor dicho, nada! —¡Morirás sin remedio!...¡Y yo también, por traidor…, por falsario! —¡Figúrate tú que dentro de quince días estará organizada la banda de música a que has de pertenecer!...
—¡Quince días!
—¡Ni más ni menos! —Y como no tocarás la corneta….(porque Dios no hará un milagro), nos fusilaran a los dos sin remedio.
—¡Fusilarte! (exclamé.) ¡A tí! ¡Por mí! ¡Por mí, que te debo la vida! —¡Ah, no, no querrá el cielo! Dentro de quince días sabré música y tocaré la corneta de llaves.

Ramón se echo a reír.

                                         IX

—¿Qué más queréis que os diga, hijos míos?
 En quince días… ¡oh poder de la voluntad! En quince días con sus quince noches (pues no dormí ni reposé un momento en medio mes), ¡asombraos!... ¡En quince días aprendí a tocar la corneta!

¡Qué días aquellos!

Ramón y yo nos salíamos al campo, y pasábamos horas y horas con cierto músico que diariamente venía de un lugar próximo a darme lección….

—¡Escapar!... — Leo en vuestros ojos esta palabra…. —¡Ay! ¡Nada más imposible!
—Yo era prisionero, y me vigilaban…. Y Ramón no quería escapar sin mí.

Y yo no hablaba, yo no pensaba, yo no comía….

Estaba loco, y mi monomanía era la música, la corneta, la endemoniada corneta de llaves….

¡Quería aprender, y aprendí!

Y, si hubiera sido mudo, habría hablado….
Y, paralítico, hubiera andado….
Y, ciego, hubiera visto. ¡Porque quería!
¡Oh! ¡La voluntad suple por todo! —QUERER ES PODER.
Quería: ¡he aquí la gran palabra!
Quería..., y lo conseguí. —¡Niños, aprended esta gran verdad!
Salvé, pues, mi vida y la de Ramón.
Pero me volví loco.
Y, loco, mi locura fue el arte.
En tres años no solté la corneta de la mano.
Do-re-mi-fa-sol-la-si; he aquí mi mundo durante todo aquel tiempo.
Mi vida se reducía a soplar.
Ramón no me abandonaba….
Emigré a Francia, y en Francia seguí tocando la corneta.
¡La corneta era yo! ¡Yo cantaba con la corneta en la boca!
Los hombres, los pueblos, las notabilidades del arte se agrupaban para oírme….
Aquello era un pasmo, una maravilla….
La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacia elástica, gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave, a la fiera, al sollozo humano…. —Mi pulmón era de hierro.
Así viví otros dos años más.
Al cabo de ellos falleció mi amigo.
Mirando su cadáver, recobré la razón….
Y cuando, ya en mi juicio, cogí un día la corneta… (¡qué asombro!), me encontré con que no sabía tocarla….

¿Me pediréis ahora que os haga son para bailar?

Madrid, 1884.

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