sábado, 26 de agosto de 2017

La Recordación Florida o El Olvido del Indio



Por Baneste


Debo decir, antes de continuar, que no siempre me resultó ofensiva la palabra “indio”, aunque con el tiempo (sin enteramente serlo), pasé a sentirme uno de ellos, por el gran aprecio que siempre le tuve a las “inditas”, y los bebecitos y bebecitas “inditos”, cuya miseria me impactaba y mitigaba la mía. Llegué con el transcurso del tiempo a preguntarme el por qué un judío se declara ofendido porque le llamen “judío”, y un negro porque le llamen “negro”. En el primer caso cuidadosa y delicadamente debes decir “víctima del holocausto” (las masacres de palestinos son otra cosa); y en el segundo, debes decir “afroamericano”.

Yo, al contrario (vuelvo a repetir, sin serlo), no me sentiría ofendido de que me llamaran “indio”, sin proceder de la India, ni de Pakistán, ni de Malasia. Mi orgullo se fundamentaría en los relatos históricos de una raza heroica, que con gran desventaja enfrentó al desalmado, terrorista, asesino, conquistador español. Claro, al ser conocedor solamente de un lado de la historia; la falsa historia escrita por el cruel vencedor. O más bien dicho, por su descendiente más astuto, más sagaz, más visionario, más vil; el conflictivo, bifronte, ambivalente, sicofante, que toda la gente llegó a conocer como “criollo”.

Hace mucho abogo por erradicar el término “indio” cuando se trate de referirse al habitante original del continente que los europeos nombraron América, para venerar a un europeo: Américo Vespucio. Prefiero y promuevo los términos, en su orden, “indígena”, “aborigen”, “habitante original”. No obstante de ello, recalco, que nunca me sentiría ofendido porque alguien me llame “indio”.

Todo esto viene al caso para citar lo que fue el valor del indígena americano; en particular, el centroamericano, y en específico, el guatemalteco, tal vez el más vilipendiado durante la conquista y época colonial. El fragmento lo extraigo de una obra que en mi opinión debería ser de lectura obligatoria en todas las aulas de estudio en Centroamérica y más allá. Se trata del libro “La Patria del Criollo”, del autor Severo Martínez Peláez, quien a su vez en dicha libro analiza el fondo de la obra titulada “Historia de Guatemala, o Recordación Florida”, entre otras, para explicar la época colonial como formativa de la patria del criollo.

El enmarcamiento de este brevísimo fragmento es el siguiente: El Criollo, es decir, el engendro de español y española nacido en tierra americana, representado en su máxima expresión en el autor de La Recordación Florida, el encomendador, terrateniente latifundista, funcionario perpetuo del sistema de dominio imperial, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, se refiere a un hecho en el que resalta su fanático rechazo por las prácticas paganas indígenas, y la manifestación de las mismas, pese a la imposición del severo control español y criollo, que depositaban toda su confianza en el buen trabajo de los “doctrineros”, es decir, los frailes misioneros, que a toda costa se esforzaban por hacer creer a los indígenas que sus desgracias eran producto de fuerzas sobrenaturales, o la voluntad de Dios.


Iba de camino Fray Marcos Ruíz por las sierras de Huehuetenango a dar la misa a los pueblos de su visita, cuando llegaron a sus oídos las campanas del encumbrado pueblo de San Juan Atitlán. Pensó que podrían estar repicando para hacerle recibimiento, según era costumbre, pero como se encontraba lejos todavía, se dirigió antes a otros pueblados de su itenirario. Llegado por fin a San Juan observó con sorpresa que las cofradías no salían a su encuentro, y que a la entrada del pueblo no había acudido nadie a recibirlo. Sin hacerse notar llegó hasta la iglesia. Hallábase ésta muy adornada y llena de aromas, y el pueblo estaba allí, entusiásticamente embebido en los pormenores de un rito sorprendente. 
Se le rendía culto y se le hacían ofrendas a un indio joven, mudo y simple en extremo, a quien se había ataviado con las vestiduras sacerdotales del rito católico y se había colocado en el altar mayor. El fraile –"hallando como Moisés pervertido su rebaño"– no pudo menos que interrumpir la ceremonia con enérgicas palabras y explicar a los “indios” la magnitud de aquel pecado para él atroz. Pero no quisieron escucharle. Se fueron saliendo del templo hasta dejarlo solo y se llevaron al aborigen mudo a otro sitio. Quiso entonces Fray Marcos apresar a aquel hombre para remitirlo a las autoridades, y con semejante veleidad puso en grave peligro su existencia: "irritado el pueblo contra él, le acometieron con machetes, palos y piedras para quererle matar, saliendo no sin grande ayuda de Dios, en uña de caballo de entre las manos de aquellos bárbaros obstinados..."

Era la forma en que el aborigen sometido expresaba su rebeldía, su odio de clase contra el opresor sanguinario y voraz. Algo muy digno de recordar y admirar.

Pero ahora me da mucho pesar cuando veo a numerosos grupos de personas de ascendencia indígena principalmente procedentes de Centroamérica, particularmente de Guatemala y México, ingresando jubilosaa las llamadas "casas de oración", los templos de las incontables sectas evangélicas que abundan aquí en Estados Unidos, y al entrar las he visto caer postradas ante un pícaro pastor (probablemente un exconvicto) que no disimula una sonrisa malévola, contento en su interior del sometimiento de sus fieles pagadores del diezmo.





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