viernes, 24 de marzo de 2017

Los Asesinatos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón



Busto del emperador romano Nerón.


En el periodo en que ocurrió el asesinato de Julio César, el pueblo romano, y especialmente las clases dominantes, había alcanzado un grado de perversidad y degeneración que el lector moderno podría comparar con ciertas sociedades actuales. Se habían vuelto totalmente impropios para el autogobierno. Los vicios públicos y privados más atroces en ambos sexos habían tomado el lugar de las virtudes cívicas y el honor privado por el cual el antiguo romano había sido famoso en todo el mundo. En la vida pública, la corrupción, la venalidad y el soborno eran generales; un titular de la función pública era sinónimo de un ladrón del tesoro público. El nepotismo prevaleció en un grado alarmante, y los hombres más hábiles fueron apartados sin ceremonias para ceder su lugar a los descendientes más incapaces de la nobleza. En tiempos como éstos, sólo el imperio de la ley y el respeto a los derechos ciudadanos pueden impedir que las masas caigan en la anarquía y la guerra civil y se impongan a la moderación de la sociedad y al estado de derecho.

El asesinato de César tuvo un efecto desmoralizante sobre el pueblo romano. La mano del maestro que pudo haber controlado las masas rebeldes y contenido la nobleza degenerada estaba paralítica en la muerte; el intelecto gigante, que había abrazado al mundo civilizado en su sueño de establecer una monarquía universal, no pensaba más; y los resultados fueron caos, anarquía y guerra civil. La ausencia de la mente maestra era lamentablemente sentida; sus herederos eran incapaces de controlar los elementos salvajes que los asesinos habían puesto en libertad; y durante muchos años la rapiña, el derramamiento de sangre, el asesinato y la espoliación dominaron en toda la vasta extensión de la República Romana, hasta que finalmente, en el año 30 A.E.C., Octavio Augusto, sobrino de César, logró establecer ese imperio de que César había soñado, y para el cual su genio y sus victorias habían pavimentado el camino.

La época imperial, empezando con la manifestación de magnificencia y el esplendor, tanto en los logros militares como en la producción literaria, pronto degeneró en una era de delincuencia que, al menos en las clases más altas de la sociedad, nunca ha sido igualada en la historia. Su peor característica era, quizá, la absoluta degradación y depravación incluso de las mujeres, particularmente de las clases más altas, y su disposición a sacrificar todo, castidad, vergüenza, nombre y reputación por la satisfacción de sus pasiones. Pronto las mujeres superaron a los hombres en asesinar, por veneno o daga, a sus víctimas o rivales. Augusto, el primer emperador, mostró en el trono mucho menos crueldad de lo que había manifestado como parte del triunvirato; pero Livia Drusila, su tercera esposa, fue la primera de aquellas féminas en el trono de los Césares, que junto a Livia, Agripina, Mesalina, Domicia, nunca se rehusaron a asesinar ya fuera por la sangre o el veneno para deshacerse de un rival o de un obstáculo que obstruyera su ambición criminal. Livia, que deseaba que Tiberio, hijo de un antiguo matrimonio, fuese sucesor de Augusto en el trono imperial, envenenó a Marcelo, marido de Julia, hija de Augusto, y también a los dos hijos de Julia; y por estos crímenes aseguró la sucesión de Tiberio. También es sospechosa de haber envenenado al mismo Augusto.

Tiberio, el segundo de los emperadores romanos, vive inmortal en la historia más bien por sus crímenes que por sus valerosos hechos. Calígula, el tercero, Claudio, el cuarto, y Nerón, el quinto emperador, que fueron asesinados después de reinos comparativamente cortos, pero que habían agotado todas las formas de crueldad y delito; mientras que sus esposas, Mesalina, Agripina y Popea vivirán en la historia para siempre como los tipos sin rival de depravación femenina. Por encima de todo, Mesalina, la esposa de Claudio, que gobernó desde el año 41 hasta el año 54 de la era común, se hizo notoria por cada especie de vicio. En sus excesos libidinosos y voluptuosos, así como en la concepción demoníaca de sus complots asesinos contra sus enemigos, era fácilmente primero y principal, la verdadera emperatriz de las mujeres viciosas y caídas de Roma: se convirtió en su rival declarada en las casas de mal fama en su capital, contendió con ellas por la palma de la obscenidad y la prostitución, y las venció a todas.

A menos que los grandes historiadores de Roma hubiesen registrado estos excesos como hechos abundantemente justificados por un testimonio irrefutable, los informes habrían sido relegados al dominio de la fábula, porque son demasiado repugnantes para creerlos sin autoridad suficiente. ¿Puede la mente humana concebir, por ejemplo, un acto de mayor insolencia criminal que la que la emperatriz Mesalina cometió al casarse, públicamente y a los ojos de la capital, con un joven aristócrata romano, Cayo Silio, por quien ella estaba inflamada con pasión adúltera, mientras que su marido, el Emperador, estaba a pocos kilómetros de Ostia? Y, sin embargo, Tácito, un historiador severo y veraz, registra esto como un hecho innegable, y agrega que las generaciones futuras no van a creerlo.

Cuando, en el año 68 E.C., Nerón expiró por la daga de un liberto, habiéndole fallado el coraje para suicidarse, la familia de César el Grande se extinguió, incluso en sus miembros adoptados. Habían transcurrido sólo ciento doce años desde que el mayor de los romanos había caído por las dagas de los conspiradores republicanos; pero ese corto período había bastado para subvertir la República y erigir un Imperio despótico sobre sus ruinas, para inundar el vasto territorio de Roma, que abrazaba a todo el mundo civilizado, con corrientes de sangre, para colocar a imbéciles y asesinos en el trono, y para adornar las cejas de las cortesanas y prostitutas, sus parejas en el crimen y la depravación, con la diadema imperial. Nunca antes en la historia de la humanidad la depravación y la lujuria humanas se mostraron más descaradamente; nunca antes la bestia en el hombre había mostrado su crueldad innata tan audaz y abiertamente como durante los reinados de estos cinco emperadores romanos. Es casi un consuelo para la mente afligida leer que Tiberio fue muerto por sofocación; que Calígula fue golpeado y apuñalado; que Claudio fue asesinado por un plato de hongos venenosos; y que Nerón, el último de la dinastía de César, fue asistido en su muerte prematura por la daga de un liberto. El rápido asesinato era un castigo demasiado ligero para estos monstruos de iniquidad que tan a menudo habían festejado sus ojos en las torturas de sus inocentes víctimas

(Traducción, con pequeñas modificaciones, del libro Famous Assasinations of History, de Francis Johnson)
 

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