jueves, 9 de marzo de 2017

La Buenaventura (Parte II)




El pobre padre se alejó llorando, y a poco desapareció.
      Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones en jurarse unos a otros no decir nunca a su capitán que habían perdonado la vida a un hombre, cuando de pronto apareció Parrón, trayendo al segador en la grupa de su yegua.
     Los bandidos retrocedieron espantados.
     Parrón se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos cañones, y, apuntando a sus camaradas, dijo:
     —¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo no os mato a todos!—¡Pronto! ¡Entregad a este hombre los duros que le habéis robado!
     Los ladrones sacaron los veinte duros y se los dieron al segador, el cual se arrojó a los pies de aquel personaje que dominaba a los bandoleros y que tan buen corazón tenía....
     Parrón le dijo:
   —¡A la paz de Dios! —Sin las indicaciones de usted, nunca hubiera dado con ellos. ¡Ya ve usted que desconfiaba de mí sin motivo!... He cumplido mi promesa.... Ahí tiene usted sus veinte duros....—Conque... ¡en marcha!
     El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo. Pero no habría andado cincuenta pasos, cuando su bienhechor lo llamó de nuevo.
     El pobre hombre se apresuró a volver pies atrás.
     —¿Qué manda usted?—le preguntó, deseando ser útil al que había devuelto la felicidad a su familia.
     —¿Conoce usted a Parrón?—le preguntó él mismo.
     —No lo conozco.
     —¡Te equivocas! (replicó el bandolero.) Yo soy Parrón.
     El segador se quedó estupefacto.
     Parrón se echó la escopeta a la cara y descargó los dos tiros contra el segador, que cayó redondo al suelo.
     —¡Maldito seas!—fue lo único que pronunció.
     En medio del terror que me quitó la vista, observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban.
     Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.
     Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.
   Entretanto decía Parrón a los suyos, señalando al segador:
     —Ahora podéis robarlo.—Sois unos imbécil es..., ¡unos canallas! ¡Dejar a ese hombre, para que se fuera, como se fue, dando gritos por los caminos reales!... Si conforme soy yo quien se lo encuentra y se entera de lo que pasaba, hubieran sido los migueletes habría dado vuestras señas y las de nuestra guarida, como me las ha dado a mí, y estaríamos ya todos en la cárcel!—¡Ved las consecuencias de robar sin matar!—Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver para que no apeste.
   Mientras los ladrones hacían el hoyo y Parrón se sentaba a merendar dándome la espalda, me alejé poco a poco del árbol y me descolgué al barranco próximo....
     Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí a todo escape, y, a la luz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente, atado a una encina. Mónteme en él, y no he parado hasta llegar aquí....
     Por consiguiente, señor, déme usted los mil reales, y yo daré las señas de Parrón, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio...                                                          
     Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego la suma ofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrados al Conde del Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado todos estos pormenores.
   Réstanos ahora saber si acertó o no acertó Heredia al decir la buenaventura a Parrón.

III

     Quince días después de la escena que acabamos de referir, y a eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa presenciaba, en la calle de San Juan de Dios y parte de la de San Felipe de aquella misma capital, la reunión de dos compañías de migueletes que debían salir a las nueve y media en busca de Parrón, cuyo paradero, así como sus señas personales y las de todos sus compañeros de fechorías, había al fin averiguado el Conde del Montijo.
   El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de sus familias y amigos para marchar a tan importante empresa. ¡Tal espanto había llegado a infundir Parrón a todo el antiguo reino granadino!
     —Parece que ya vamos a formar... (dijo un miguelete a otro), y no veo al cabo López....
     —¡Extraño es, a fe mía, pues él llega siempre antes que nadie cuando se trata de salir en busca de Parrón, a quien odia con sus cinco sentidos!
     —Pues ¿no sabéis lo que pasa?—dijo un tercer miguelete, tomando parte en la conversación.
     —¡Hola! Es nuestro nuevo camarada....—¿Cómo te va en nuestro Cuerpo?
     —¡Perfectamente!—respondió el interrogado.
     Era este un hombre pálido y de porte distinguido, del cual se despegaba mucho el traje de soldado.
     —Conque ¿decías....—replicó el primero.
     —¡Ah! ¡Sí! Que el cabo López ha fallecido....—respondió el miguelete pálido.
     —Manuel.... ¿Qué dices?—¡Eso no puede ser!...—Yo mismo he visto a López esta mañana, como te veo a tí....
     El llamado Manuel contestó fríamente:
     —Pues hace media hora que lo ha matado Parrón.
     —¿Parrón? ¿Dónde?
     —¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la Cuesta del Perro se ha encontrado el cadáver de López.
     Todos quedaron silenciosos y Manuel empezó a silbar una canción patriótica.
     —¡Van once migueletes en seis días! (exclamó un sargento.) ¡Parrón se ha propuesto exterminarnos!—Pero ¿cómo es que está en Granada? ¿No íbamos a buscarlo a la Sierra de Loja?
     Manuel dejó de silbar, y dijo con su acostumbrada indiferencia:

     —Una vieja que presenció el delito dice que, luego que mató a López, ofreció que, si íbamos a buscarlo, tendríamos el gusto de verlo....
     —¡Camarada! ¡Disfrutas de una calma asombrosa! ¡Hablas de Parrón con un desprecio!...
     —Pues ¿qué es Parrón más que un hombre?—repuso
   Manuel con altanería.
     —¡A la formación!—gritaron en este acto varias voces.
     Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.
     En tal momento acertó a pasar por allí el gitano Heredia, el cual se paró, como todos, a ver aquella lucidísima tropa.
     Notose entonces que Manuel, el nuevo miguelete, dio un retemblido y retrocedió un poco, como para ocultarse detrás de sus compañeros...                                                                
     Al propio tiempo Heredia fijó en él sus ojos; y dando un grito y un saltó como si le hubiese picado una víbora, arrancó a correr hacia la calle de San Jerónimo.
     Manuel se echó la carabina a la cara y apuntó al gitano....
     Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del arma, y el tiro se perdió en el aire.
     —¡Está loco! ¡Manuel se ha vuelto loco! ¡Un miguelete ha perdido el juicio!—exclamaron sucesivamente los mil espectadores de aquella escena.
     Y oficiales, y sargentos, y paisanos rodeaban a aquel hombre, que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con mayor fuerza, abrumándolo a preguntas, reconvenciones y dicterios que no le arrancaron contestación alguna.
     Entretanto Heredia había sido preso en la plaza de la Universidad por algunos transeúntes, que, viéndole correr después de haber sonado aquel tiro, lo tomaron por un malhechor.
     —¡Llevadme a la Capitanía general! (decía el gitano.) ¡Tengo que hablar con el Conde del Montijo!
     —¡Que Conde del Montijo ni que niño muerto! (le respondieron sus aprehensores.)—¡Ahí están los migueletes, y ellos verán lo que hay que hacer con tu persona!
     —Pues lo mismo me da.... (respondió Heredia.) –Pero tengan ustedes cuidado de que no me mate Parrón....
     —¿Cómo Parrón?...¿Qué dice este hombre?
     —Venid y veréis.
     Así diciendo, el gitano se hizo conducir delante del jefe de los migueletes, y señalando a Manuel, dijo:
     —Mi Comandante, ¡ese es Parrón, y yo soy el gitano que dio hace quince días sus señas al Conde del Montijo!
     —¡Parrón! ¡Parrón esta preso! ¡Un miguelete era Parrón!...—gritaron muchas voces.
     —No me cabe duda.... (decía entretanto el Comandante, leyendo las señas que le había dado el Capitán general.) —¡A fe que hemos estado torpes!—Pero a quien se le hubiera ocurrido buscar al capitán de ladrones entre los migueletes que iban a prenderlo?
     —¡Necio de mí! (exclamaba al mismo tiempo Parrón, mirando al gitano con ojos de león herido): ¡es el único hombre a quien he perdonado la vida! ¡Merezco lo que me pasa!
     A la semana siguiente ahorcaron a Parrón.
     Cumpliose, pues, literalmente la buenaventura del gitano....
     Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa que debáis creer en la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos que fuera acertada regla de conducta la de Parrón, de matar a todos los que llegaban a conocerle....—Significa tan solo que los caminos de la Providencia son inescrutables para la razón humana;—doctrina que, a mi juicio, no puede ser más ortodoxa.

     Guadix, 153.


Cambios hechos:
Usted por V.
Don por D.

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