lunes, 30 de enero de 2017

Prometeo, el Amigo de la Humanidad



 

Muchos, muchos siglos atrás, vivían dos hermanos, Prometeo o Premeditación, y Epimeteo o Pos meditación. Eran los hijos de esos Titanes que habían luchado contra Júpiter y habían sido enviados encadenados a la gran prisión del inframundo, pero por alguna razón habían escapado del castigo.

A Prometeo, sin embargo, no le importaba la vida ociosa entre los dioses en el Monte Olimpo. En cambio, él prefería pasar su tiempo en la tierra, ayudando a los humanos a encontrar formas de vida más fáciles y mejores. Porque los hijos de la tierra no eran felices como lo habían sido en los días dorados cuando gobernaba Saturno. De hecho, eran muy pobres, infelices y pasaban frío; sin fuego, sin comida, y sin más refugio que miserables cuevas.

"Con el fuego al menos podrían calentar sus cuerpos y cocinar sus alimentos", pensaba Prometeo, "y más tarde podrían hacer herramientas y construir casas para sí mismos y disfrutar de algunas de las comodidades de los dioses".

Así que Prometeo fue a Júpiter y pidió que se le permitiera llevar fuego a la tierra. Pero Júpiter sacudió la cabeza con ira.
 — ¡Fuego, de hecho! —exclamó—. "Si los humanos tuvieran fuego, pronto serían tan fuertes y sabios como nosotros que moramos en el Olimpo. Nunca daré mi consentimiento.
Prometeo no respondió, pero no renunció a su idea de ayudar a los humanos. "Hay que encontrar otro camino", pensó.

Entonces, un día, mientras caminaba entre algunos juncos, rompió uno, y viendo que su tallo hueco estaba lleno de una suave y seca médula, exclamó:
"¡Al fin! En esto puedo llevar fuego, y los hijos de la humanidad tendrán el gran don a pesar de Júpiter”.

Inmediatamente, tomando un largo tallo en sus manos, se dirigió a la morada del sol en el lejano oriente. Llegó allí a primera hora de la mañana, justo cuando el carruaje de Apolo estaba a punto de comenzar su viaje por el cielo. Encendió su caña, se apresuró de regreso, guardando cuidadosamente la preciosa chispa que estaba escondida en el tallo hueco.

Entonces les mostró a los humanos cómo construir hogueras para ellos mismos, y no pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a hacer todas las cosas maravillosas que Prometeo había soñado. Aprendieron a cocinar y a domesticar animales; a cultivar los campos; a extraer metales preciosos y fundirlos en herramientas y armas. Y salieron de sus oscuras y sombrías cuevas y construyeron para sí hermosas casas de madera y piedra. Y en lugar de estar tristes e infelices comenzaron a reír y cantar. "He aquí, la Edad de Oro ha vuelto", dijeron.

Pero Júpiter no estaba tan contento. Vio que los humanos ganaban cada día más poder, y su misma prosperidad lo enfurecía.
— ¡Ese joven Titán! —gritó cuando oyó lo que Prometeo había hecho—. Lo castigaré.
Pero antes de castigar a Prometeo, decidió fastidiar a los hijos de los hombres. Así que le dio un poco de barro a su herrero, Vulcano, y le dijo que lo moldeara en forma de mujer. Cuando el trabajo estuvo completado lo llevó al Olimpo.

Júpiter llamó a los otros dioses, pidiéndoles que le dieran a la figura cada uno un regalo. Uno le concedió belleza; otro, amabilidad; otro, habilidad; otro, curiosidad; y así, sucesivamente. Júpiter mismo le dio el don de la vida, y la llamaron Pandora, que significa "todo—dotado".

Entonces Mercurio, el mensajero de los dioses, tomó a Pandora y la condujo por el lado de la montaña hasta el lugar donde vivían Prometeo y su hermano.
—Epimeteo, aquí está una mujer hermosa que Júpiter ha enviado para ser tu esposa—, dijo.
Epimeteo estaba encantado y pronto amó a Pandora muy profundamente, por su belleza y su bondad.
Ahora, Pandora había traído con ella como regalo de Júpiter un cajita de oro. Atena le había advertido que no abriera nunca la caja, pero no pudo evitar preguntarse y preguntarse qué contenía. Tal vez tenía bellas joyas. ¿Por qué deberían desperdiciarse?

Por fin no pudo contener más su curiosidad. Abrió la caja un poco para echar un vistazo dentro. Inmediatamente hubo un ruido de murmullo, un zumbido, y antes de que pudiera cerrar la tapa diez mil criaturas feas habían salido. Eran enfermedades y problemas, y muy contentos de ser liberados.
Por toda la tierra volaban, entrando en cada hogar, y llevando tristeza y aflicción dondequiera que fueran.
¡Cómo Júpiter debió haberse reído cuando vio el resultado de la curiosidad de Pandora!

Poco después, el dios decidió que era el momento de castigar a Prometeo. Llamó a Poder y Fuerza y les ordenó que se apoderaran del Titán y lo llevaran al pico más alto de las montañas del Cáucaso. Entonces envió a Vulcano para atarlo con cadenas de hierro, ciñendo los brazos y los pies a las rocas. Vulcano se apiadaba de Prometeo, pero no se atrevió a desobedecer.

Así que el amigo de la humanidad yacía, atado miserablemente, desnudo ante los vientos, mientras las tormentas lo azotaban y un águila le arrancaba el hígado con sus crueles garras. Pero Prometeo no soltó un gemido a pesar de todos sus sufrimientos. Año tras año estaba en agonía, y sin embargo, no se quejaba, no pedía misericordia o se arrepentía de lo que había hecho. Los humanos lo sentían, pero no podían hacer nada.

Entonces, un día, una hermosa vaca blanca pasó por encima de la montaña, y se detuvo a mirar a Prometeo con ojos tristes.
—Te conozco —dijo Prometeo—. "Eres Ío, una vez una hermosa y feliz doncella que moraba en Argos, condenada por Júpiter y su celosa reina a vagar sobre la tierra con ese disfraz. Ve hacia el sur y luego al oeste hasta llegar al gran río Nilo. Allí volverás a ser una doncella, más hermosa que nunca, y te casarás con el rey de ese país. Y de tu raza brotará el héroe que romperá mis cadenas y me librará”.

Siglos pasaron y luego un gran héroe, Hércules, llegó a las montañas del Cáucaso. Subió la cumbre accidentada, mató al águila feroz, y con poderosos golpes rompió las cadenas que ataban al amigo de la humanidad.

(Traducido por Baneste, tomado del libro Famous Tales of Fact and Fancy, Myths and Legends of the Nations of the World Retold for Boys and Girls)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario