lunes, 21 de noviembre de 2016

Inteligencia Artificial, Vehículos Automáticos y Robots



Por Baneste
 
Robot militar cuadrúpedo (imagen tomada de Wikipedia)

En la actualidad se habla mucho de la inteligencia artificial, de la automatización vehicular y de la robotización de la actividad industrial; pero esto no es nada novedoso, pues ha formado parte de la narrativa y de la perspectiva humana desde la antigüedad. Se habla extensamente de que estos procesos –cuando completamente desarrollados– excederán la inteligencia del ser humano y lo desplazarán de actividades productivas causando desempleo sin precedentes. Con este discurso se genera ansiedad y temor en sectores amplios de la población ante la perspectiva de resultar afectados por dichos procesos de automatización. Pero esta narrativa, y sus ansiedades y preocupaciones derivadas, siempre han sido así desde tiempos inmemoriales.

Los robots y sistemas automatizados no son productos enteramente propios de la edad moderna actual. Desde épocas remotas el humano se ha esforzado en construir servidores inanimados, con la visión de que en algún tiempo puedan ejecutar las tareas más pesadas del trabajo, y así se han ido desarrollando máquinas, sistemas y robots con capacidades específicas asombrosas, aunque no completas como las de una persona capacitada. Y nunca ninguna máquina o robot podrá tener la capacidad o inteligencia de una persona capacitada, aunque en ciertas condiciones y habilidades particulares pueda superarla.

En la mitología griega se destaca la figura de Dédalo, de quien se dice que hizo estatuas monstruosas a las que hacía moverse rellenándolas con mercurio, aunque él es más conocido por atribuírsele la construcción del famoso laberinto en Creta, donde se atrapó al Minotauro que fue eliminado por Teseo. Históricamente está registrado que algunos templos en la antigua Grecia, abrían sus puertas automáticamente por medio de un mecanismo activado por un motor a vapor que estaba oculto. En la Edad Media, el alquimista Alberto Magno (1200-1280) causó pavor entre la población con un autómata en forma humana que cuidaba la entrada de su residencia. Se le adjudica a Roger Bacon y a René Descartes, el haber construido “hombres” mecánicos que podían abrir puertas y tocar instrumentos musicales. El gran genio Leonardo da Vinci diseñó un autómata más completo en 1495, el cual (de haber sido construido apropiadamente) podría mover sus brazos, girar su cabeza y sentarse. El célebre mago inglés John Nevil Maskelyne, inventor del primer servicio sanitario activado por monedas,  construyó un autómata llamado Psique, el cual se decía que podía jugar ajedrez, damas o naipes, del mismo modo que podía resolver problemas complejos de aritmética.

Siempre que ha ocurrido la inminencia de una innovación tecnológica, cuyo uso puede ser extensivo, ha existido la ansiedad y el temor del efecto adverso que conlleva para las personas que desempeñan la actividad que dicha innovación reemplaza. Como ejemplo, en tiempo más reciente, hasta mediados del siglo veinte era muy común que hubiera “porteros” a la entrada de las tiendas grandes, instituciones gubernamentales, espacios de estacionamiento, etc. Su función era abrir la puerta al cliente o visitante que deseaba entrar o salir del lugar. Esta ocupación desapareció al generalizarse el uso de puertas automáticas, cuya producción se abarató al emplear la electricidad combinada con sensores de diverso tipo. Aquellos que se ganaban la vida desempeñándose como porteros tuvieron que encontrar otra forma de ocupación laboral. Un poco más atrás en el desarrollo histórico, hasta finales del siglo XIX, el medio de transporte de uso generalizado, en el ambiente público y privado, era el coche tirado por caballos. En las más populosas ciudades europeas, el taxi era un carruaje conducido por un cochero quien arriaba al caballo que halaba el vehículo. Quienes se desempeñaban como cocheros conformaban un sector especializado de la fuerza laboral y de la economía hasta ese tiempo, y debieron sentirse amenazados cuando contemplaron la generalización del uso del vehículo automotor en todo el mundo. Desapareció el empleo de cochero, y con éste, muchos otros, incluyendo el de los que se dedicaban al cuido de los caballos y al mantenimiento de los coches; pero con el arribo del vehículo automotor también surgieron nuevas ocupaciones, principalmente la de motorista y la de mecánico.

Ahora la conversación más generalizada (al menos en los países más desarrollados) gira en torno al pronto arribo de los vehículos automáticos de manera extendida. Y a la implementación de la más sofisticada inteligencia artificial. Muchas personas se preocupan por sus empleos, porque se desempeñan como choferes privados, como conductores de autobuses, como operadores de tractores, o motoristas de furgones o cualquier otro tipo de vehículo automotor. Pero aunque esta innovación tecnológica está muy avanzada, su generalización no será de ninguna manera instantánea ni extensiva, y probablemente nunca se generalice, siendo la razón principal su elevadísimo costo; porque un vehículo automático es en realidad un automóvil con muchas cámaras y sensores integrados a un sistema computarizado que elevan su precio, por lo que su adquisición dependerá del presupuesto económico del individuo o entidad interesada.

En cuanto a la inteligencia artificial, es más que todo un discurso con objetivos políticos de cara al próximo futuro, pues se implementarán sistemas por parte de gobiernos y aparatos policíacos y militares que se denominarán así (de inteligencia artificial), y cuando ocurra una “falla” en su operación (una masacre, una catástrofe), ese aspecto será utilizado para absolver de culpa a los verdaderos responsables, y en su lugar culpar a la inteligencia artificial.

Referencias:
A Modern Book of Wonders, edited by Vincent Starret.
Wikipedia. 

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