jueves, 3 de noviembre de 2016

El Mago de Lolotique



Por Baneste

En pleno siglo veinte, el pueblo donde nací y pasé parte de mi infancia, parecía extraído de la época medieval: las mejores calles eran empedradas, la mayoría de tierra, muy lodosas en el invierno y polvorientas en el verano; no había parque, sino una plaza con un gran y hermoso árbol de conacaste en su lado este; los perros, cerdos y aves de corral deambulaban tranquila y libremente por las calles, al igual que los pocos transeúntes que raramente se desplazaban entre los barrios durante el día, puesto que la inmensa mayoría de los habitantes eran campesinos jornaleros, o pequeños agricultores propietarios de parcelas en las laderas del cerro en cuya cima estaba localizada la comunidad, y se mantenían muy ocupados en sus pesadas labores.

Gente de las comunidades aledañas, denominadas caseríos y cantones, visitaba la población para realizar diligencias de carácter económico, religioso o legal. El pueblo carecía de actividad comercial significativa, y el medio de transporte más común eran las llamadas bestias de carga como el caballo, la mula o el asno, y la obsoleta y lentísima carreta de bueyes, aunque había vehículos automotores, pero eran muy pocos. Estas personas “fuereñas” visitantes —los hombres en específico— siempre venían armadas con lo que se llamaban localmente “corvos”, “guarizamas” y “colines”, que genéricamente son variaciones del machete; y algunos cuantos portaban armas de fuego como pistolas, revólveres y escopetas, la mayoría de bajo calibre. En general, los pobladores de aquel municipio, tanto en su parte urbana como rural, eran de carácter pacífico; pero cuando consumían alcohol, los “fuereños” se tornaban violentos, y no era raro que alguien muriera o quedara marcado de por vida producto de los terribles machetazos. Estos hechos lamentables ocurrían más que todo durante los fines de semana o días feriados, pues aquella población, al igual que todas las que formaban parte de aquel país, tenía sus absurdas celebraciones dedicadas a “santos” y “vírgenes”, impuestas por los conquistadores desde tiempos de la colonia.

Imagen de la Virgen de Candelaria, patrona del municipio de Lolotique.

En ese pueblo tan pintoresco, como sacado de la España del Medievo (al fin y al cabo era el producto de españoles, ya no quedaban aborígenes originarios), habitaba un hombre muy conocido en toda la comarca y en muchos otros lugares dentro y fuera del pequeño país, y lo llamaban “El Mago”. Su nombre real era Héctor Cruz, y localmente nadie dudaba de sus dotes mágicas. Era raro el día que no tuviera la visita de algún cliente, más que todo de lugares lejanos. Las personas que buscaban sus servicios lo hacían para resolver problemas tales como: pérdida de algún animal de valía (principalmente reses); abandono del esposo o esposa; conquista del ser amado que era imposible lograr por medios normales; sanación de enfermedades adjudicadas a algún maleficio hecho por enemistades; etc.

No había duda que “El Mago” lograba resultados positivos con sus clientes, pues nunca en su vida enfrentó reclamos, ya que de haber fallado en algo, no sería de dudar que más de alguno buscaría retribución, si no por obra de la justicia, por medio de la violencia; o tal vez esto se haya debido a que no cobraba por sus servicios, simplemente aceptaba lo que la voluntad y capacidad de cada quien podía proveer. Sus visitantes incluían personas de cierta jerarquía social, incluyendo militares de rango, reconocidos profesores y comerciantes prósperos. Muchas de estas personas regresaban después que sus casos habían sido favorablemente resueltos para mostrarle su agradecimiento y le recomendaban otros clientes. Héctor Cruz mantenía correspondencia con magos, espiritistas y brujos de otros países, principalmente de Colombia y Ecuador, y más de alguna vez recibió en su casa algún cliente proveniente de los países centroamericanos o de Suramérica. Su muerte fue pacífica, probablemente sin experimentar dolor; se quedó profundamente dormido después de un largo día de borrachera, y ya nunca despertó; enmedio del letargo tuvo una breve convulsión, vomitó el hígado en pedazos y expiró para siempre cuando apenas tenía 43 años. Fue enterrado al lado de la tumba de su difunta esposa, quien había fallecido muchos años antes, triste suceso que degeneró en su consumo consuetudinario de bebidas alcohólicas que terminaron causándole la muerte. A su velación y entierro asistió mucha gente, y aunque murió en la pobreza, hubo suficiente de todo: tamales, pan, cigarrillos, naipes, café y licor.

Como en la Edad Media europea, la gente de aquel pueblo creía en “santos”, “vírgenes”, “apariciones”, “milagros”, “brujas” y “magos”. Los conquistadores españoles se habían encargado de transmitir sus propias supersticiones y sus leyendas mitológicas se habían impuesto sobre las propias leyendas de los indígenas. “La Carreta Bruja”, “El Justo Juez de la Noche”, “La Siguanaba” tenían un corte europeo distinto a la leyenda posterior del “Cipitío”, en la que se funden elementos indígenas e ibéricos. Sin embargo, Héctor “El Mago”, lograba resultados ya sea por conocimiento o coincidencia. Eso lo demostró el hecho anteriormente mencionado de que nunca nadie se quejó durante su vida de haber sido engañado. Su padre había sido lo que antiguamente se llamaba “idóneo de farmacia” (lo que sería hoy un químico farmacéutico);  poseía un catálogo medicinal que incluía todos los medicamentos originados en plantas medicinales; y entre sus libros de magia, no podía faltar el famoso libro de San Cipriano, entre muchos otros.

Después de que Héctor Cruz murió, su único hijo se negó a seguir sus pasos, pese a la enorme presión de los mismos clientes que daban por hecho que el joven muchacho era heredero de los poderes mágicos del fenecido espiritista; pero una sobrina de él (que casualmente era la única analfabeta de la familia) se abrogó la responsabilidad y se declaró depositaria de las dotes curativas y hechiceras de su difunto tío, y ejerció como tal durante muchos años; aunque ella sí confrontó reclamos de personas que llegaron a considerarse defraudadas. Pero como dijo el célebre Nicolás Maquiavelo, “aquel que engaña encontrará siempre a quien engañar”.

(Escrito en homenaje al Mago de Lolotique, en el Día de los Difuntos).

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