martes, 18 de octubre de 2016

El Domingo de Ramos




Y al través de los siglos, la vieja profecía se cumplió. El que debía VENIR: el Rey, anunciado por Zacarías, llegó. Aquél que destruiría los carros de Ephraím, y los caballos de Jerusalén; aquél que quebrantaría los arcos de guerra, y hablaría de paz a las gentes; aquél que extendería su poder de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra, llegó. Y los carros de Ephraím fueron destruidos, y asimismo los caballos de Jerusalén; y los arcos de guerra se hicieron mil pedazos; y los hombres oyeron hablar de paz; y el Señorío de Dios se extendió de mar a mar, y floreció por todos los confines de la tierra. La Buena Nueva se cumplía... Y en ese día anunciado por el adusto profeta, Jerusalén se regocijó. Y la hija de Sion, tostada por el sol, salió engalanada a su encuentro, y recibió a su Rey de Siglos, a su Rey Único sobre Todos, con ramos de olivo y haces de palmas que ondulaban y crujían al viento de la Mañana memorable. Jerusalén reía y cantaba.
Jerusalén estaba de fiesta. Y al paso del Redentor, los labios clamaban con entusiasmo:
— Hosanna:
Bendito el que viene en nombre del Señor:
Bendito el reino de nuestro padre David, el cual viene:
¡Hosanna en las alturas!
Y los hosannas eran multiplicados por el eco, y resonaban hasta en las oquedades de las montañas más lejanas, como himnos de triunfo al paso de un Vencedor.
**
Y fue de Betania, de casa de Simón el Leproso, de donde el dulce Jesús salió para Jerusalén aquella mañana. Allí había pernoctado, de vuelta del desierto de Judea, a donde, solo con su Padre Celestial y con su alma, se había retirado a hacer penitencia. Y allí, a la mesa de Simón el Leproso, entre los discípulos del Profeta de Nazaret, estaba Lázaro el Resucitado. Y en los ojos de Lázaro, que venían del otro mundo, que se sentían deslumbrados todavía ante la radiosa visión de ultra-tumba, se reflejaba toda la Gratitud, y toda la Adoración se encontraba.
María, hermana de Lázaro, servía la mesa. Y nuestro Señor, paternal y bueno, partía con sus propias manos y distribuía el pan, que era su cuerpo. Y bendecía el vino, que era su sangre. Y sonreía a sus discípulos. Y les hablaba de su reino, que no era de este mundo, y de su Padre, que estaba en los cielos.
Entonces fue cuando María, hermana de Marta y de Lázaro, y que sentía por Jesús una pasión filial, tomó un vaso de ungüento de nardo y arrodillándose ante Él, ungió sus pies, lastimados por la caminata, y los secó enseguida con el manto de su cabellera, más fino y más delicado que el
más fino y más delicado de los linos. Y Jesús dijo a Judas Iscariote, hijo de Simón, que contemplaba con ojos de perfidia la conmovedora escena: — «Déjala: para el día de mi sepultura ha guardado esto». Y al oírlo, los discípulos se entristecieron, y los ojos de las mujeres se humedecieron de lágrimas. Y el aroma delicado del nardo llenaba toda la estancia, ahogando el de las humildes viandas. Y las almas de los circunstantes se enternecían más y más. Y los ojos se fijaban en Jesús con amor cada vez más grande. Jesús era el Hijo de Dios, el que venía a salvarnos.
Y mientras hablaba, los ojos del Divino Salvador se clavaban en el marco de cielo azul que recortaba la ventana, y en el lomo pétreo del desierto que se confundía con él en las lejanías ardientes de Judea.
* *
Y fue de Betania, de casa de Simón el Leproso, de donde, el hijo de David, salió la mañana de aquel Domingo, rodeado de sus doce discípulos. Y cuando después de mucho caminar, hubo llegado a la cima del monte de los Olivos, descansó a la sombra de los árboles. Y vio a lo lejos, más allá del ancho valle del Hebrón, a Jerusalén, tendida a sus pies, cubriendo sus cinco colinas con la tupida aglomeración de sus cúpulas y sus terrazas, de sus palacios y sus torres. Y vio sus altas murallas formándole como un formidable cinturón de piedra. Y sobre la planicie del Monte Moriah, hecha por David, vio el inmenso cuadrilátero, las filas de columnas de mármol,
las monumentales puertas de bronce, rematadas por sus torres de defensa; las innumerables placas de oro bruñido, los extensos patios adoquinados de piedras polícromas; los severos pórticos y las techumbres de madera de cedro esculpido del templo de Salomón. Y vio el Ofel y el Monte de Sion, y el Atcra y el Betzheta, formarle anfiteatro a las inmensas construcciones del Templo de su Padre. Y vio las almenas y los torreones del Palacio de Herodes. Y vio la torre Antonia. Y más allá, pelada como la calva de un Rabí, la cumbre del Gólgota, que Él fecundaría y glorificaría con su sangre derramada. Entonces el Dios-Hombre lloró. Lloró amargamente. Y su honda lamentación la llevaron los vientos sobre sus alas por todos los cuatro puntos cardinales. Y la sombra piadosa de los olivos, como pañuelo de encajes, enjugó sus lágrimas. Y mientras tanto, el Sol, incendiando la ciudad, dábale prestigios deslumbrantes, faustos mayestáticos, en medio de los que ella se erguía, con soberbia de fortaleza inexpugnable, ante la mirada húmeda del que, con sólo un gesto, hubiera tenido bastante para echar por tierra todo aquel vano poderío.
Y el Divino Galileo descendió al valle del Hebrón. Y ya en él, dijo a sus discípulos: — «Id a la aldea que está delante de vosotros, y luego hallaréis una asna atada y un pollino con ella; desatadla y traédmelos». Y los discípulos fueron a Bethfagé, y trajeron la asna y el pollino de ella; y a falta de ricas gualdrapas, pusieron sus pobres mantos; y Jesús montó en ella, y el pollino la siguió detrás, moviendo sus largas orejas peludas y espantándose con la cola las moscas de sus ancas.
Y la compañía del Nazareno, engrosábase cada vez más. Tendían sus mantos sobre el polvo para que sobre ellos pasara; y agitaban palmas de triunfo en las manos, y cortaban ramas de los árboles, y despenicaban las hojas de ellos, y buscaban flores modestas para azofrar el camino, o tejer guirnaldas.
Y la ola de gente se precipitaba delante del QUE LLEGABA, y clamaba llena de júbilo, agitando los brazos, como millones de banderas:
— Hosanna.
Hosanna el que viene en nombre del Señor:
Hosanna el reino de nuestro padre David, el cual viene:
¡Hosanna en las alturas!
Y el Rey de Siglos, el Rey Único sobre Todos, profetizado por Zacarías, hijo de Berechías, hijo de Iddo; el Gran Rey, tranquilo y dulce, cuyo Reinado no es de esta tierra, entró en Jerusalén.
Y en su mirada triste, húmeda todavía por las lágrimas derramadas, y en las que todo un crepúsculo de melancolía se ahogaba como en un cielo desteñido, había una misericordia infinita, una piedad inagotable. Y sus cabellos blondos caían sobre sus hombros formándole un nimbo de miel inflamada. Y sus labios sonreían con inefable sonrisa. Y su cara toda brillaba como una gran rosa después del aguacero. Y su palabra fluía, acariciante y arrulladora, como veta de agua montañera de lo hondo de la roca carcomida. Y las palmas agitábanse en torno suyo, formando un tupido bosque de oro que rutilaba. Y su mano, levantada como un asta salvadora por sobre su cabeza, bendecía a los que a su paso se arrodillaban sobre el polvo. Y esa mano levantada, se diafanizaba al sol que la acariciaba con un largo beso piadoso, hasta llegar a la finura transparente de la pasta de las ostias.
Y entró en Jerusalén el Mesías anunciado.
Y en aquel momento, la Era de la Bondad, de la Dulzura, del Consuelo, de la Gracia, de la Sencillez, de la Misericordia, de la Pureza, se inició, entre un estupendo coro de alabanzas y de canciones, y un tupido bosque de palmas agitadas al suave viento de la Mañana memorable.

Abril de 1905.

(Tomado del libro Marginales de la Vida, de Arturo Ambrogi).

No hay comentarios.:

Publicar un comentario