domingo, 14 de agosto de 2016

La igualdad social en la prehistoria humana

Ernest Mandel

Pero la historia sólo representa una rama menor de la vida humana sobre nuestro planeta. Le precede la prehistoria, la época de la existencia de la humanidad en que la escritura y la civilización eran aún desconocidas. Ciertos pueblos primitivos han permanecido en condiciones prehistóricas hasta fechas recientes, incluso hasta nuestros días. Pues bien, durante la mayor parte de su existencia prehistórica, la humanidad ha ignorado la desigualdad de clase.

Comprendemos la diferencia fundamental entre una comunidad primitiva y una sociedad de clases examinando algunas de las instituciones de esas comunidades.

Así, numerosos antropólogos nos han hablado de la costumbre existente en varios pueblos primitivos, costumbre que consiste en organizar grandes fiestas después de la recolección. La antropólogo Margaret Mead ha descrito estas fiestas en el pueblo papú de los Arapech (Nueva Guinea). Todos los que han logrado una cosecha superior a la media invitan a toda su familia y todos sus vecinos, y la fiesta continúa hasta que la mayor parte de ese excedente ha desaparecido.

Margaret Mead añade:

“Estas fiestas representan un medio adecuado para impedir que un individuo acumule riquezas...”

Por otra parte, el antropólogo Asch ha estudiado las costumbres y el sistema de una tribu que vive en el sur de los Estados Unidos, la tribu de los Hopi. En esta tribu, contrariamente a lo que ocurre en nuestra sociedad, el principio de la competencia individual se considera rechazable desde el punto de vista moral. Cuando los niños Hopi juegan y hacen deporte, jamás cuentan los “tantos” y siempre ignoran quién ”ha ganado”.

Cuando las comunidades primitivas aún no divididas en clases practican la agricultura como actividad económica principal, y ocupan un territorio determinado, no instalan la explotación colectiva del suelo. Cada familia recibe campos en usufructo durante un determinado periodo. Pero estos campos son redistribuidos con frecuencia para evitar favorecer a algún miembro de la comunidad a expensas de los otros. Las praderas y los bosques son explotados en común.

Este sistema de la comunidad aldeana, basada en la ausencia de la propiedad privada del suelo, se encuentra en el origen de la agricultura en casi todos los pueblos del mundo. Esto demuestra que en aquel momento la sociedad no estaba aún dividida en clases, a nivel de aldea.

Los lugares comunes con los que se nos golpea constantemente los oídos, y según los cuales la desigualdad social estaría enraizada en la desigualdad de los talentos o de las capacidades de los individuos, según los cuales la división de la sociedad en clases sería el producto del “egoísmo innato en los hombres” y, por tanto, en la “naturaleza humana”, no poseen ninguna base científica. La opresión de una clase social por otra no es el producto de la “naturaleza humana” sino de una evolución histórica de la sociedad. La opresión no ha existido siempre. No existirá siempre. No ha habido siempre ricos y pobres, y no los habrá por siempre.


La rebelión contra la desigualdad social a través de la historia

La sociedad dividida en clases, la propiedad privada del suelo y de los medios de producción no son de ningún modo producto de la “naturaleza humana”. Son el producto de la evolución de la sociedad y de sus instituciones económicas y sociales. Vamos a ver cómo nacieron y cómo desaparecerán.

En efecto, desde que apareció la división de la sociedad en clases, el hombre manifiesta nostalgia de la antigua vida comunitaria. Encontramos las expresiones de esta nostalgia en el sueño de la “edad de oro” que sería situada en los albores de la existencia humana sobre la tierra, sueño que describen los autores clásicos chinos, y los griegos y latinos. Virgilio dice claramente que en la época de esta edad de oro las cosechas eran compartidas en común, lo que quiere decir que la propiedad privada no existía.

Numerosos filósofos y sabios célebres han considerado que la división de la sociedad en clases representa la fuente de la enfermedad social, y han elaborado proyectos para suprimirla.

He aquí cómo el filósofo griego Platón caracteriza el origen de las desgracias que se abaten sobre la sociedad: “Incluso la ciudad más pequeña está dividida en dos partes, una ciudad de los pobres y una ciudad de los ricos que se oponen (como) en estado de guerra."

Las sectas judías que pululan al comienzo de nuestra era, y los primeros Padres de la Iglesia que han continuado la tradición en los siglos III y IV de nuestra era, son así mismo feroces partidarios de un retorno a la comunidad de bienes.

San Bernabé escribe: “No hablarás nunca de tu propiedad, pues si tú gozas en común de tus bienes espirituales, aún será más necesario gozar en común de tus bienes materiales.” San Cipriano ha pronunciado numerosos alegatos en favor del reparto igualitario de los bienes entre todos los hombres. San Juan Crisostomo es el primero que exclama: “la propiedad es un robo”. Incluso San Agustín ha comenzado por denunciar el origen de todas las luchas y de todas las violencias sociales en la propiedad privada, para modificar más tarde su punto de vista.

Esta tradición se continuará en la Edad Media, en especial por San Francisco de Asís y los precursores de la Reforma: los Albigenses y los Cataros, Wycleff, etcétera. He aquí lo que dijo el precursor inglés John Ball, alumno de Wycleff, en el siglo XVI: “Hace falta abolir la servidumbre y hacer a todos los hombres iguales. Los que se llaman nuestros dueños consumen lo que producimos... Deben su lujo a nuestro trabajo.”

Finalmente, en la época moderna, vemos cómo estos proyectos de sociedad igualitaria se van haciendo cada vez más precisos, claramente en La Utopía, de Tomás Moro (inglés); en La ciudad del sol, de Campanella (italiano); en la obra de Vaurasse d'Allais (siglo XVII): en el Testamento de Jean Meslier, y en El código de la naturaleza, de Morelly (siglo XVIII) ( francés).

Al lado de esta rebelión del espíritu contra la desigualdad social, ha habido innumerables rebeliones materiales, es decir, insurrecciones de las clases oprimidas contra sus opresores. La historia de todas las sociedades de clases es la historia de las luchas de clases que las desgarran.


(Fragmentos extraídos de la obra Introducción al Marxismo, del prolífico autor revolucionario Ernest Mandel, 1923-1995).

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