lunes, 11 de julio de 2016

La Esquizofrenia, por Experiencia Propia


Por Esteban Balmore Cruz



A principios del último trimestre del año 2013, a media mañana, fui objeto de un ataque violento por parte de un individuo totalmente desconocido, quien al darse cuenta de que yo estaba bajo los efectos del alcohol, trató de apropiarse de mi computadora portátil que traía en una mochila, y la cual él pudo ver cuando abrí la bolsa para sacar una botella de licor con la idea de tomarme otro trago. Esto ocurrió en una parada de autobús en donde él ya estaba cuando yo llegué y me acomodé sin sospechar que el tipo era un delincuente.

Primeramente me solicitó un cigarrillo a lo que le repliqué no poder complacerle porque hacía cuatro años había dejado de fumar definitivamente. Enseguida se sonrió y extrajo de un bolsillo de su chaqueta una cajetilla de cigarrillos casi llena, y sacando uno, me lo ofreció. Me pareció rara su acción porque le acababa de explicar que ya no fumaba, y él estaba ignorándolo, y más me pareció que buscaba una confrontación. Fue entonces que para disimular decidí tomarme el trago y olvidar lo ocurrido. Pero el tipo, levantándose de donde estaba sentado, quiso asir la bolsa que contenía mi laptop, la cual afiancé con determinación y me moví fuera de la caseta de la parada del bus. El individuo entonces extrajo de debajo de su chamarra algo parecido a un cinturón que tenía piezas de metal incrustadas y empezó a lanzarme golpes con dicha cosa. Sosteniendo la mochila con ambas manos, traté de cubrirme el rostro, pero debido a mi embriaguez, no podía movilizarme con agilidad, mis movimientos eran torpes, y logró impactarme en el parietal izquierdo.

Mucha sangre empezó a manar de ese lado de la cabeza; pero alguien de un pequeño grupo de personas que estaban presenciando el ataque, llamó a la policía que llegó con presteza. También llegó el servicio paramédico que me atendió de inmediato. Luego de esto perdí el conocimiento y no recuerdo el instante en que fui subido a la ambulancia y trasladado al Hospital General de San Francisco, en donde desperté varias horas después, aproximadamente a las dos de la tarde. Una enfermera muy joven estaba enseñándole a un enfermero nuevo cómo colocar las grapas para cerrar la herida en mi cabeza. Y con sorpresa observé que un agente de la policía estaba sentado a un lado de la puerta del cuarto donde me encontraba. El agente me informó que me encontraba bajo custodia, porque la persona que me causó la lesión había declarado que yo lo había atacado primero causándole una cortadura en alguna parte del cuerpo, lo cual era falso.

Pasé una noche encerrado en la cárcel, y fui liberado cerca de la medianoche del siguiente día. Me vine caminando, pues la estación de policía está a pocas cuadras del lugar donde vivía. Lo primero que hice fue darme una ducha y después me preparé un buen plato de comida, ya que a los encarcelados solamente les proporcionan  un sándwich de mantequilla de maní con jalea.  Me fui a la cama y desperté al siguiente día al sonido del teléfono, el cual contesté inmediatamente. Sorprendido me di cuenta que no podía reconocer la voz ni escuchar bien con el auricular en el oído izquierdo. Me lo transferí al derecho. Era mi amigo Rafael que me estaba invitando a su casa para jugar un partido de ajedrez, como lo hacíamos regularmente los fines de semana desde que nos conocimos. Le expliqué lo que me había ocurrido y me excusé de no poder complacer su invitación. Supuse que mi pérdida auditiva era producto del golpe sufrido en el parietal izquierdo.

La noche siguiente fue que comencé a escuchar las voces, mientras leía un libro recostado en la cama. Se trataba de un hombre y una mujer que hablaban en susurros, comentando mi lectura. Me sorprendió porque en el estudio de al lado, yo sabía que habitaba un filipino drogadicto que con frecuencia se enloquecía y golpeaba con furia las paredes y nunca observé que recibiera visitas; pero ocurría que a veces los inquilinos se mudaban sin que uno se diera cuenta y otros llegaban a ocupar los apartamentos.

Enseguida la voz femenina (que yo imaginaba por su tonalidad pertenecía a una joven de algunos veinte-veinticinco años), comenzó a seguir mi lectura; es decir, a repetir lo que yo iba leyendo. Esto me asustó, puesto que no concebía cómo podía ser eso posible si estaba al otro lado de la pared que dividía las habitaciones. De vez en cuando esa dulce voz corregía la pronunciación imaginaria que yo daba a alguna palabra, pues aunque puedo leer bien el idioma inglés, mi pronunciación es deficiente cuando se trata de palabras de poco uso personal, aunque éstas sean muy comunes. Estaba leyendo por tercera vez (¡tanto me encanta esa obra!) “Frankenstein, o el Prometeo Moderno” de la estupenda autora inglesa Mary Wollstone Shelly.

Asustado, apagué mi tableta electrónica, sospechando que podía tratarse de algunos hackers, que habían accedido a mi aparato, en cual caso, todos mis archivos estaban a su disposición. Para corroborar mi sospecha, fui a mi pequeña librera y extraje un libro que ya había leído, pero lo estaba leyendo otra vez para escribir un resumen. Se trataba de la novela de ficción “Los Señores de la Luz”, del autor hindú-americano Deepak Chopra. Me volví a recostar en la cama y me dirigí directamente al capítulo en que estaba: Humo y Espejos.

Después de un silencio muy breve, la tierna voz femenil continuó repitiendo mi lectura, y mi horror era indescifrable, ya que esto indicaba que no se trataba de simples hackers accediendo a mi tableta electrónica. Cerré el libro, lo aventé a un lado y me acosté a dormir. Pero no podía dormir. Ahora que ya no estaba leyendo, las voces continuaban susurrando haciendo comentarios sobre mi estado. Decía la voz femenina: “Cierra los ojos pero no puede dormir”. Y la varonil contestaba: “Ajá...”

Más adelante, en la madrugada, comencé a escuchar otras voces, un grupo de cinco, todas varoniles, cada una distinta, con su propia particularidad, que empezaron a burlarse de mí. Si yo parpadeaba, una de dichas voces decía: “Tiene un tic en el ojo derecho”, y las demás voces reían. Si yo en mi soledad, estupor y oscuridad sonreía ante alguno de sus comentarios, otra voz decía: “¡Beautiful!”, y las demás repetían en secuencia: “¡Beautiful!”, y soltaban carcajadas.

Horrorizado, deseaba con vehemencia que amaneciera para irme a cualquier lado, pues empecé a sospechar que seguramente habían instalado algún micro sistema computarizado en mi habitación, que probablemente incluía cámaras, micrófonos, emisores y receptores, enlazados con alguna central en donde estaban todas esas personas cuyas voces yo podía escuchar con distinción, aunque suaves. La sospecha era posible porque el día que yo había pasado en la cárcel la compañía a cargo de la seguridad en el condominio, había hecho una inspección del sistema de alarmas en cada uno de los apartamentos y estudios del edificio. Era una compañía privada, pero en este país donde vivo, todas las empresas de ese tipo trabajan en estrecha cooperación con las estructuras de seguridad del estado. Y no me resultaba raro que me hubiesen escogido a mí como objetivo para alguno de sus experimentos: en mi pasado había sido guerrillero; en mi presente estaba incapacitado, pero ocasionalmente me reunía con un grupo dizque de marxistas; y mantenía un blog en internet, en donde se enfocaba con orgullo la lucha revolucionaria y se reivindicaba la memoria de los héroes, heroínas y mártires de esa lucha, aunque personalmente ya no tenía enlace militante con ninguna organización, ni deseaba tenerlo.

Al amanecer tomé un rápido baño y me vestí de prisa. Pensé en llevar una mochila con alguna ropa de cambio, pero luego reconsideré y solamente me llevé el poco dinero en efectivo que tenía, el cual hubiera sido suficiente para lo que restaba del mes estando en mi lugar de habitación, pues estaba muy bien aprovisionado, pero que resultaría ser muy escaso para pasar los días que me separaban para recibir mi pensión mensual. Salí casi corriendo de mi cuarto mordisqueando un sándwich de atún que me hice a la carrera, y tomé el ascensor al primer nivel (yo vivía en el quinto piso); la calle me recibió con esa brisa helada del mes de octubre; era muy temprano en la mañana y probablemente el primer tren hacia San José no partiría hasta las seis y media o siete. No importaba, tenía que irme de esta linda ciudad de San Francisco; al menos por algunos días. Había escogido irme a San José porque allí trabajaba mi exesposa, con quien habíamos mantenido una constante relación de amistad, aún después de nuestro divorcio, y sin duda ella podría ayudarme a salir de este apuro. Aparte de ella, no tenía a nadie más que pudiera socorrerme en tan aflictiva situación.

En el camino a la estación del tren, compré una pinta de vodka en una licorería que estaba abierta a la seis en punto de la mañana. Me tomé el primer trago mientras caminaba pues la estación no estaba tan lejos de donde yo vivía, solamente eran nueve cuadras de distancia. El licor me hizo sentirme mucho mejor, y me alegraba muchísimo no escuchar aquellas voces que durante la noche no habían cesado de hablar ni un solo instante. Escondí mi envase en un bolsillo interno de mi gruesa chaqueta color verde con gorro gris, muy apropiada para el frío de las mañanas y las noches.

Al llegar a la estación de Caltrain (Tren de California), que está ubicada exactamente en la esquina de las calles Cuarta y King, abordé el tren que estaba a punto de salir. El viaje se prolonga una hora y cuarenta minutos aproximadamente, ya que incluye paradas en las numerosas ciudades que se encuentran a lo largo de la vía férrea. En una situación normal es un trayecto muy placentero, pero yo estaba afligido. Al llegar a la estación Diridon, en la tranquila y extendida ciudad de San José, en donde viví algún tiempo, ya estaba sediento de más alcohol, puesto que había consumido el contenido de la pinta que había comprado, y había empezado a observar con preocupación que las personas me miraban inquisitivamente, sonreían, y volvían a dirigir sus miradas a las pantallitas de sus teléfonos celulares. Con sus miradas y sonrisas, me parecía que decían “¡No lo puedo creer; lo que estoy viendo aquí está allí! ¡Es él!”.

Mi plan era llamar a Kathy desde un teléfono público, alguno de los pocos que quedaban, pues habían ido siendo retirados desde el surgimiento de los celulares. Yo no tenía un teléfono celular porque tiempo atrás había optado por mantener uno tradicional de línea permanente, el cual incluía mi valuado servicio de internet. Pero dos cosas golpearon mi mente al mismo tiempo: Uno, Kathy sabría que yo había ingerido alcohol si la llamaba, pues lo notaba fácilmente en mi habla; y dos, no tenía conmigo el número de su oficina; lo cual convertía mi apresurado viaje, hasta ese momento, en algo infructuoso. Por la noche la podría llamar al número de su casa, pues ese lo tenía grabado en mi memoria; pero debía hacerlo estando sobrio.

De todas maneras me dirigí a la licorería que está a dos cuadras de la estación Diridon y compré una cerveza en lata de 24 onzas. Ya había decidido que mi área de movimiento y bebetoria sería esa tienda de licores y la estación del tren. Sabía que la cantidad de dinero que tenía no me alcanzaba para pagar un cuarto de hotel o motel, alimentarme y consumir alcohol al mismo tiempo, de manera que opté por gastarme lo que me quedaba en comida y licor. Nunca fui aficionado a las tarjetas de crédito, y la única que alguna vez tuve, me la regalaron y muy pronto la perdí. A estas alturas ya había observado que probablemente de alguna manera estaban transmitiendo mis movimientos en todas las pantallas, pues miraba que la gente me observaba con curiosidad y burla, volviendo sus ojos a la pantalla y otra vez a mí. Lo había observado en la tienda de licores cuando un individuo, al verme entrar, sonrió y alzó su cabeza para retornar su vista a la pantalla del sistema de circuito de seguridad del establecimiento. ¡Toda la gente me podía ver en sus celulares y en las pantallas de seguridad también! Por un inexplicable temor a verme a mí mismo, yo no miraba las pantallas.

Aquí fue que comencé a sospechar que me habían implantado algún microchip en la cabeza, ya que había detectado tres pequeñas protuberancias en mi cráneo; podía sentirlas al tocarlas con mis dedos. ¡Podía ser no uno, sino tres microchips! Y esto tuvo que haber ocurrido mientras estaba inconsciente en la ambulancia que me condujo al hospital el día que fui asaltado. Todo el mundo sabe que las estructuras de seguridad del estado tienen tentáculos que les permite realizar sus operaciones apoyándose en cualquier entidad privada o gubernamental. Me pasé el día entrando y saliendo de la licorería, y así lo hice durante los dos siguientes días hasta que se me terminó el dinero. El cuarto día me lo pasé sentado en una banca en un estacionamiento bajo una autopista elevada en los alrededores de la estación del tren, sin beber ni comer. Al quinto día ya tenía dinero en el banco y me fui a alquilar un cuarto de motel, en donde me acomodé lo mejor que pude con buena comida y suficiente licor por un par de semanas, al cabo de las cuales compré ropa nueva y me regresé a San Francisco.

Para entonces ya no tenía suficiente dinero para pagar la mensualidad de mi estudio, y deliberadamente había decidido gastármelo porque ya no quería volver allí; no me imaginaba volviendo al lugar donde había escuchado aquellas voces tan distintivas que no me dejaban dormir ni me permitían leer o escribir. La idea de volver a San Francisco era que podía ser más factible que San José para obtener un cupo en alguno de los varios albergues para desposeídos que hay en la ciudad, además de los centros caritativos de distribución de comida. Para hacer eso, determiné que debía dejar de consumir alcohol y así lo hice.

Pero tan pronto como regresé a mi ciudad favorita, volví a escuchar las voces, ya no únicamente de noche, sino también de día. En el día las escuchaba al ingresar a algún lugar concurrido, haciéndome sentir extremadamente incómodo estar entre otras personas, por lo que terminé yéndome a refugiar a un predio baldío que se encuentra atrás del complejo de edificios del Hospital General de San Francisco. Allí pasé tres días sin beber agua y siete días sin comer nada. Las voces me torturaban las veinticuatro horas del día y al cerrar los ojos con la esperanza de dormir, experimentaba alucinaciones horríficas o al menos extrañas. Ahora un grupo de tres hombres y dos mujeres me hablaban constantemente, pero eventualmente aparecían otras voces diferentes. Éstas me habían hecho creer, primeramente, que eran agentes del FBI (Buró Federal de Investigaciones), y luego, que eran integrantes de un grupo internacional criminal que deseaba castigarme para ayudarme, sin especificar qué tipo de ayuda querían proporcionarme, e ignoraban mi pedido de que me dejaran solo, puesto que yo no necesitaba de su ayuda.

Al tercer día de estar tirado allí en el suelo sobre unos pedazos de cartón que allí mismo había encontrado, en ese predio baldío, en donde algunos desposeídos habían hecho un campamento, hice un esfuerzo mayor, pues me sentía débil, y fui al hospital a usar el baño para lavarme y tomar agua. Afortunadamente conseguí una botella plástica que llené del preciado líquido para tenerla conmigo en mi refugio. No quería salir de ese lugar porque las voces me habían aterrorizado diciéndome que la gente me odiaba, porque me habían presentado como un racista, y cualquiera podía matarme si me atrevía ir a algún otro lugar.

Al séptimo día determiné que iba a salir de allí pasara lo que pasara. Pensé que de todas maneras iba a morir allí y yo nunca me consideré haber nacido para morir sin dar la lucha. Aunque no había pagado la renta, yo sabía que en el lugar donde vivía esperaban un mes sin tocar las pertenencias del inquilino, por lo que pensé en ir a bañarme, cambiarme ropa porque estaba sucio y barbado, y comer una suculenta comida, aunque para estas alturas ya no sabía lo que era el apetito.

Cerca de la medianoche abandoné el lugar y llegué caminando al condominio donde estaba mi estudio. Había perdido mis llaves, pero el conserje me dejó entrar al vestíbulo; sin embargo se negó a ayudarme a abrir la puerta de mi apartamento porque dijo que mi nombre ya no estaba en la lista de moradores. Decepcionado me regresé al hospital, pero en vez de irme al predio baldío ingresé a la sala de emergencias, en donde expliqué a alguien lo que me pasaba, y ésta persona de inmediato me condujo a la sección psiquiátrica habiendo sido admitido de inmediato.

Me asignaron una muy cómoda cama en una habitación para dos pacientes, me proporcionaron algo de comer y me dieron algún medicamento. Al siguiente día, después de haber sido cuestionado por un grupo de doctores y doctoras, me dijeron que yo estaba padeciendo de esquizofrenia, y que debía permanecer interno en la unidad psiquiátrica del hospital, no solamente para curarme, sino también para preservar mi propia seguridad y la de otras personas.

NOTA: Este es parte de un relato más extenso que incluye los efectos del tratamiento regular y el descubrimiento de un tratamiento alternativo que curó mi enfermedad.

2 comentarios:

  1. Muy interesante escrito salido de la pluma de alguien que no ha ocupado su imaginación sino que su experiencia. La persona que padece esquizofrenia es diferente y la mayoría de veces es incomprendido por su entorno, su familia y tiene dificultades más profundas que el resto para su camino de la vida.
    El lector puede ponerse en los zapatos o la piel del protagonista y sentir la adversidad en incomprensión social a excepción del profesional de la salud y su esposa o algún amigo.
    Todo es real en la mente de quien padece esa enfermedad: alucinaciones del tipo que sean, las delusiones, los padecimientos psicosomáticos, etc. En resumen veo tres aspectos a señalar:
    1-La narrativa descriptiva fluida que solo puede ser escrita por experiencia propia o por alguien que tenga una imaginación excepcional. El lector puede seguir todos los hechos que se tocan como si los estuviera viendo.
    2-La descripción de una enfermedad que la padece el 1% de la población. Esta narrativa es muy elocuente para hacer el diagnostico de un ataque de esquizofrenia que podría ser ocupada para ilustrar no solo a las personas que la padecen sino que también a su entorno social para que sean entendidas y apoyadas en su recuperación o integración a su comunidad como parte de ella que son.
    3-La experiencia del narrador al exponerla en su narrativa en cuanto al tratamiento y estabilización para mantenerse en su comunidad demostrando el escaso o nulo riesgo para esta contrariamente a lo que piensa la mayoría.

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  2. Al escribir esto, que de ninguna menera es completo, la intencion es que pueda servir, tanto a profesionales de la salud en el campo de psiquiatria, como a una posible victima de esta disfuncinalidad de algunos cerebros. Tu comentario expresa sin lugar a dudas un buen conocimiento de lo tratado en este breve escrito

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