jueves, 24 de marzo de 2016

La Historia de los Tres Papas


¿Sabía usted que en el desarrollo histórico de la iglesia católica hubo un periodo en el que coexistieron tres pontífices dirigiendo esa poderosa institución al mismo tiempo?

Por Baneste

El Papa Bonifacio VIII
Una de las razones que explica el fervor religioso de muchísimas personas en el mundo es el desconocimiento de la historia de la evolución de su respectiva religión, ya que todas las religiones –sin excepción – han tenido sus procesos accidentados, y el catolicismo ocupa un lugar destacado al respecto, siendo uno de los pasajes más resaltantes el periodo en que simultáneamente ejercieron el poder tres diferentes papas (1409-1417).

El antecedente más lejano de este asombroso hecho se remonta a los inicios del siglo XIV, durante el papado de Bonifacio VIII (1294-1303), que estaba más involucrado en la política de la aristocracia romana y rumorados escándalos que en un liderazgo espiritual. Este Papa se vio enfrentado al rey Felipe IV de Francia (1285-1314), quien desafió el control papal de la iglesia católica en su país, a la que intentó imponerle un impuesto para financiar sus guerras. Bonifacio prohibió el proyectado impuesto, pero el monarca francés respondió ordenando la prohibición de las exportaciones de oro y plata, diezmando de manera eficaz los ingresos papales provenientes del país más rico de Europa en esa época. El papa cedió permitiéndole al rey la imposición de un impuesto a la propiedad de la iglesia en tiempos de guerra “justa”.

Sin embargo, el rey Felipe (apodado “el hermoso”) no se contuvo con eso y se propuso ir más lejos trayendo ante una corte francés a un prelado acusado de traición, poniendo en el tapete el exasperante asunto de la inmunidad clerical con respecto a las cortes seculares. Ante esto, el Papa Bonifacio VIII reaccionó emitiendo la más vigorosa reafirmación de la supremacía papal sobre los gobernantes seculares, la bula titulada Unam Sanctam, en el año 1302, en la que se declaraba que la espada esgrimida por monarcas terrenales estaba subordinada al poder de la espada espiritual asida por los herederos de San Pedro, por lo que “declaramos, establecemos, definimos y pronunciamos enfáticamente necesario para la salvación de toda criatura humana sujetarse al Pontífice romano.”

El rey francés (reconocido como un destacado expansionista del poder real en su país) contraatacó de una manera menos diplomática, y valiéndose de los adversarios del papa en la propia Roma, conspirando con ellos, envió un escuadrón de agentes bajo el mando de Guillaume de Nogaret, cuya misión era “arrestar” a Bonifacio y traerlo a juicio como un falso pontífice. La estratagema no dio el resultado inmediato esperado porque pobladores italianos comunes se unieron para repeler a los extranjeros; pero Bonifacio murió a un mes de esta desagradable visita, probablemente debido al impacto psicológico (y tal vez golpiza) causados por los esbirros del obstinado rey.

La culminación de este particular conflicto de poder resultó en la designación de un prelado de nacionalidad francesa al papado.  Felipe IV, bajo el argumento de evitar interferencias papales en asuntos de estado en el futuro, se las ingenió para que el francés Clemente V (1305-1313) fuera electo papa. Este nuevo pontífice no se estableció en Roma, sino en la ciudad francesa de Aviñón, en la región sur de Francia, en la que pasó a ser vista por los cristianos de esa época como “la segunda Babilonia” llena de mundanidad y corrupción, y en el que resultó ser un exilio papal de Roma que se extendió por más de setenta años (1305-1378).

Para ponerle fin al interinato papal en Aviñón, el entonces Papa Gregorio XI regresó a Roma,  lugar en donde murió, en 1378. Fue entonces que se produjo lo que se conoció como el Gran Cisma de la iglesia católica romana (1378-1417). Bajo la presión de masas insurrectas que exigían que el trono papal no se trasladara nuevamente a la ciudad francesa de Aviñón, el Colegio de Cardenales (integrado mayoritariamente por franceses), eligió un pontífice italiano, Urbano VI (1378-1389). Inmediato a su designación, Urbano desató un declarado ataque contra el estilo lujoso de vida, los abusos financieros y otras tantas desviaciones de la jerarquía eclesiástica, provocando con ello el retiro de los cardenales franceses, quienes eligieron a otro papa (francés, por supuesto), Clemente VII (1378-1394), trasladándose otra vez a Aviñón. Por su parte, Urbano se quedó en Roma y convocó un Colegio de Cardenales italianos.

De esta manera los cristianos de esa época pasaron a tener dos papas, cada cual por su lado alegando ser el legítimo heredero de San Pedro, poseedor de las llaves del paraíso celestial. Pero además de esto, ambos pontífices exigían aportaciones económicas de las iglesias; excomulgáronse el uno al otro y trajeron gran zozobra a los pobres creyentes que consideraban la salvación de su alma en gran peligro si se equivocaban al apoyar al papa incorrecto. Coincidentemente este desagradable hecho se produjo en los momentos en que Europa enfrentaba las calamidades de la hambruna, la plaga y la guerra.

Este hecho también provocó que muchos fieles cristianos desalentados por la mundanidad en la que su religión se estaba hundiendo, se alejaran de la iglesia oficial dedicándose a devociones privadas o nuevas prácticas heréticas. Los gobernantes, entretanto, se vieron confrontados ante el dilema de tener que escoger a cuál papa apoyar. Francia, indudablemente, apoyaba la dirección de Aviñón; e Inglaterra reconoció la de Roma; mientras que el denominado Santo Imperio Romano (que en realidad era alemán), primero apoyó a un papa, y más después al otro.

Surgió entonces el movimiento conciliar en la primera mitad del siglo XV, basado en la convicción de que un concilio de la iglesia podía, al mismo tiempo, ponerle fin al cisma y reformar la institución. En el pasado, el Concilio de Nicea del año 325, y el Cuarto Concilio Laterano  del Papa Inocente III en 1215, habían resuelto graves problemas de manera exitosa; el experimento podría funcionar otra vez.

En este marco se realizó el Concilio de Pisa, en 1409, en el que se determinó firmemente la destitución de los papas de Roma y Aviñón; y en el que se eligió a un nuevo pontífice que se radicó en esa ciudad de Pisa. Los destituidos, sin embargo, no aceptaron su destitución y el mundo cristiano de ese tiempo pasó a tener tres papas. Y no fue hasta que se convocó el Concilio de Constanza (1414-1418) que se produjeron resultados más efectivos. Este concilio fue convocado ante la insistencia del emperador del mal llamado Santo Imperio Romano, y siendo apoyado por los reyes de Francia e Inglaterra, reunió teólogos y principales de la iglesia que lograron cumplir satisfactoriamente con algunos de sus objetivos, principalmente, la destitución de los papas de Pisa y Roma, de manera inmediata, y forzando el colapso del papado de Aviñón en un lapso de doce años, a través de retirarle todo tipo de apoyo.

De este modo se generaron las condiciones para el cónclave que eligió a un nuevo jerarca, el Papa Martín V (1417-1431), quien estableció nuevamente el papado único en Roma. Por otra parte, el Concilio de Constanza no efectuó ninguna reforma, puesto que fue disuelto prontamente por el nuevo pontífice; pero definitivamente logró su objetivo principal que era, sin duda alguna, la eliminación de la existencia de los tres papas.

Referencias

Absolute Monarchs: a history of the papacy, John Julios Norwich

The Three Popes, Marzieh Gail.

The Western World Prehistory to the Present, Anthony Esler.

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