viernes, 19 de junio de 2015

Fragmentos del Libro "Historias de Barro" (IV)



LA NEGOCIACIÓN VIENE Y NADIE LA DETIENE

Por Héctor A. Ibarra, "Genaro"
 
       En octubre de 1991, la Comandancia General del FMLN se encontraba en México, esta vez se han sentado a discutir la implementación de los acuerdos de Nueva York, suscritos con el Secretario General de la ONU; Javier Pérez de Cuellar. En el mismo mes, los acuerdos se han convertido en reformas constitucionales. Sólo restan por concretar dos punto: Reforma Agraria y Fuerza Armada.
¿Qué iba a pasar con la Fuerza Armada?
El FMLN había adoptado la propuesta de los amigos de la Comunidad Europea de desmilitarización total de la sociedad ¡Sin ejército!
Los norteamericanos estaban de acuerdo en llegar hasta el fondo de la negociación, pero rechazaban esta propuesta; lo mismo que el gobierno de Cristianí. Estaban de acuerdo en negociar una reforma profunda en el ámbito militar, pero no a sacrificar un pilar institucional de lo que ellos definían como un gobierno “legítimo y democrático”.
La otra papa caliente era la reforma agraria. Desde julio del 91, el pueblo organizado en torno a las cooperativas, organizaciones campesinas y desmovilizados del frente, habían iniciado un proceso de invasiones de tierras. La reforma agraria había empezado mucho antes de que el gobierno y el FMLN se sentaran a la mesa de negociación.
A sus espaldas, el pueblo organizado dejaba atrás las suntuosas fiestas y ceremonias militares en las que el gobierno, Fuerza Armada y asesores norteamericanos, desfilaban con sus levitas aterciopeladas, desfile de carrozas y carros alegóricos. Aquellos oficiales jóvenes que habían emprendido un golpe de Estado en octubre de 1979, a fin de modernizar el sistema y ponerse a tono con los “regímenes democráticos” del mundo, marchaban ahora con sus medallas y uniformes de gala en medio de la ONU y las comisiones de Paz.
No obstante que se acercaba la paz, El Salvador de 1989-1991, seguía siendo un país rural hecho de caminos vecinales y con olor a estiércol, pueblos desaparecidos por el efecto de las bombas y los operativos de “tierra arrasada”;  cantones y caseríos exiguos y comunidades retraídas y temerosas a la represión. En diez años de guerra, lo que quedaba era una secuela de miseria, muerte y dolor en los corazones del pueblo que había tenido que llorar la muerte de más de algún familiar.
Las comunidades campesinas sacudidas por la guerra, habían tejido con sus caprichos y sus intereses la historia regional, que hoy se sabía anacrónica; en las principales ciudades y enclaves agrícolas, proliferaban nuevos finqueros, nuevos banqueros, y nuevos comerciantes que se unían a los ya existentes Nuevos ricos, beneficiado con la guerra y la emigración masiva hacía el norte, hacían su agosto con los indocumentados y la droga.
Ciudades vertiginosas; cónsules usurpadores; huelgas reprimidas, asesores y funcionarios ajusticiados; prostitutas y vendedores ambulantes por doquier y una clase media inconsistente y siempre desarmada frente al verdugo, es lo que quedaba de todo aquello; mientras que la clase obrera que había sido abolida a fuerza de represión y masacre en los años setenta, trataba de recuperarse, sin embargo, lo que proliferaba era una población flotante que dominaba en las ciudades, a través del comercio informal.
Lo único monolítico y reiterativo, de principio a fin, era el intervencionismo norteamericano, los modos políticos autoritarios de la derecha y la izquierda, y el verticalismo de los ejércitos.
La negociación se había convertido finalmente en una grieta imperceptible para el desgarramiento definitivo de aquellos hábitos. La historia le hacia justicia finalmente a Monseñor Romero y a Ignacio Ellacuria. Habían abonado con su sangre aquella tercera vía tercamente planteada: la SOLUCIÓN POLÍTICA AL CONFLICTO.
Por aquellos días, el pueblo se había tomado las calles frente a su desesperación y clamaba por la paz. La hora de los militares había llegado. Sabía que nuestros días como ejército estaban contados y había necesidad de prepararnos para la vida civil. Sabía que mi tiempo y mi futuro habían concluido en aquel país y no me importaba dar una lucha política sin cuartel en aquel mundo de centralizaciones y verticalismos. No tenía ya mucho que perder. Lo único importante que me quedaba y logré preservar hasta el final de la guerra, lo tenía: La vida y el honor.

LA PAZ ARMADA

       Las noches decembrinas son frías en la montaña. Yo dormía profundamente. Al despertar, sentí la presencia de otro cuerpo junto al mío. Era Mercedes, que estaba acurrucada bajo el capote, respirando ligero y regularmente. El  frió de la noche helaba bajo el cielo límpido y cuajado de estrellas, pegué mí cuerpo al de Mercedes y volví a ocultar mi cabeza bajo el capote. Di vuelta sobre un costado, intentando dormir, pero no lograba conciliar el sueño. Sentía deseos de dejar el capote, pero la placidez del calor me detenía adentro; finalmente estiré las piernas a todo lo que daba mí cuerpo y volví al mundo de Morfeo.
El alba me despertó y observé que Mercedes ya se había ido. Una cierta fatiga y pesadez me había hecho dormir más de lo acostumbrado y aunque aún sentía la calidez de su cuerpo, ella ya se había ido. Miraba hacia la entrada de la champa y el nailon mostraba los rastros de la helada; vi asomar por entre los pinos el tenue hilo de humo, que denunciaba fuego de alguna hornilla cercana.
De entre los árboles vi asomar una silueta rechoncha y de baja estatura, con una manta sobre los hombros, a manera de un poncho. Era el Cheje, que iba saliendo de la cueva donde se encontraba alojado el transmisor.
Quise dormir otro rato, pero fui despertado nuevamente por el ronroneo del motor que daba inicio a la primera transmisión matinal. Me mantuve acostado de espaldas un buen rato escuchando la Radio Habana, Cuba. Cuando comenzó a aclarar con los primeros rayos del sol, me levanté a causa del ronroneo, no del motor, sino de una cuadrilla de helicópteros que se escuchaban viniendo de la frontera con Honduras. De hecho, estábamos a unos cuantos metros de la frontera.
Deslizándome a través de los pinos, llegué hasta la boca de al cueva en la que se encontraba el Cheje, en estado de alerta, pero sin interrumpir la transmisión.
-¿Crees vos que van de paso? –le interrogué.
-¡Yo creo que sí! Lo más seguro es que lleven abastecimiento a las tropas del Arce que están alojadas en Perkín.
-Se me hace extraño que para asuntos de abastecimiento estén usando esta ruta.
-Lo que pasa, es que la empacadora que tenían en el país, ya la cerraron. Tengo entendido que los oficiales se dedicaban a vender los alimentos a particulares y los gringos decidieron suspender la ayuda para ese giro.
-También es posible que estén trasladando algún asesor desde Honduras –referí como otra posible hipótesis-
-¿Después de lo que les paso en Lolotique? Lo dudo –me refutó.
-Son viajes de rutina, vos es que tenés poco de haber venido a la zona, pero nosotros ya estamos acostumbrados a esos animales.
-De todos modos, hay que estar alertas, yo no le tengo mayor confianza a la dicha Paz Armada, ni a la tregua unilateral declarada por el frente ¡Nunca han respetado una! Menos aún que están dando sus últimos pataleos los oficiales de la Tandona.
-Vos sí que dormiste cachimbón y calientito –me dijo cáusticamente el Cheje.
-No, pues eso sí, pero ahorita estoy sintiendo más frío que vos –le respondí.
-Antes de irse la Merceditas y tu paisana, pasaron dejándome este correito. No quisieron despertarte y pasaron dejándomelo a mí.
Compañero Genaro; mi mero carnal:
Quiero extenderle un saludo caluroso y revolucionario. Ya estoy de regreso al frente y puesto nuevamente pa’ iniciar los esfuerzos de la Escuela. Le adelanto que, por instrucciones de la conducción del frente, va a ser reincorporado a la escuela. Me da mucho gusto estar de nuevo con los compas y compartir de nueva cuenta responsabilidades con usted. En breve le mando a unos compitas de la seguridad pa’ que lo trasladen al nuevo campamento de la escuela que hemos instalado en El Mozote.
¡Tierra y guerra!
 ¡Ganémola ya!
 Juan
       Aquel último operativo enemigo estaba estrechado sólo a Perkín. Era un esfuerzo militar con un sentido particularmente político. De hecho, hacía casi un mes que se había declarado la “Paz Armada”, y el enemigo continuaba haciendo presencia en Perkín. Era un esfuerzo absurdo del enemigo por demostrar poder.
       Hacía años que el FMLN, mantenía una dualidad de poderes en las zonas bajo control guerrillero. El enemigo reducía su poder a la presencia militar, pero el poder real sobre la población lo manteníamos nosotros a través de los organismos de masas.
Por aquel insustancial operativo, debí dar todo un rodeo para llegar al nuevo campamento de la escuela, que se encontraba asentado en El Mozote. Era todo un rodeo, bajando por Talchiga y el Tizate, para luego volver a caminar de subida a través del Volcancillo, los Toriles y culminar en los Planes del Mozote.

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