sábado, 30 de mayo de 2015

Fragmentos del Libro "Historias de Barro" (III)



QUE SE CALLEN LAS ARMAS PARA QUE HABLEN LAS IDEAS


Por Héctor A. Ibarra, "Genaro

En lo más oscuro del bosque, atareado con los equipos de la radio, siempre encontraba motivos para mantener la mente y el cuerpo ocupados. El argumento de aquel traslado hacia los filos más altos de la Montaña eran ciertas “necesidades” de apoyo a la Radio Venceremos. Muchas cosas habían cambiado desde mi estancia en la “Venceremos”. Aquellos aparatosos cajonzotes que no daban más allá de 30 watts, habían sido sustituidos por uno más pequeño, recién traído desde Managua. Transmitía con 2500 watts de potencia para la cobertura internacional. Al arribo de la Chamorro al poder, todo había sido trasladado a los frentes de guerra. Había sido una especie de retaguardia profunda. Por cierto que al llegar el nuevo transmisor, el fiel Vikingo II y su respectivo amplificador, habían sido donadas como piezas de exhibición para una de las salas del Museo de la Revolución, a la postre, montado en Perquín.
       No me caía el veinte de aquel extraño traslado. Dos operativos anteriores los había resistido en la Segundo Montes en peores condiciones de seguridad. Había algo fuera de lugar en aquellos extraños traslados y, a diferencia de otros tiempos en que los exilios forzosos me mantenían en la depresión, ahora me sentía ecuánime y disfrutaba la tranquilidad de la montaña.
Solía charlar largamente con el Cheje, sobre pasajes pasados en la radio y en la guerra. Nos divertíamos comentando los pasajes recién pasados durante la ofensiva de noviembre.
-¡Mirá, vos, te acordás que andabas cazando gallinas guineas pa’ comer en la Colonia las Delicias! –me decía el Cheje, con su ronca voz.
-Sí, men, y vos te acordás de aquel surco que los cuilios te hicieron en la calavera y que casi te deja sin orejas ¡No jodás, estabas cagado y te veías cagado! ¡Imaginate! Chaparro, cabezón y sin orejas, –le respondía a la jodarrea.
-Ja j aja… Y vos te acordás de aquella ocasión que disfrazaste un muñeco de zacate en tu camastrón del Pedrero para irte a ver a la Flor a San Fernando ¿Vos pensás que nadie se dio cuenta? ¡No jodás, si German te andaba buscando, y como no te encontró, anduvo averiguando de vos! Vale que al baboso le causo gracia tu puntada; sino a saber la culuqueada que te hubieras conseguido. ¿Andabas enculado de la Flor, vos?
-¡Pues sí, al principio sí! Después me di cuenta que era una compa bien solidaria!
 -¡Bueno, vale verga, ahora te voy a confesar algo aquí en confianza! ¡Yo también le anduve sobres a la Flor! –dijo el Cheje.
-¿Y qué conseguiste?
-No jodás ¿A poco vos pensás que fuiste el único que consiguió? También le andaba cayendo el Marvin, el Santiago y mejor ahí le paro....... lo que pasa es que si te lo hubiera contado por esos días, me montas verga, no jodás...
-Bueno, a mí por lo menos me dio mi regalito de navidad, pero el efectivo ahí era Manolo... ja, ja, ja...
Adopté él habito de charlar largamente con el Cheje y después me iba a sentar a la parte más tranquila del bosque, a observar con tranquilidad la naturaleza y el paisaje.
Por la noche salía de mi champa a sentir el viento frio, limpio y vivificante; luego me dedicaba a observar las estrellas de la medianoche. A través de las montañas contemplaba el silencioso despertar de la vida, oyendo el susurro de los pájaros que saltaban juguetones entre los matorrales y su armonioso y dulce canto, que era como una melodía de gozo y esperanza. Al atardecer me iba a contemplar la naturaleza sobre los filos más altos de la montaña y me pasmaba contemplando la púrpura del horizonte y las montañas solitarias, fuertes y silenciosas, y una luz pálida dibujando sus filos dentados. Las nubes hacían su jornada silenciosa hacia el infinito y formaban, con el resplandor del sol, una sangrante aurora.
Los fines de semana esperaba plácidamente la llegada de Mercedes, que aparte de ser mí compañera de guerra, era una especie de correo que me traía y llevaba noticias sobre los derroteros de ÁLAMO, de Yasser y en general de los sucesos internos y externos del frente. De hecho, siempre había forma de mantener la comunicación permanentemente a través de Mercedes o de algún miliciano de la montaña.
Hacía años que no me paraba por la montaña, pero todos los jóvenes me conocían y me reconocían cierta autoridad. Siempre encontraba alguno dispuesto a prestar el servicio de correo. De modo que siempre conté con correo permanente desde la montaña hasta la Segundo Montes. Si los intentos de la dirección eran por mantenerme aislado de los compañeros que habíamos optado por expresarnos a través de ÁLAMO y al margen de los órganos oficiales del partido ¡Les estaba fallando la táctica! Siempre encontraba gente dispuesta a colaborar con el proyecto ÁLAMO. Mi nueva ocupación consistía en leer libros, escribir correos hacer cuchi cuchi con Mercedes los fines de semana, hasta quedar tendidos en el capote; entre semana, la costumbre era chambrear con el Cheje hasta el oscurecer. Aquel trabajo era, en comparación a los primeros años de la guerra, como un diversión.
No cabía duda que muchas cosas habían cambiado a lo largo de aquellos años. Aquellas batallas por encontrar una altura adecuada para que la señal tuviera una buena cobertura, el andar como changos arriba de los árboles colocando y quitando antenas, habían quedado pa’ la historia. Todo se hacía conforme a las técnicas más avanzadas de las radios comerciales y con la ventaja de contar con las mayores alturas del país. Era una especie de repetidora y si había peligro de presencia enemiga en la zona, sólo era embutirla y a maniobrar.
Uno de aquellos fines de mes, octubre para ser más preciso, llegó Mercedes con una rara compañía. Era una compa chaparrita y por el hablado la identifiqué inmediatamente como mexicana.
-¡Hola! Tú eres Genaro, ¿verdad? ¡Eres la misma cara de tu mamá! ¡Yo me llamo Juana Palomares y soy la compañera de Manuel Anzaldo! No sé si él té habló de mí, pero si no, me presento. Soy Asambleísta de la Cámara de Diputados del Distrito Federal; pertenezco al Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional y vengo a ver en qué podemos apoyarte. Manuel me habló un poco de lo que había comentado contigo, con relación a la posibilidad que hay de que puedas regresar al país y te puedas insertar a la vida civil sin problema. Ya platicamos eso con tu hermano y con algunas autoridades de Gobernación de cierto nivel, para que puedas regresar cuando lo consideres y no tengas problemas para tu reinserción.
       -No tengo planes de irme por este año. La firma de los acuerdos de paz es un problema de tiempo. Tal vez de meses o de semanas; pero esta guerra se acaba porque se acaba. No hay guerra que dure cien años, ni pueblo que la resista. Tengo planes de hacer una salida pa´ visitar a la familia, pero nada más. Pero eso será hasta después de los acuerdos de paz. La guerra aquí, ya tocó fondo y sólo es cosa de tiempo para alcanzar un desenlace político. Yo creo que voy a esperar hasta que se concrete la paz y luego voy a México.
       -Pero que no estás viendo, Genaro, que estos militares hijos de la chingada ya metieron otra vez la tropa en las zonas de control guerrillero ¡No hay tal voluntad de paz, ni veo como los militares quieran la negociación con la guerrilla! Ve como en México, la negociación sólo se pudo lograr con la guerrilla hasta que ésta fue derrotada militarmente por el ejército.
       -Son otras condiciones y otra la correlación de fuerzas, aquí la guerra se ha prolongado por la obstinación de los norteamericanos de imponer su modelo y sus esquemas ideológicos al resto del mundo. Se sienten los elegidos de la Divina Providencia, los salvadores de la humanidad.
-Decía Reagan que eran Los Paladines de la Libertad.. Aquí los gringos creen estar luchando contra el comunismo y no saben que están luchando contra un pueblo, que lo único que quiere es justicia y libertad. El mayor mal de este país, son los militares ¡Qué se acabe el militarismo y se acaba la guerra! Si ha de haber una derrota militar, será la derrota de todos los militares de este país;   la derrota   definitiva de las armas y el triunfo de las ideas y la palabra como única arma para zanjar las contiendas entre los hombres.
¡Si nuestras armas han de callar para que hablen las ideas, que así sea! Pero la paz que venga, que sea una paz con justicia social y no la paz de los cementerios. ¡En este país habrá patria para todos o no habrá para ninguno!

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