domingo, 12 de abril de 2015

Fragmentos del Libro "Historias de Barro" (I)



LA REBELIÓN DE LOS CUADROS INTERMEDIOS

Por Héctor A. Ibarra, "Genaro"

El 91 fue un año muy intenso, en abril se suscribieron en México los acuerdos que sentaron las bases de la negociación. La solución política del conflicto había entrado en una recta final, sin retorno. En ese mes, los militares de La Tandona hicieron todo lo posible por reventar la mesa de negociaciones en la que ya estaba incluso comprometida la ONU. Entonces, mientras más se avanzaba en la negociación, más esfuerzos hacían estos militares por impedir que se siguiera avanzando y que se concretaran los acuerdos.
A principios de ese mes, Unidades del Batallón Atlacatl, operaron una emboscada contra el mando operativo de las FPL y asesinaron al Comandante Jesús Rojas, en vida Antonio Cardenal. Esta acción, en un contexto de distensión militar, era una clara provocación contra los acuerdos de paz. Había un agresivo afán de los militares por dar al traste con los acuerdos. Sin embargo, a fines del mismo mes se estaba suscribiendo el primer paquete de reformas constitucionales referido a Fuerza Armada, Sistema Judicial, Derechos Humanos y Sistema Electoral.
En mayo, se crea la ONUSAL, que sería el organismo responsable del cumplimiento de los acuerdos sobre Derechos Humanos y en julio se instala oficialmente en el país.
Por aquellos meses el enemigo ocupó posiciones del norte de Morazán, particularmente Perquín, que era un símbolo del poder guerrillero del FMLN. Estos afanes provocadores iban tendientes a desestabilizar el proceso de diálogo-negociación y los acuerdos de paz suscritos en México en materia de Fuerza Armada. Estaban buscando su reacomodo en la nueva coyuntura. Sus días estaban contados.
Cada vez que el enemigo entraba al frente, las estructuras se replegaban más hacia el norte y nosotros teníamos que fundirnos en la Segundo Montes, como civiles. Nuestra tarea ahí era reclutar Samueles. Aunque por aquellos días prácticamente no se reclutaba nada. La gente nos quería y nos apoyaba en todo, pero ya no había disposición de ofrecer sus hijos a nuestro ejército. Se sentía una especie de desaliento y frustración de la gente contra las estructuras militares del frente. Segundo Montes, se había convertido prácticamente en una comunidad de viudas, huérfanos, madres solas y ancianos, y de eso el frente no quería darse por enterado. Había un afán desmesurado por llenar la plantilla de pelotones de la fuerza militar a contrapelo de aquella comunidad, que había sido una veta histórica de combatientes y mandos.
La gente por aquellos tiempos anhelaba sumergirse en los aspectos privados de la vida. Agotados por los constantes llamados a la batalla, cansados de la incesante actividad militar, desilusionados por los resultados, buscaban una dispensa, un interludio de reposo y recuperación.
 En una de mis estancias en la comunidad, me dio por elaborar un documento a manera de análisis-informe para las instancias de conducción y se lo envié  al Colectivo de Conducción. Al parecer no les agradó mi opinión, que era crítica en toda la línea y les incomodaban mis propuestas de solución. No me dieron respuesta alguna al respecto y opté por hacerlo circular entre la mara de cuadros intermedios más afines a mis puntos de vista.
La presencia del enemigo duró poco, y rápido se nos convocó de regreso a Perquín. Digamos que por julio de aquel año, los dirigentes de nuestro partido tuvieron la puntada de llamar a una reunión de cuadros intermedios de todo el frente. Era aprovechar el impasse que nos dio el enemigo. Entonces fui de los convocados a participar en aquella plenaria. Era la primera en su género a lo largo de la guerra. Digo la primera, porque en todas las demás siempre llegaba el caimán mayor, tiraba su rollo, la gente lo escuchaba, se daban algunas participaciones como para ajustar las cosas a sus lineamientos y al final se establecían las directrices para el período, que eran las del caimán mayor o del núcleo central de los caimanes. Ésta era diferente, porque era como una especie de ensayo de democracia en el ámbito de los cuadros intermedios. Se decía que después de ´ésta, se llevarían asambleas más abajo para llegar a todos los niveles del partido.
La idea era buena y era viable, pues nos encontrábamos ahí la sustancia de los cuadros y mandos de Morazán. Los encargados de operativizar todas las líneas y políticas del partido en el frente. La Conducción del frente había mandado a esa reunión a Fito, Andresón y el Seco Gustavo, que eran cuadros intermedios recién promovidos a la dirección regional. Por los últimos años de la guerra se habían convertido en una especie de séquito del Primer Responsable del Frente Nororiental. Yo veía que por aquellos tiempos comenzaban a aflorar viciosamente la intriga y la más baja adulación; privaban los díscolos, los chismosos, los serviles y los alcahuetes. Como eran cuadros recién promovidos a responsabilidades de dirección y más cercanos a los intermedios, llegaron en representación del regional.
Supuestamente, aquella reunión iba a ser muy democrática y los dichos representantes de la dirección iban a dar libertad de acción a la asamblea para que se expresara libremente y que, de los acuerdos surgidos, se tomarían cartas en el asunto. Incluso se prometió darle continuidad a dicha plenaria, cosa que nunca más sucedió.
En aquella reunión me encontré con muchos compañeros con los que antes había compartido responsabilidades de conducción en diferentes estructuras y momentos de la guerra, o simplemente eran mis amigos o tenían identidad política conmigo en cuanto a ciertas críticas al partido. Pero también se sentía un ambiente de cuestionamiento velado que se daba de forma sórdida a nivel de las estructuras del frente. Al momento de nombrar la mesa que conduciría aquella reunión, fui nombrado, junto con Yasser, para presidirla y llevar las actas. Se propuso una agenda amplia: se planteaban problemas de conducción, de funcionamiento partidario y del ejército, de organización, de coordinación, de métodos y erróneos estilos de trabajo. Por primera vez en la historia de la organización, los cuadros intermedios cuestionaban de forma abierta y sin el acotamiento propio de la disciplina militar, a toda la conducción del regional y a la Comandancia General del ERP. Algunos cuadros de los más ideológicos, coincidieron en aquella reunión con los que éramos considerados los más críticos al partido y a la dirección. Algo inconcebible estaba pasando; gente fiel a morir por el partido y sus dirigentes, como Mila, Altagracia, Tilo, Aquilino, etc., estaban criticando al partido y a su conducción en pleno.
En aquella reunión Yasser, Pancho Chela, Choco Rene, Augusto y yo, hicimos bloque para evitar los manipuleos que desde los primeros momentos intentaban llevar a cabo Fito, Andresón y Gustavo. Al ver que la plenaria se les iba del control,  las instancias de dirección se alarmaron y en la última reunión metieron a cañón a Andresón, Fito y Gustavo Seco para enderezarla y agilizarla, argumentando peligro de operativo enemigo. Les apuraba que concluyera. Nunca esperaron aquel desenlace y aquella avalancha de críticas que amenazaba con poner en la picota su autoridad. De todas formas, la sopa ya estaba en la olla. Por lo menos habíamos logrado tomarles la palabra de la democratización y habíamos logrado identificar el bloque de cuadros intermedios que absolutamente ya no compartían sus métodos de conducción y sus estilos autoritarios y paternalistas de trabajo. Nunca se le dio continuidad a la reunión y se boicoteó la publicación de los resolutivos del plenario por los responsables de Prensa y Propaganda de nuestro frente. El responsable, era por cierto el Seco Gustavo, uno de los supuestos promotores de la plenaria. No me lo contaron, yo lo viví porque fui quien llevó las actas y tenía la responsabilidad de publicarlas y distribuirlas entre los participantes. Siempre surgían otras necesidades más prioritarias.

QUE SE ABRAN CIEN FLORES

       Como en todos los procesos revolucionarios clásicos, El Salvador no fue la excepción en cuanto a los métodos represivos contra todo lo que oliera a disidencia contra los que “mejor interpretaban la línea”. Es una realidad probada tercamente por la historia, el poder corrompe y el poder absoluto, corrompe absolutamente.
       Los extremos de esa decadencia moral que se da entre los revolucionarios como producto de los que aspiran al poder absoluto, se dio entre los jacobinos de la Revolución Francesa que se disputaban la hegemonía de los Estados Generales, primero, y la Asamblea Nacional, después. Pero también los bolcheviques tuvieron su Robespierre y Fouché con Stalin y Beria. Rodeados de aduladores, pronto identificaban su destino personal y omnipotente con el de la revolución, creyéndose imprescindibles. No tuvieron escrúpulos en llevar las represalias hasta sus correligionarios, ya considerados opositores potenciales o “agentes al servicio de la reacción”.
Pero al margen de ejercer o no el poder absoluto, la decadencia moral de muchos revolucionarios a menudo se inicia en el justo momento en que sectores importantes de la población se decepcionan de la revolución y se retiran o se vuelven contra ella. Entonces, a partir de ese momento, para los dirigentes, los antiguos miembros de la “masa revolucionaria” se convierten en “contrarrevolucionarios” o gente “desafecta a la revolución” o “agentes al servicio del imperialismo”. Esta historia la vivieron los marinos de Kronstadt y la “oposición obrera”, casi a los inicios del triunfo revolucionario de los bolcheviques, cuando esta “masa revolucionaria” protestaba contra la tendencia a la monopolización del poder por una nata de burócratas que tendían a enamorarse de él. Todos estos revolucionarios, fueron considerados peones de la reacción. Otro tanto sucedió en China cuando, en el período de la Cien Flores y durante la Revolución Cultural, Mao se volvió contra los intelectuales que habían apoyado la revolución comunista en los oscuros días de la ocupación japonesa y la lucha contra Chiang Kai-Shek.
No podría decir que en El Salvador y entre los revolucionarios salvadoreños se dieron aquellos excesos. Pero el asesinato de Roque Dalton por una de las facciones militaristas del ERP, durante sus primeros años, es una evidencia de la falta de tolerancia de las organizaciones revolucionarias para aceptar opciones diferentes a las planteadas por el jefe o los jefes de la organización; el asesinato de la comandante Ana María, instrumentada y dirigida por quien fuera el primer responsable de la FPL, es otra muestra de esta misma intolerancia y de la incapacidad de los revolucionarios para dirimir sus diferencias por medio de métodos más racionales y democráticos. Las purgas internas a inicios de los ochentas de la RN y del PC, que concluyeron con ajusticiamientos aberrantes de compas honestos o la huida de otros hacia el exterior o hacia otras organizaciones, son expresión de esta intolerancia y ausencia de canales y mecanismos democráticos por parte de las organizaciones revolucionarias.
No podría decirse tampoco que fueron el dinero, la riqueza y las comodidades de la buena vida la causa del declive moral de los dirigentes de nuestras organizaciones revolucionarias; porque igual se les vio hambrear y jugarse el pellejo en los momentos más decisivos de la lucha. Hubo dirigentes como Joaquín Villalobos, que pasaron la mayor cantidad del tiempo de la guerra junto a sus hombres y su ejército, compartiendo los sacrificios y rigores de esta. El problema de dirigentes como Marcial o Villalobos, fue el sentirse que ellos personificaban la revolución, y cuando una parte de la militancia o de los mismos dirigentes se pusieron contra ellos, simplemente los consideraron desafectos o traidores a la causa.
En conjunto, podría decir que durante los años más sangrientos de la guerra civil salvadoreña, de 1981 a 1983, las atrocidades cometidas por los dirigentes revolucionarios fueron de una escala extremadamente menor que las cometidas por la Fuerza Armada. Mientras estos últimos ejecutaban a todos los guerrilleros que caían en sus manos, el FMLN liberó, en la mayoría de las ocasiones, a los soldados que caían en sus manos. A veces hubo represalias sangrientas, como las perpetradas por el Comandante Mayo Sibrían, en el Frente Paracentral “Anastasio Aquino”, contra civiles y compas acampamentados sospechosos de formar parte de redes de informantes al servicio del enemigo, pero fue la excepción y no la regla. De todas formas se aprovecharon las coyunturas para eliminar a elementos críticos a línea oficial de las argollas.  
Es verdad que la situación de una clase política que lucha por el poder es diferente a la de otra que ya lo tiene entre sus manos. Pero el embrión de estos estilos y métodos de ejercitarlo se dan en el momento en que se comienza a constituir, y estos métodos y estilos de conducción se consolidan cuando ya se tiene el poder en las manos. El ejercicio del poder entre los revolucionarios salvadoreños, no se diferenció en gran medida con la forma como lo comenzaron a ejercer los revolucionarios de otros países antes de tenerlo en sus manos. Ese dilema se planteó a Robespierre en la Revolución francesa, cuando tildó a Dantón de contrarrevolucionario y al servicio de la reacción; y Stalin, cuando llamó a Trotski agente de la contrarrevolución, o el caso más reciente y patético del fusilamiento del General Ochoa en el momento en que se convierte en un factor de riesgo al poder semiabsoluto ejercido por Fidel y la nata burocrática de los revolucionarios cubanos. Es difícil saber si el triunfo revolucionario a través de un desenlace militar no hubiese terminado en otra dictadura. Pero por los signos de intolerancia mostrados durante la guerra civil por los dirigentes revolucionarios, prometían sino otra guerra civil, por lo menos sí otros conflictos sociales.

CIUDAD SEGUNDO MONTES

       Muchas cosas cambian con la llegada del invierno. Los campos se cubren de una espesa alfombra verde y las tierras en barbecho comienzan a reventar con los primeros retoños. De igual forma, las cosas estaban cambiando para el proceso salvadoreño. Era como al caer el invierno, todo estaba cambiando muy rápidamente. Toda aquella suma de acontecimientos internacionales, nacionales y hasta regionales, era como una sacudida a las conciencias; era como barbechar sobre la inercia de las ideas que hasta entonces habían dado luz al proyecto revolucionario. Los resultados de la ofensiva militar del 89 y los sucesivos acontecimientos internacionales, habían sido una especie de parteaguas que removía la i-nercia del pensar y hacer de la militancia y del pueblo mismo. Era como hablar de dos tiempos, uno de la guerra, antes de la ofensiva y el otro in-cierto e inédito. Ya no era la inercia de los tiempos normales de guerra. Digo normales, dentro de toda la anormalidad que representa la guerra; y es que la vida se nos presentaba con otras motivaciones, frustraciones y desalientos para muchos, y para los menos, como siempre sucede en los momentos de mayores dificultades, como nuevos retos, redoblamiento de esfuerzos y virajes en el quehacer y pensar.
Muchos, como el viejo Morazán, veían perdida toda esperanza de cambio y se sentían traicionados por el partido y sus dirigentes. La misma fidelidad que habían mostrado en su momento, ahora se volvía como un bumerang contra quienes, a su entender, los habían engañado. No faltaban las “raras fidelidades” al partido y a nuestros dirigentes, desde luego que esa extraña fidelidad no estaba ajena a ciertos intereses o en definitiva era gente que había ido creando intereses a lo largo de la guerra. Intereses de proyección personal e incluso económicos. Como bien dice el dicho: A río revuelto, ganancia de pescadores.
 Otros como yo, veíamos el desenlace con escepticismo, pero manteníamos ciertas expectativas de cambio aún en el marco de una solución negociada. Teníamos por lo menos la ventaja de una cultura política y el privilegio de la información de primera mano, que nos facilitaba visualizar otros derroteros que no fueran los de la ruptura. Por aquel entonces, habían cambiado mucho mis concepciones políticas y mi visión de poder. Comencé a pensar que el poder no era sólo ganar la guerra y gobernarlo todo. Se podía tener poder sin necesidad de eliminar al contrario, finalmente habíamos logrado gobernar por años aquellos territorios y éramos una autoridad reconocida sin tener el poder absoluto. Quizás era mejor así. Quién sabe si después de aquella guerra, no hubiera habido necesidad  de librar otra para mantener la hegemonía, como había sucedido en otras revolucione triunfantes. Había sido así en México, posteriormente al triunfo revolucionario sobre el usurpador Huerta.
Aunque mis concepciones maduraban hacia otros derroteros, mi vida seguía regida por el clásico estilo campamentario. Por las noches buscaba estar cerca de las hornillas, tomaba más café de lo acostumbrado, mientras jugueteaba con las volutas de humo de mi pipa de reciente adquisición.
Todas las tardes solía salir a encaramarme hasta el borde de una colina que me permitía divisar con toda claridad los movimientos por la Calle Negra; me gustaba ver el humo de las ranchas de la población escapando hacia los montes, y gustaba de escuchar el bullicio escuelero de los niños, confundido con el ladrar de los chuchos.
Por las noches disfrutaba el silencio, quedando largamente despierto en medio de la oscuridad. Al final de la jornada podía ver cómo las cumbres de los cerros se teñían de rojo y las nubes empujadas por el viento del norte navegaban ligeras con dirección hacia lo alto de la montaña. Veía las bandadas de pájaros que emigraban y gustoso hubiera deseado ser uno de ellos. Surcar el océano hasta llegar a tierras ignotas e inhóspitas, donde todo se puede olvidar y sólo se vive a la inercia del destino.
Luego entonces caía en la razón y me daba cuenta que aquellos sueños me estaban negados, había muchas cosas pendientes por resolver en aquel paisito, entonces pensaba que el sentido del deber me llamaba a seguir en la brega ¡No tenía derecho a pensar de una forma egoísta! ¡La guerra acaba hasta que acaba! ¡Lo empezado había que concluirlo!
Una de aquellas tardes que observaba el crepúsculo hacía el horizonte, escuché una voz conocida que me llamaba discretamente, pero con insistencia:
-Compa Genaro, compa Genaro...
-¿Qué pasó?
-¡Soy yo, Carolina, la hermana de chillito!
-Aah la Caro ¿la famosa Emérita?......
-Bueno, soy famosa como la Emerita pa’ los cuilios, no ve que hasta ofrecían recompensa por mi cabeza; pa’ los compas soy sólo la Carolina...
-¿Qué pasó, Caro? ¡Me da gusto verte! Ya hacía días.
-Sí, compa, ya hace sus diítas. Desde que usted estaba en la Venceremos.
-¿Y cómo te va la vida por estos rumbos?
-Ay, compa, sí viera como se batalla aquí, no ve que la Pasita se fue asilada a México y me dejó a todos los cipotes, más los dos míos ¡Aquí hay que luchar mucho, compa Genaro, máxime que los directivos de la comunidad se portan todos turbios con los compas que hemos sido acampamentados. Viera que hechos mierda están...
-¡Ya me hablaron un poco de eso! ¿Y qué hay Caro, pa’ que soy bueno?
-Mire, quiero pasarle un mensaje del compa Yasser, Es que Yasser ya días está como huésped en mi casa y me dijo que quiere platicar con usted.
-Bueno, pues no hay problema, vamos a tu casa y podemos hablar ahí.
-Sólo que ahora no está, y me dijo que en otro momento lo busque por la casa, porque le urge hablar con usted. Viera como lo he andado cazando, ya hasta pareciera que me lo quiero enganchar pa’ mí ¡Lástima que ya sea de la Merceditas!
-Bueno, podemos ser solidarios, no se trata de mezquinar con las compas.
-¡No vaya a ser mucho, yo le tengo aprecio a Merceditas!
-¡Cómo se corren los chambres por aquí! –le dije.
-No jodá, si desde el primer día que llegó ya todos sabíamos que ustedes estaban en la ranchita de abajo. Pero bueno, hay que respetar la compartimentación ¡No vaya ser el diablo con esos animales que por veces patrullan! ¡A los compas hay que cuidarlos!
-Bueno, me voy porque tengo una reunión con Tilo, pero dile a Yasser que mañana lo busco por el día en tu casa ¡A mí también me interesa hablar con él!

¿EN CALIDAD DE MIENTRAS?

       Los campamentos de refugiados eran un mundo de improvi-saciones por aquellos días. Estructuras con paredes de cartón y lámina y una que otra casa de materiales que los pobladores fueron construyendo con el apoyo de la solidaridad internacional. Se le conocía como “Los Quebrachos”. Más abajo estaba el Cerro San Luís, Los Hatos y así sucesivamente habían adquirido su nombre aquellas colonias improvisadas. Segundo Montes se llamaba la comunidad en memoria de uno de los mártires asesinados por el Batallón Atlacatl, en aquel aciago día del 16 de noviembre de 1989.
       A veces los ladridos de los chuchos dejaban de ser lejanos. Un animal tras otro iba asomando entre los solares de las casas, y a poco se formaba en nuestro alrededor una jauría, una verdadera manada de lobos que nos lanzaban desde las sombras gritos feroces. La jauría nos acosaba tanto que era preciso ahuyentarla. Nunca sentí miedo por los perros, les escupía certeramente en el hocico y se iban gruñendo, limpiándose la saliva con las patas. Se lo había aprendido a mi padre, cuando era cobrador de aparatos electrodomésticos. Me dejaba ir directamente hacia ellos; les tiraba una patada sin dejar de hablar y volvía a mi asunto. Sólo en una ocasión fue tanto el acoso, que me sacaron de mis cabales y les lancé un garrotazo con la culata de mi fusil. No les pegué y mi culata se rompió al ir dar contra una piedra. Me enfurecí tanto, que al regreso me hice el disimulado cuando ellos volvieron a la carga y esperé que se acercaran lo suficiente, le tiré el patadón en el hocico al más lanzado; después escuche un tronido seco de mandíbula y luego se desplomó y comenzó a patalear. Después ya no resolló y pasado el evento sentí como un cargo de conciencia. Me había dejado llevar por la furia. No volvieron a molestarme más. Después me dijeron que el dueño estaba encachimbado porque le había matado a uno de sus perros y fui a hablar con él para pedirle una disculpa.
En otros tiempos, anteriores a la guerra, la gente solía machetearse por una causa tan simple como esa. Por un pozo de agua, por un metro de tierra o por que algún padre de familia no quería que su hija se amarrara con el hijo de algún vecino de rivalidades históricas. Los tiempos ya no eran los mismos. El pueblo había logrado trascender aquel estilo de impunidad sembrado a  base de autoritarismo e intolerancia. Por lo menos prevalecía el sentido del perdón y la reconciliación entre la gente, y la gente nos perdonaba y nos quería a pesar de muchos errores cometidos. Lo único que la gente nunca nos perdonó, fue el abandono. La gente que fue siempre fiel a la causa, aún a costa de ofrendar su vida por la misma, nunca nos perdonó haberla dejado a la deriva con sus problemas. Podría justificar mi abandono porque sólo fui solidario al proyecto, pero no dejo de sentirme parte de aquel abandono. Quizás en el fondo de mi ser, es lo único que nunca les he perdonado a mis dirigentes. Los vi mojarse las nalgas a mi par y jugarse el pellejo sin mezquinar un gramo de valor al enemigo, y cual más, muchos de ellos cayeron combatiendo: Oscar Peludo, Mateo, Danilo, La Filomena, Clelia, en fin, tantos héroes y destacados jefes revolucionarios. Pero lo que sí no me cae el veinte, fue aquel abandono para quienes con tanto amor y entrega ofrecieron lo mejor de sí por aquella causa.
Me estaba acostumbrando a pernoctar en casa, es decir, en aquella covacha cuyo único mueble de importancia eran dos hamacas. En una de ellas dormía yo y en la otra Tilo, cuando llegaba. Lo cierto es que al paso de los días y conforme se fue prolongando el operativo, a Tilo lo fueron jalando a otras tareas relacionados con la milicia y a mí me dejaron en Segundo Montes. No era el primero ni el último, que al paso del tiempo, conforme fuimos causando ciertas incomodidades a los dirigentes, se fueron quedando como exiliados en la comunidad. Ya le había ocurrido lo mismo a Augusto, cuando cayó en disgusto del siempre y bien ponderado “Comandante” Gustavo, después fue Yasser, seguí yo y de último llego Pancho Chela.
¿Qué vida hacíamos entonces en aquella covacha? Vida miserable, que casi no recuerdo. Recuerdo de nuestro despertar cotidiano. Pasaba la noche en angustia, con el temor de que en aquel mundo de desalientos y frustraciones, a algún poblador, a alguien, se le ocurriera ir a chillar con los cuilios y en cualquier rato nos cayeran de sorpresa. Era angustiante la vida nocturna en aquella covacha en la que no contábamos con más arma que las patas pa’ correr. Nos comían chinches, pulgas y telepates y traíamos el cuero tullido de ronchas. Por las mañanas había que levantarse antes de la salida del sol y buscar el chorro de agua de la única pila que existía en la comunidad. Un tubo de agua que tiraba chorro sin parar, conservando aquel sitio como un pantano diminuto. De día, era caminar entre las veredas ocultas que intercomunicaban las colonias y las antiguas zonas de campamentos guerrilleros, como La Joya, la Guacamaya y el Mozote.
Los caminos anegados de charcos y lodo, y por la noche hacía un calor de los diablos. Lo placentero de aquella vida era la hora del café y el desayuno que me hacía llegar la Tina con una de sus cipotas: que cosa mejor no podíamos esperar de aquella existencia de falansterio de mendigos.
   Una de aquellas mañanas de invierno, me dirigía a la casa de Carolina en busca de Yasser. En el campo de futbol jugaban los cipotes a la guerra de cuilios contra los compas. Corrían a ocultarse detrás de los árboles o las piedras, con sus fusilitos hechos de palo: -¡Te maté, terengo hijo del hacha! –le gritaba el que hacía de cuilio, al que hacía de guerrillero-  ¡Aquí está el Muco, cuilios hijos de p...... ¡ -gritaban del bando contrario.
-¿Qué ondas, Yasser? ¿Qué haces por aquí? te creía en la Venceremos.
-Ya ves, hasta hace unos pocos días pertenecía al equipo de producción de la radio. Ahora estoy aquí en calidad de sancionado.
-¿Y qué pasó?
-¡Una mierda ridícula para sacarme de la jugada y del frente! Me enviaron a una misión con Ana Lidia a San Miguel. La dueña de la casa, que era una base social, nos invitó a echarnos unos tapis y como era en su casa y era asunto familiar, yo acepté. Ana Lidia, como es del “beaterio” partidario, me puso el dedo de que me había embolado en la casa de las bases de apoyo y por eso me suspendieron de las responsabilidades en la radio y ahora estoy aquí  en calidad de mientras.
-¿En calidad de mientras? ¡Si no te tienen en alguna tarea específica es que estás en alitas de cucaracha; a punto de la expulsión o ya estás expulsado –le dije.
-No sé en calidad de qué esté. ¡Pero a últimas, ya me vale verga! Mirá, Genaro, yo entiendo que vos sos de los pocos compas que han mantenido en el frente una actitud crítica ante la conducción del partido. Otros como Fito, Andresón y Gustavo, han aparentado ser críticos, sólo mientras se proyectaban hacia la nomenclatura. Ahora que ya están en la conducción regional, se les acabó el espíritu crítico contra la conducción. Yo estoy en la misma lógica que vos, incluso hemos estado promoviendo un proyecto al margen del partido, centrado en el arte y la cultura.
-¿Sí sabes lo que puede representar promover un proyecto de esta naturaleza al margen del partido?
-¡Ya te dije, a estas alturas del partido me vale verga lo que piense o diga la argolla!
-Bueno, si es algo serio, cuenta conmigo, sólo quiero conocer todos los pormenores del proyecto. 

    

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