viernes, 21 de marzo de 2014

LA CREACIÓN DE UNA ZONA: EXPERIENCIAS EN TOROLA

Por Fidel A. Romero, "Fidel Zarco".

(Consolidar un corredor hacia el resto del país. Zona peligrosa donde emboscaban a los correos de enlace: Informantes enemigos o falta de criterios en la línea de organización del pueblo).
 

A finales de mayo de 1984, a media tarde, llegaba al campamento de El Pedrero, procedente del lado de Joateca: Luisa sale a mi encuentro para decirme que era urgente que saliera para el pueblo de Torola, a ayudar a Ulises, que estaba con un gran trabajo, un gran paquete. Ella dijo:

— Angelito[1], qué bueno que llegaste, pero tienes que ir de inmediato a Torola para echarle una mano a Ulises[2].

— ¿Qué pasa en Torola… y qué debo de hacer?

— Es mejor que te vayas ya. Dile a Ulises que yo te envío para ayudar a resolver.

— Bueno, Luisita… ¿Puedo tomar agua antes de salir?

— No seas sarcástico, bien sabes que no debes hacer esa pregunta. ¿Quieres tomar de mi caramañola?... Pues te jodiste porque la tengo vacía de agua, pero llena de aire. Puedes pasar donde la Titinga[3] que te regale agua, pero luego vete para Torola.

Torola estaba a una media hora del campamento, sólo había una planicie por la calle balaustrada hasta El Amate, y luego se miraba en panorámica el pueblo bajando la cuesta, siguiendo las curvas de la calle. Esta calle podía ser transitada por vehículo. Mientras bajaba la cuesta empinaba, pensaba: ¿Cuál será el paquete que tiene Ulises que necesita ayuda? ¿Y qué tan urgente sería que Luisa ni siquiera quiso explicar para no perder el tiempo? Pronto lo sabría.

Llegando al grupo escolar podía ver la plaza en donde se veía regular cantidad de personas civiles. Eso no era normal, aquel pueblo estaba casi desierto, después del bombardeo de cuando estuvo la escuela política de los soldados prisioneros de guerra el mes de diciembre anterior. Sus habitantes poco a poco habían salido del pueblo o habían sido reubicados en algún caserío aledaño, o en el refugio de Honduras. Veo a Evelyn[4] que sale de la alcaldía, con el rostro un poco descompuesto, y me dice con su voz pausada, poniendo énfasis en sus ideas:

— ¡Fidel, esto es inconcebible! Estas personas no son informantes de la Fuerza Armada, aquí hay una confusión… ¡Dios bendito! ¡Aquí va a ver una injusticia!

Observaba y la escuchaba como queriendo entender lo que pasaba, mientras tanto las personas en la plaza nos observaban también. Sale Ulises de la alcaldía caminando hacia nosotros, y dice:

— Aquí necesitamos ayuda y rápido para desmanear este paquete. Hay 26 sospechosos de oreja que se necesita interrogar para obtener la mayor información posible. Es necesario limpiar esta zona hacia la orilla que colinda al norte de San Miguel. Nos llevamos casi todo el día con la sección de Serapio; así nadie se pudo escapar.

Él había interrumpido la recién iniciada narración de Evelyn; sin embargo, lo que había dicho complementaba con lo que ella comentaba: habían capturado una gran cantidad de civiles, todos habitantes del lugar bajo sospecha de ser informantes. Aún no había dado respuesta a los comentarios de la miembro del colectivo del trabajo cristiano del Frente, y Pichinte venía pidiendo ayuda para resolver. Él estaba a cargo; Evelyn estaba ayudando a interrogar, pero estaba chocada al ver tantas personas, incluyendo una muchacha en estado avanzado de embarazo. Separándome un poco de Evelyn, empiezo a caminar despacio hacia el interior del local que ocupó un tiempo la alcaldía, para que también me siga Ulises, y digo:
 

— Vengo llegando de Las Cañas de El Bramadero. Luisa me mandó para que te ayude a resolver. Dijo que vos me explicaras cómo está este rollo.

— ¿Así te dijo? Pues el rollo es que todos son sospechosos de ser orejas y no tenemos suficientes interrogadores para obtener información útil, y limpiar de una vez por todas esta zona. Estamos urgidos por consolidar el corredor.

Lo que Ulises expresaba parecía una expresión combinando la duda con la impotencia, o la incapacidad para clarificar aquello. Sin saber qué decir a todo lo escuchado, pero tratando de hacer una conclusión de los dos comentarios, digo:

— Mira, Ulises, si es cierto que estas personas bajo sospecha son orejas… me entra una gran tristeza reconocer que hemos empezado a perder la guerra y que el pueblo nos repudia y quiere destruirnos.

— ¿Qué dices?

— Lo que oyes, Pichinte. La guerra avanza por el apoyo de la población, pero si en la misma zona de control al norte del río tenemos 26 orejas, más sus redes… pónle pluma, ¿quién nos apoya entonces…? Es evidente que ya empezamos a perderla.

Ulises pispilea moviendo aceleradamente sus parpados, como para clarificarse y ver mejor, o pensar mejor sobre aquella palabras; intenta hablar pero no puede articular palabra. Después de varios intentos, dice en forma grave:
 

— ¿Y cuál es tu propuesta entonces para resolver?

— Bien sencillo, Ulises, aquí debe haber un error. Tal vez podría haber uno o dos orejas entre esta gente, pero no tenemos los medios ni la experiencia para poder demostrarlo. Si yo estuviese a cargo y en tus zapatos, haría lo siguiente: Los reuniría a todos, los bajo sospecha con sus familiares y amigos que nos observan en este momento, y les daría una explicación política sobre las razones de haberles capturado; además, les pediría disculpa a nombre del FMLN por el inconveniente, pero que se continuará investigando hasta tener información sólida y actuar.

Continuábamos caminando despacio hacia el interior del gran salón. Ahí estaban los escritorios distribuidos en las cuatro esquinas. Habían interrogadores entre los que recuerdo: Emiliano; uno de inteligencia, que era Tacho; Evelyn, que caminaba tras de nosotros, y el cuarto interrogador no recuerdo si era Valentín o Abraham. Todos coordinados por Pichinte, que analizaba los datos. Ulises me lleva a un rincón y dice:

— Lo que vos decís es la forma sencilla de salir de este impase… Ultimadamente tú serás el responsable de esta zona y tendrás que tomar muy en cuenta las repercusiones de esta decisión. Haré lo que dices y todos contentos.

Ulises llamó al resto de interrogadores para decirles:

— En este momento vamos a suspender los interrogatorios. He recibido instrucciones de la comandancia que para resolver este paquete en proceso, nos llevará varios meses en clarificarlo. No tenemos la infraestructura para mantenerlos en nuestro poder; pero un plan alternativo se echará a andar en donde tiene que ver con la organización de las masas para su incorporación y la consolidación de este corredor, que es importantísimo para avanzar.

Emiliano se rasca la cabeza; los demás observan; a Evelyn le brillan los ojos que expresan su alegría y fe en la organización y el Supremo, expresando a la vez que suspira:

— ¡Gracias a Dios que ha alumbrado las mentes para no cometer injusticias!

La plaza estaba medio llena con todos los presentes, que incluían: los 26 detenidos bajo sospecha con sus familias y amigos; parte de la columna de Serapio que había ejecutado las capturas, guiados por el equipo político de Pichinte, y los activistas de esa área de expansión en formación. En un extremo se puso Pichinte para dirigirles la palabra. Él tenía dotes de buen orador. Todos estaban expectantes; se notaba la alegría por el cambio de rumbo de aquellas capturas. Dijo más o menos lo siguiente:

— Somos revolucionarios y representamos al pueblo; al pueblo siempre explotado de este país. Ustedes saben que hay una guerra sin cuartel; una guerra civil en la cual nos enfrentamos entre nosotros mismos; pero tenemos objetivos diferente que les diré ahora. La Fuerza Armada defiende al gobierno y los intereses de los ricos; quieren mantener sus privilegios a toda costa; el pueblo organizado en su vanguardia, el FMLN, está para derrotarles. Esa derrota se está trabajando entre todos, y ahora paso al punto que nos tiene ocupados desde hoy por la madrugada: Tenemos hechos que han pasado los últimos meses; algunos compañeros han sido emboscados y heridos por el lado de San Diego, caserío La Honda, cuando pasan hacia Carolina o al norte de San Miguel. A Dios gracias, no han perdido la vida; estos hechos sólo son posibles porque hay elementos entre los pobladores que simpatizan y/o trabajan para la Fuerza Armada.

Todos murmuran y se ven unos a otros. Ulises continuó:

— Tenemos informes no confirmados de redes entre los civiles. Estas redes empiezan en los cantones, pasan a Carolina, y llegan hasta ciudad Barrios. Deben estar claros que son libres de participar en el bando que les parezca, pero donde estemos nosotros no permitiremos informantes de la Fuerza Armada; trabajamos para descubrirlos. Deben saber que si no participan con nosotros, pues al menos no informen al enemigo de nuestros movimientos, y mucho menos hagan atentados contra nuestra militancia. Todos pueden irse tranquilos para sus casas; estén seguros que seguiremos investigando y al tener confirmado nuestros dato, tomaremos las medidas del caso.

Aplaudieron la decisión y todos empezaron a retirarse dando las gracias al orador. Aquella acción fue aleccionadora para todos. Pichinte había dicho algo nuevo para mí: “Ultimadamente tú serás el responsable de esta zona y tendrás que tomar muy en cuenta las repercusiones de esta decisión”. Eso era nuevo para mí; aquel esfuerzo desplegado por la persona más experimentada en materia de organización de masas obedecía a limpiar la zona antes de asignármela. En los próximos días sería notificado de esa decisión en el colectivo interno de jefes de zona del Frente, que Luisa coordinaba. Esa fue la introducción tenida para conocer parte de la problemática que aquella zona tenía.

Todos se marcharon a sus caseríos con una expresión de alegría al final del día. El mando de sección, Serapio, solicitó también marcharse para reintegrarse a la columna de la BRAZ, jefeada por Goyo Negro. La pequeña plaza que cinco meses antes había estado ocupada en las formaciones de los soldados prisioneros que recibían su escuela política, quedó vacía. Aquel pueblo estaba casi desierto, sólo habían algunas 10 familias. Con Ulises y su personal de interrogadores improvisados, regresamos a las respectivas bases en los campamentos sedes. Por el camino reflexionaba sobre el alcance de aquella actividad con las repercusiones políticas a corto plazo:

… ¿Serían todos inocentes? ¿Cuál sería la aceptación real que nos tenían aquellos pobladores que estaban en las zonas más conflictivas si enfrentaban a dos bandos armados argumentando defender intereses del pueblo? Capturando en masa pobladores no era posible ganarse su confianza; al contrario, no había mucha diferencia de cómo actuaban los soldados. Sin duda, la mejor decisión tomada fue la que se hizo, sin importar si hubiese algún culpable. Culpable podría ser la o las personas que irresponsablemente interpretaban o señalando a personas por disputas personales; además, los cuadros de expansión radicalizados sin tener el entrenamiento para detectar, buscar e investigar sobre evidencias objetivas. En guerra la vida se devaluaba aún más en el país... Recordaba la conversación con Mártir, cuando estaba prisionero bajo sospecha de pertenecer a una red de colaboradores de la Fuerza Armada, en la escuela de reeducación del Peche:

“… Pero decime tú, ¿Qué va a hacer el hombre? Si a esos soldados se les niega algo, ellos de inmediato dicen que eres guerrillero y no amagan; golpean y matan. Fácil es decir el enemigo, y pelear con ellos cuando se tiene un fusil y más compañeros armados… Pero la gente que vive en los caseríos que nada tiene, sólo boca para contestar, además de ceder alguna comida si les piden o exigen... Pero eso no es ser colaborador o parte de una red de ellos. Precisamente eso es lo que les permite poder ayudar a los compas, el tener amigos que viven en lugares estratégicos, que divisan largas distancias de los caminos y que saben cómo hacer creer que simpatizan con la tropa…” 


Era la parte más vulnerable y condición difícil en la guerra: los civiles. Según Ulises, pronto esa zona estaría bajo mi responsabilidad y sabría los efectos no sólo de esta última acción, sino que del trabajo que se hacía hasta convertirla en el corredor seguro de comunicación con el resto del país. Ulises se acerca, y dice:

— Te veo pensativo, Chele. Lo bueno es que me facilitaste resolver ese tamal, aparte que me sorprendiste con tu planteamiento, y me convenciste de un solo. Debemos revisar y readecuar la línea de masas; todo está cambiando; nunca debemos olvidar lo que somos y por quién luchamos.

— Vengo pensando en ese rollo y la información que me soplaste sobre la responsabilidad de esa zona.

— Te digo que me sorprendiste; olvídate que mencioné eso; no soy el indicado para notificártelo; será Luisa en su momento que te lo diga. No lo menciones.

— No te preocupes, te entiendo, y ahora a descansar porque he estado caminando desde ayer. Tú llegarás donde Luisa y supongo que le pondrás al tanto de todo.

— Por supuesto. Descuida.



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[1] Muchas veces me nombraba con el diminutivo de mi segundo nombre como muestra fraterna, quitando barreras del nivel de responsabilidad partidaria entre nosotros. Atilio a veces la acusaba de ser mi protectora alcagueteándome.

[2] Era el nombre de guerra de José Leoncio Pichinte, miembro del Comité Central, y el cuadro de mayor experiencia en el ERP para la organización de masas.

[3] Así se refería cariñosamente a Tita, que trabajaba en la estructura de inteligencia militar para ese entonces.

[4] Catequista miembro del grupo pastoral cristiano, coordinado por el sacerdote Miguel Ventura. Hacían su labor de acompañamiento a las comunidades en las zonas conflictivas del país.

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