lunes, 16 de septiembre de 2013

La Gloria

Por Yasser



Las gruesas gotas de la lluvia sonaban como pedradas en el techo de lámina de la casita. Cuando entramos, nos dimos cuenta que sólo había una cama, una mesa y una silla. Ella estaba a cargo de un colectivo y yo estaba a cargo de varios colectivos. La reunión era para coordinar con ella la no interferencia de su grupo en nuestras actividades, aunque éstas no fueran conocidas del público. Horas antes, cuando nos habíamos juntado para concertar la reunión, me había embelezado con la belleza de sus piernas.

Estando solos en el estruendoso ruido de la tormenta, que en aquel ambiente tan cálido traía cierto nivel de frío, comenzamos a hablar entrecortado y nos pusimos de acuerdo. Era necesario, por el bien de la lucha, comprendernos.

Al tenerla tan cerca y verla allí tan desprotegida en aquella situación de insospechada ventaja, renuncié a mis más demandantes anhelos y le ofrecí la cama, proponiéndome como voluntario para dormir en el suelo. Ella me dijo que estaba acostumbrada al campamento, y que si así lo quería, que nos distribuyéramos las postas y que le concediera el primer turno, para yo hacer el segundo. Esto era un principio fundamental en la mística de un guerrillero. Pero el criterio sobre el cual era aplicado era variable de acuerdo a la situación y al recurso  humano disponible.

Entonces le expliqué que estábamos en una comunidad de civiles, y que nosotros mismos estábamos vestidos como civiles; ya no éramos guerrilleros. Fue cuando ella me dijo, “Acordate de Nolvo, de la Mercedes, de la Lucita, de la Altagracia. Acordate de la Toñita, de la Marcela, de La Periquita. ¿O te olvidás de Tito o de Jacobo; de la Flaca de San Vicente, de la Irene o de la radista Yanet? ¿Ya no te acordás de Augusto, Ricardo, Carmen “La Colocha”, Lito y Rubén?”

Para mí era muy pronto para no recordar, y demasiado nunca para no olvidar. Mis míseros deseos los traspasé al reino del intelecto y le ofrecí todas las pocas colchas que estaban allí disponibles. Las aceptó con la condición de que yo me quedara en la cama. Resignado me dispuse francamente a dormir, y me dormí. Me dormí tranquilamente porque renuncié a aquel fogoso deseo de tener a esa mujer. Soñé con venaditos que saltaban alegres en las cercanías de nuestro campamento. No miraba a Jacobo bebiéndose la sangre de un venado muerto. Pero sí miraba a la Sarita buscando en los charrales al viejo Tito.

Me dormí, me dormí, me dormí.

Por eso fue una sorpresa extremadamente agradable para mí despertarme con el roce de aquel tan deseado cuerpo. Ella intentaba arroparme con la cobija tal vez para espantar mis supuestos miedos. Al darme cuenta del milagro, yo reaccioné y me la comí a besos.


Afuera, la torrencial lluvia continuaba disparando granizos, sapos y ranas, para matar el silencio.

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