viernes, 16 de agosto de 2013

Putrefacción Social

Por Baneste


Cuando alguien se aproxima a un lugar putrefacto, hará todo lo posible por evadirlo con muchísimo cuidado, haciendo un esfuerzo máximo para no contaminarse; aunque no podrá escapar al menos de absorber el disgustante hedor. Y es que lo putrefacto no solamente es pudrición; también es descomposición y corrupción repulsiva y desagradable. Lamentablemente ese es el estado de la sociedad salvadoreña, especialmente en su parte dirigencial; pero la pudrición se ha extendiendo de manera alarmante hacia todos los sectores sociales. Las personas de la sociedad que todavía no han sido absorbidas por esta epidemia de descomposición generalizada no ven perspectivas regeneradoras en el horizonte inmediato o mediato de nuestro país, debido a que a la cabeza de las instituciones públicas y civiles más influyentes del estado, se han posicionado los elementos más corruptos de los grupos dominantes.

Hojear un periódico de El Salvador (o discurrir por sus páginas con un "navegador" virtual en la internet), es algo semejante a entrar a una sala de tortura psicológica. Es muy raro encontrarse con un titular que comunique una noticia agradable. Las secciones informativas y de opinión constituyen un relato y un debatir acerca de una tragedia más grave que la misma guerra que terminó hace más de veinte años. La guerra que en otros países ha servido para hacer avanzar a la sociedad, parece haber estancado a la nuestra.

Diputados que se recetan jugosos salarios que son veinte veces más que el de un obrero trabajador; obispos con caras de maníacos sexuales que exacerban conflictos políticos; extranjeros que en sus países de origen pasarían desapercibidos llegan al paísito a decirle al gobierno cómo pactar con el crimen organizado; pastores ex-convictos que desfalcan al creyente ingenuo al mismo tiempo que abusan sexualmente de sus hijas; dirigentes y jugadores del fútbol que arreglan los resultados de los partidos con la mafia de las apuestas a cambio de más dólares, sin importarles el aficionado; parlamentarios que golpean a sus esposas y no son castigados; ex-presidentes que negociaron de manera ilícita los recursos del estado y no son procesados; la hija de la alcaldesa que se secuestra a sí misma para exigirle un cuantioso rescate a su propia madre; asesinos de sacerdotes y civiles ocupando cargos en el gobierno; presos que se escapan inexplicablemente de las cárceles, enfrente de sus custodios, arrebatándoles las armas; etc., etc., etc. Es un panorama terriblemente desalentador y traumático para cualquier sociedad.

A la base de esta detestable putrefacción social nos encontramos con una conflagración política sin precedentes en la historia nacional, una confrontación sin cuartel entre dos clases antipopulares: una clase rica sanguinaria, tradicional y obsoleta que se niega a ceder el poder; y otra clase rica emergente, corrupta, pero más adiestrada políticamente, y que está decidida a hacerse del poder total. Los sectores populares con alguna influencia política (es decir, los trabajadores, profesionales, artistas, etc.), simplemente constituyen piezas manejables en dicha conflagración.

Deberán pasar dos o tres generaciones para que el país se sanée por el efecto mismo de los procesos ineludibles.


3 comentarios:

  1. Tres generaciones.... Bien citaba mi padre:
    “Tras perderlo todo, lo último que pierde el hombres es la Esperanza."

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    1. Los revolucionarios nos caracterizamos porque somos utopicos. Y ese dicho que dijo tu padre lo sintetiza de una manera muy simple.

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  2. CADA PUEBLO TIENE EL GOBIERNO QUE SE MERECE

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