viernes, 17 de mayo de 2013

LA PRIMERA OPERACIÓN QUIRÚRGICA EN GUERRA

Escrito por Fidel "Zarco".

(Relato de cómo se realizó la primera operación quirúrgica en un campamento del Frente Sur-oriental "Francisco Sánchez" en plena guerra, con gran escasés de recursos).

Ya estábamos acostumbrados a la precaria situación que presentaba el cerro de Conchagua, hacienda Las Marías. Había pasado ya la rabia sentida cuando por falta de criterios, Gina caía defendiendo como una fiera acorralada las armas en el tatú, mientras su acompañante corría hacia el puesto de mando y su columna cumplía labores de exploración. Murió sola, combatiendo y disparando diferentes fusiles en los extremos del tatú, para simular que eran varios quienes combatían. Recuerdo bien la expresión de Dimas “pata peluda” quien me lleva la nueva: “¡Nos mataron a Gina, y lo más perro es que nadie la acompañó!” “Se corrió el que estaba con ella…¡Vale verga!” “No hay que dejar que eso pase otra vez”.  Juan brigadista dijo: “Al final cuando triunfemos, yo me encargo de señalar este lugar donde queda esta compa, por estos árboles, rumbo a las piedras de la cueva del hospital”.  Aquellas palabras fueron las últimas sobre ella y todos en silencio prometiéndonos evitar que se repitiera dejar un compa solo cuidando una línea de fuego.

Gina, a quien había conocido un año antes en la estructura médica de la organización, era una estudiante de la facultad de medicina, de las más aventajadas de su curso; de tez morena, mirada altiva y ojos color de miel; pelo negro y corto; pequeña de estatura;  joven de unos 24 años. Algunas veces la había visitado en su casa en San Salvador, pasando por ella para viajar al frente en el oriente del país.  Estudiante aventajada y madre de una niña de unos 2 años y medio, en enero de 1981.  Con una gran disposición al servicio, sociable y amigable; pero sobre todo con una gran disposición a entregar lo mejor de ella para hacer avanzar el proceso revolucionario.

No sé exactamente cuántos días habían pasado, pero sí recuerdo que nos mortereaban y la fuerza aérea lanzaba sus bombas casi a diario; teníamos unas cuevas en las cercanías de unas peñas enormes, próximas al casco de la hacienda Las Marías.  En esas cuevas ya teníamos varios heridos graves de los cuales había que estar bien pendientes, no sólo de curarles, sino también de su evolución,  valuando su recuperación para enviarlos a un lugar más estable.

Hay un mensaje, Doctor -me dice Chicón- que está relacionado contigo”.  “¡Un herido grave en El Salamo,Jucuarán, que debe ser visto por un médico!” “¿Y Norberto con El Pelícano que quedaron allá cuando salimos?” Le pregunto, ya pensando que algo desagradable había pasado con esos dos estudiantes de la facultad de medicina al igual que Gina. Hasta cierto punto sentía mayor compromiso con ellos por haber entrado juntos al Frente Sur, a principios de enero de ese año 81.  “Ellos fueron capturados en el último operativo que hizo el enemigo”, me responde Chicón, que era el jefe de la fuerza acantonada en el Cerro.  Bien, pienso para mí mismo, al parecer nos costarán muchas vidas aprender este negocio del arte de la guerra, con la carestía de personal cualificado que tenemos, y en pocas semanas perdemos 3 valiosos estudiantes de medicina que tenían mucho que dar… solamente pensaba qué hacer si me tocaba estar cercado, y se agigantaba la acción de Gina, quien dejó de disparar hasta que le entró un plomo por la parte occipital de su cuello, saliéndole por delante, descerebrándola.

Chicón ya tenía arreglado el traslado. Ambos vestidos de civil (aún conservaba mi cédula), nos condujimos en un carro hasta San Miguel.  Por el camino me instruyó sobre la leyenda a decir en caso nos detuviera algún retén de los que abundaban por allí, y para entrar en confianza, me muestra una fotografía de una muchacha joven y dice: “Mirá, esta es mi esposa, ¡es María la Guadalupe!”

Antes de entrar a San Miguel, me pide que me acueste en el asiento como medida de seguridad para conservar la casa de seguridad de donde nos separaríamos y cada quien a lo suyo.  Igual fue cuando momentos después me llevaron a otra casa, en la cual Maritza me recogería para darme un guía y entrar a El Salamo lo antes posible.

Esa misma tarde, con bastante alegría, miraba que estaba pasando el Río Grande y caminando hacia la Poza Azul.  En mi mente habían muchas interrogantes y en todas veía una gran improvisación: ¿Cómo es posible que no haya más personal médico? ¿Quién será el compa herido y qué tipo de atención necesita?... me tranquilizaba el hecho que habían pasado ya dos días y que no había noticias de que estuviera muerto aún.

Todos en el campamento de El Salamo me saludaban con mucha alegría diciéndome “¡Qué bueno que llegó rápido!”  “¡Lo están esperando en la clínica!”  Como ya conocía el lugar, me voy directo a la casita donde habíamos fundado la clínica, en un punto céntrico de los campamentos, con buena cobertura, y observo en la parte que no tenía pared una cama de pitas cubierta con un petate roto donde estaba un compa herido que se quejaba y prácticamente no hablaba. Le veo sus grandes ojos y una expresión de moribundo; su cara medio sudorosa y verdosa… “¡Me jodieron!”, me dijo. Los brigadistas ya me habían informado que no caminaba, no sentía una pierna y no había orinado desde hacía dos días.  Era Carlos, quien había sido traído por su mamá a la casa de mis papás cuando tenía días de nacido, y lo había dejado definitivamente con nosotros cuando tenía 5 años, creciendo en la familia como un miembro más. Era mi hermano menor que me había seguido, presionándome para que aceptara su incorporación diciéndome: “Tengo contacto con las F’s si no querés llevarme”.

El estado en que se encontraba no daba para pensar demasiado. Era evidente que tenía problemas cardiorrespiratorios agudos, instalado el cuadro en forma insidiosa después de la lesión de bala; su rostro azuloso o cianótico evidenciaba falta de oxígeno y acumulación de bióxido de carbono.  No había tiempo que perder y había que actuar rápido. “Ayúdenme a sentarlo en esta silla”, les digo a un par de brigadistas que me miraban con bastante esperanza de que se solventaría el caso. No sabían que estábamos al frente de la mayor limitación en esas circunstancias: no teníamos el material para esa intervención de cirugía mayor: Hemo-toracosentesis se llama.  No agujas, no cánulas , no tubos , no válvulas de 3 vías, no campos, etc.; pero había que hacer algo y lo primero era realizar el examen físico y determinar el nivel de sangre; su corazón estaba un poco desplazado con su mediastino lo más seguro que torcido.

Saco mi estetoscopio, que ayudado con la percusión y rascado, confirmaron la sospecha del hemotórax postraumático por bala…Mientras termino el examen físico, se solicita esterilizar algún mínimo material como pinzas, tijeras, descartable de suero, hilo de papalota, además buscar unas botellas que servirían para improvisar artesanalmente un sello de alta presión y evitar el colapso pulmonar por acción de la gravedad , o sea, lo indispensable para realizar el procedimiento de una hemo-toracocentesis con tubo, usando un descartable sin agujas de un Kalisal B.

Carlos, la situación es de urgencia y es necesario sacarte esa sangre colectada en la pleura del pulmón; te lo está comprimiendo evitando la oxigenación, acumulando el bióxido de carbono, dándote esa sensación de ahogo que tienes; no estoy seguro si el sangramiento interno provocado por la bala ya haya cesado, espero que así sea.  El otro problema es que tenemos que improvisar el material a ocupar, ya se está preparando; tenemos que introducirte a presión con una pinza una guía de suero entremedio de las costillas hasta alcanzar la sangre colectada; pueda que duela bastante, pero te aseguro que en media hora te sentirás mejor”.

Trataba de simplificar lo más posible mi explicación informándole todo lo que era necesario.  Había visto hacer ese procedimiento en el Hospital Rosales a uno de los residentes de cirugía que le decían “el Candado”, pero con el equipo necesario. Sentía una gran presión no solo por las limitaciones materiales, experiencia en ese tipo de cirugía, sino que también por tratarse de a quien consideraba mi hermano menor.

“¡Entrale Fidel, y que se haga lo que Dios quiera!”, me dice Carlos. Ya sentado al revés  en posición erecta sobre el espaldar de una vieja silla, haciéndole la mejor limpieza posible del área elegida,  el séptimo espacio intercostal (no recuerdo si fue el derecho o izquierdo), posterior a la línea media axilar, inyecto subcutáneo 1 cc  de anestésico local, teniendo 3 botes a medio llenar de agua limpia, conectados por guías de suero, ayudado por un brigadista , le hago una pequeña incisión con bisturí, prensando con una pinza el descartable que previamente le había abierto varios agujeros a lo largo de 10 cms., y empieza lo duro de hacer pasar esa sonda sin tocar el paquete vásculo nervioso que pasa inmediato inferior de cada costilla. Escuchaba las respiraciones gruesas de muestra del dolor pero seguía empujando hasta que se sintió que penetró saliendo abundante sangre por la guía, coloreando de inmediato el agua del primer bote. “Ya está Carlos, sólo es de esperar un momento y te sentirás mejor…” Se comentaba en todas las estructuras que estaban cerca del tanque de El Salamo que en la clínica le habían sacado 3 litros de sangre al compa herido, a través de una guía que le metieron en la espalda por las costillas.



Consciente de haber hecho ya todo con Carlos, a quien se le puso otra botella con un pedazo de guía de suero que la soplara lo más posible para iniciar la rehabilitación del parénquima pulmonar comprimido, hice una notita para el Chele Gonzalo que fungía como jefe del frente en donde le expresaba la necesidad urgente de una interconsulta con el médico de Morazán.  Sabía que mientras me trasladaban para el suroriente en diciembre de 1980, otro personal entraba, y entre ellos venían algunos médicos con alguna experiencia como Eduardo, un mejicano que era cirujano.

“¿Como está el compa?, me pregunta Gonzalo al entrar a la clínica, no sé si motivado por el correo enviado pidiendo hablar por radio en la interconsulta o por la curiosidad de ver las botellas llenas de sangre. Gonzalo, originario del volcán Chaparrastique, joven, blanco de piel, delgado, con un sombrero y vestido como cualesquier compa del campamento, meneaba continuamente sus parpados, como queriendo humedecer sus ojos que los dirige hacia los sellos de agua donde se mezclaba la sangre en ese momento en forma lenta en el tercer bote.  Retirándonos un poco de la cama de Carlos para evitar nos escuchara, le informo sobre lo  hecho y mi apreciación.  “Ya se le hizo todo lo que dependía de mí. Se le ha descompresionado el pulmón y está en franca mejoría; pero tiene más de 48 horas que no orina; una pierna no la siente y no la mueve; está bien débil; tiene la bala alojada en alguna parte presionándole la médula espinal. Es necesario que orine y no tenemos equipo para sacarle la orina y…” De inmediato me interrumpe diciéndome: “¿Qué se puede hacer?”  “Bueno primero, es necesario hablar con el médico de Morazán y segundo preparar condiciones para sacarlo a San Salvador para que lo evalúe un Neurocirujano…” “¡Gonzalo!”, le llama la radista que nos interrumpe diciendo “dicen que el hermano en Morazán ya está listo” “Ah, ¡qué vergón!”, le dice. “¡Qué bueno!” “Vamos, Fidel, para que hables con ese medico, mientras yo arreglo lo otro con San Salvador para su traslado lo antes posible”.

Conversación con mi antiguo maestro en la emergencia del Hospital Rosales: Tte. cnel. y Dr. Ricardo Bruno Navarrete

1,2,3,4…probando, ¿me escucha?”. Era la primera vez que hablaba por radio, un micrófono negro de un radio naranja de onda larga; la radista me había explicado que para hablar apretara la perilla y para escuchar respuesta la soltara. “Bueno, sí le escucho”, me contesta, ¿y, cual es la situación?... “La situación es que un joven traumatizado de bala, practicada una hemo-toracocentesis con un descartable después de 48 horas, insensible en el miembro, no camina, no micción, que después de la evacuación de 1.5 litros de sangre ha mejorado su estado hemodinámica y respiratoria; ya inició rehabilitación respiratoria soplando con una sonda, etc.” “¡Entendido!”, me responde el Dr. Ricardo Bruno Navarrete. Al escucharlo reconozco su voz. Fue mi profesor en medicina interna en la Unidad de Emergencia del Hospital Rosales años atrás, y ahora me sorprendía porque estaba en nuestro lado.

Bueno, todo lo hecho está magnífico. Tiene una irritación medular por compresión que la provoca la bala y es necesario evacuar vejiga con sonda, y si no la tiene, entonces con punción suprapúbica hasta vaciarla; pero antes póngale compresas de agua helada para estimular su reflejo; es posible que después de un par de horas orine por sí mismo; manténgame informado”. “¡Entendido!”, le contesto, “Bueno, entonces ¡cambio y fuera!”.

Fue de alivio de presión el haber hablado con Bruno Navarrete. Estaba seguro que su asesoría serviría para resolver el globo vesical de Carlos. De inmediato recorro los 150 metros que nos separaban del puesto de mando de Gonzalo con la clínica, para iniciar con las compresas de agua helada. Ni siquiera quería pensar en las otras opciones; no había equipo para hacerlo.  “¡Ya estuvo, Carlos!” “Hablé con uno de mis antiguos profesores del hospital y me ha dado orientaciones para resolver lo de la orina, hay que estimular tu vejiga con compresas de agua helada hasta que orines…” Carlos abre más de la cuenta sus grandes ojos negros y me dice, “Ustedes saben lo que hacen y espero en Dios que todo salga bien”.

Después de dos horas de compresas, Carlos se sienta y me dice que quiere orinar, y se le alcanza un bote para que desocupe su vejiga.


9 comentarios:

  1. LAS COSAS BELLAS Y DOLOROSAS QUE QUE VIVIMOS LOS VETERANOS DEL HISTORICO FMLN. SALUDOS.

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    1. Buscando esta narrativa, encontré tu comentario y saludo.
      Alguien me preguntó sobre como murió Gina, ya que salió una vesion bien diferente a la realidad hace un par de dias en un periodico de ES. Despues de dar mi version, porque estuve en el lugar y tiempo en que ella cayó, referí al amigo a ver esta narrativa donde hago referencia a su heroica caida, Gina dejó una hija que se hizo arquiteto y al parecer le han armado una historia distorcionada.
      Gracias por el saludo y retornado.

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  2. Que bello recordar esos tiempos donde todos eramos uno. Saludos rojos.

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    1. Esos tiempos con las experiencias vividas y valores practicados fueron únicos e irrepetibles. Las nuevas generaciones deben conocer lo que realmente paso para tomar experiencias y evitar lo que daña. Gracias por tu comentario.

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  3. Saludos....haciendo un estudio de endocri-cirujía encontre esta historia relatada donde nada más y nada menos que mi papá el Teniente Coronel Ricardo Bruno Navarrete es mencionado...Salvar la vida de alguién sin tener las condiciones para hacerlo es verdaderamente heróico y un milagro divino.
    Karla Bruno

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    1. Saludos Karla....como nos podriamos comunicar?
      Carlos Bruno

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    2. soy hija de Ricardo podemos comunicarnos

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    3. Por supuesto que podemos.
      Puedes rescribir al buzón electrónico: fidelaromeros@gmail.com
      Saludos.

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  4. Hola Karla! Tienes el mismo nombre de mmi hija mayor de 25 años ahora.
    Hace ratos que no llegaba por este blog, un amigo me informo sobre tu comentario. Tu padre fue mmi maestro en la unidad de emergencias del Hospital Rosales y después quien me oriento para resolver el caso que trata esta historia. Decirte que ese muchacho era mi hermano y después se hizo abogado al terminar la guerra civil.
    Soy de las personas interesadas en sacar a luz las vivencias testimoniales que forman parte de la memoria poco conocida de nuestra sociedad. Me gustaría conocer más sobre tu padre ya que he preguntado a un par de amigos y/o conocidos del Dr., deportista y luchador social Bruno Navarrete y me dan una respuesta no satisfactoria para mis inquietudes. Un abrazo fraterno de Fidel Romero.

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