miércoles, 8 de mayo de 2013

HISTORIAS DE ANTES DE LA GUERRA


LA MUERTE DE CHEMITA Y EL ASESINATO DE LA HERMANA DE MAURA Y SU BEBÉ

Por Fidel "Zarco".
I
A media mañana de un 25 de Febrero de 1963, vi de pronto la cara de mi hermana Hilda al otro lado del ventanal de vidrio que el salón de clases tenia hacia el lado de la escuela de niñas “Ramírez Pineda”, y por donde muchas veces nos escapábamos en los recreos para ir a una casita que tenía un pozo real con el fin de poder saciar la sed por la escasez propia de agua que había en la escuela donde estudiaba. Mi primer mes que asistía a una escuela de la ciudad; tenía alrededor de mil niños, todos varones; “La Federal”, le decían. Ya me estaba acostumbrando a ver tantos niños juntos, quienes al principio me veían como animal raro por venir del área rural (el campo), y saber de antemano las lecciones que impartían. “¿Quién fue tu profesor?”, me preguntaban.

Hilda aún era una niña sólo 3 años mayor que yo. Su cara tenía una expresión nunca vista en ella; tenía los ojos llorosos y enrojecidos como si lloraba desde hacía ratos… sobre su cabeza una paila cuartillera cubierta con una manta blanca para evitar el polvo que levantaban los carros al pasar por la calle sin pavimentar, y mantener limpio el maíz cocido, listo para el molino.  “¿Puedo hablar con mi hermano?”, le preguntó a Don Jesús Ramírez, quien estaba a cargo de una de las cuatro secciones en que se dividía el tercer grado.  El profesor, como adivinando la tragedia, le dice, “¿en qué te puedo ayudar?”. “¡A mi hermanito lo mató un carro! Y dice mi mamá que se regrese Fidel a la casa”. Escuché todo, y como impulsado por un resorte, me levanto del pupitre, tomo mi cuaderno metiéndolo al bolsón de tela con el lápiz, y sin mediar palabra salgo corriendo del salón de clase, cruzo la salita de la dirección, y evitando el pesado zaguán que era mantenido cerrado y controlado, salgo por la puerta aledaña, la abro y continúo corriendo hasta llegar a la casa.

Por el camino, mi cabeza resistía aceptar lo que había oído, quería confirmarlo por mí mismo; escuchaba el tropel de tres muchacho mayores, quienes querían darme alcance y tener un poquito de descanso, eran los tres alumnos de mayor estatura del sexto grado que el profesor había enviado para asegurarse que llegaba con bien hasta mi casa. Mi primer parada la hice a la entrada de la puerta. No había sentido cansancio por  lo poco más de 4 Km. que separaban la vivienda de la escuela. Ya habían vecinos acompañando. Veo al centro de la habitación una mesa, y sobre ésta, el cuerpo de Chemita como si estuviera dormido. Lo rodeaban abundantes naturales y coloridas flores; había un silencio sepulcral; se podía escuchar hasta el ruido de una mosca volar; todos los presentes miraban la escena; di una lenta vuelta alrededor de la mesita enflorada… Allí estaba mi hermano menor como dormido, su cuerpo estaba intacto; quería saber dónde había sido el golpe que le quitó la vida. Veo su cabeza y descubro su cuero cabelludo levantado por la parte tempero-occipital derecha de su cráneo, se veía el hueso un poco hundido, estiro mi mano y le acaricio el aún tibio rostro, luego meto mis dedos para tocar el hueso medio hundido, no había duda sobre lo que dijo Hilda. ¡Todos al unísono como un coro empezaron a llorar! Me asusté al escuchar aquel coro desgarrador de los presentes, y pensé para mí mismo: “si con llorar revive mi hermano y se levanta de esa mesa, ¡está bueno que lloren todos!”.

Después de aquellos pensamientos sobre la resurrección del muertecito, hubo otro silencio. En ese momento llegó Alonso, mi hermano mayor que ya estudiaba en el plan básico del pueblo; también Hilda había pasado avisándole antes de cumplir su otra tarea de moler el maíz en el molino del pueblo.  Después de 50 años que pasó ese accidente de carro, no recuerdo lo que Alonso hizo o dijo; pero si recuerdo bien la llegada de mi padre a quien nunca había visto llorar; entra a la sala y dice llorando:  “¡Carajo!, en la madrugada que salí para el chagüite, vi a todos mis hijos dormidos en sus camas, y hoy que vengo ¡encuentro al más pequeño muerto!”.

A esas palabras le siguió el coro de llanto desgarrador y lamentoso. Después llegaron los músicos del cantón, porque a los niños se les ponía música cuando se morían; eran angelitos que preparaban el camino, decían los adultos, y mientras mi cabeza se resistía a creer aquella expresión: “¡la virgen se lo llevó porque ángeles quiere el cielo!”

II

Otro hecho impactante: la hermana de Maura dando a luz un bebé en un maizal de un hacendado. Algo que me conmovió y que prácticamente nadie supo hasta hace unos pocos años que lo escribí como parte de una introducción de un libro de historia escrito por un amigo.

No recuerdo exactamente si fue antes o después del accidente de carro en que murió mi hermanito, José María Romero (Chemita), cuando escuché sobre el asesinato de la hermana de Maura.

Ese verano en la época de las cortas de la cosecha de algodón, habíamos llegado a una hacienda algodonera cerca de la costa de los manglares al caserío de Aguacayo, donde vivía mi hermana Chabela con su familia.  Había un plática de adultos sobre una muchacha que había sido asesinada cuando estaba dando a luz un bebé en un maizal propiedad de una de las familias más ricas de la ciudad de Jiquilisco, la familia Chavarría. Romeo se llamaba el propietario del maizal. Ella iba con su marido hacia el hospital de Usulután, porque ya tenía los dolores de parto, y se metió a la milpa porque los dolores ya le impedían caminar; contaban que no había logrado nacer.  El guardabosques o cuidandero del maizal acompañado de Romeo, para justificar su hecho, habían puesto un costal de maíz tapiscado al lado de la difunta.

Escuchaba y pensaba que cómo era posible que hubiesen personas tan malas, como para matar  a una señora y un bebé antes de nacer. Eran las conversaciones escuchadas por todos lados del lugar sobre ese caso.  Al terminar la quincena de corta de algodón regresamos a la casa el fin de semana y llegó  Maura, hermana de la difunta mencionada, que había sido muerta por el hacendado. Llegó a vender sus acostumbradas hortalizas. “Pues es cierto, don Lolito, a mi hermana la mataron dando a luz  en el maizal de don Romeo Chavarría, y dicen que iba con el guardabosque, ¿Qué usted me aconseja? ¿Denunciarlo o quedarme callada?”

Estaba confirmando lo que había escuchado dos semanas antes en la algodonera y en la casa de mi hermana. No conocía a la difunta, pero sí a Maura, que era vecina nuestra y vivía a pocas cuadras de nuestra vivienda; su esposo de nombre Cipriano Gaitán, de una familia amiga de la nuestra.
Pues mire, Maura, -le responde mi padre- piense bien lo que va a hacer, en el pueblo no creo que le oigan, podría ser que usted vaya a la capital a la Procuraduría General de Pobres a poner la denuncia y también en la radio KL, para que todos se den cuenta de ese crimen; pero debe tener mucho cuidado porque esa gente es poderosa y tienen pisto para pagar abogados”.

Una semana después era noticia que salía por la radio KL que se autonombraba como “La poderosa”, por tener cobertura en todo el país.  Dos días estuvo saliendo al aire la información y luego nunca más.  Mi madre dijo: “De seguro que ya fueron a pagarle al dueño de la radio para que se callaran”. Iniciaron las clases en febrero y en la escuela también habían comentarios sobre la parturienta muerta dando a luz y decían que vendría un equipo de médicos forenses para examinar el cadáver y decir la verdad sobre el estado de la señora al momento de morir.

Yo había escuchado de boca de mi hermana Isabel y de Maura que era cierto lo del embarazo y sus dolores de parto, que no la dejaron seguir hacia el hospital, y ahora, decían, vendrían personas a confirmar su estado.  En esos años aún estaba vigente la pena de muerte y se comentaba que ese crimen valía por 8 muertes; que siete muertes era lo del bebé y que lo más seguro que fusilarían al hacendado ejecutor del hecho. Ese día que llegaron los forenses a media mañana al cementerio de Jiquilisco, me escapé de la escuela para ir a ver como era eso del examen forense.

Estaban los familiares además de el equipo de forenses y abogados, y -por supuesto- Maura, la hermana de la difunta. Yo me introduje en medio de los expectantes adultos pasando desapercibido.  Abrieron la tumba, sacaron el ataúd , lo pusieron a un lado de la sepultura abierta; con guantes y mascarillas hurgaron las entrañas de aquel cadáver en estado de descomposición. Todos se tapaban la nariz por el mal olor que desprendía y al final dijeron los forenses: “no hemos encontrado restos de bebé, no estaba embarazada”. Rompiendo el silencio de los presentes, saltó Maura y metió sus manos al ataúd sacando  un cuerpecito de un bebé también en descomposición, y gritó: “¡Y esto! ¿qué es? ¡Esto es el niño de mi hermana que no dejaron nacer asesinándoles! ¡Si Dios no hace justicia desde el cielo, nosotros tenemos que hacerla en la tierra!”

Esas frases resonaron no solamente en el cementerio, sino que también se comentaron por largo tiempo; pero el dictamen fue que la señora estaba robando maíz y por eso la acribillaron; el marido salió corriendo para salvar su vida. Así era la justicia en esa época.

Casi 20 años más tarde, Monseñor Oscar Arnulfo Romero decía en una de sus homilías: “En El Salvador la justicia es como una culebra, que muerde solo al descalzo”; y sólo duró 3 años como arzobispo; fue muerto de un disparo que le atravesó el corazón al momento que levantaba la hostia en una misa que oficiaba en un hospital de enfermos cancerosos de la colonia Miramonte de San Salvador.

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