domingo, 14 de abril de 2013

La Visión de Ezequiel


Por Baneste




Estaba yo andando por los caminos de aquel territorio que llamábamos "el país", nuestro país, y he aquí que -agobiado por los lamentos de mucha gente que sufría- me senté a descansar bajo la sombra de uno de los escasos árboles que todavía quedaban en pie en aquella región que antes había sido de frondosos bosques, y me dispuse a meditar sobre las penas de mis compatriotas, con un anhelo muy grande de obtener clarificación sobre las causas y posibles soluciones de tan penosa situación. El ardiente sol, que me quemaba inmisericordemente, me había hecho apresurar el paso para refugiarme bajo aquella sombra refrescante. Gruesas gotas de sudor se deslizaban por mis sienes y mi frente, las cuales apartaba con mis dedos.

Tenía sed, pero no había dónde tomar agua. Frente a mí estaba lo que mucho tiempo atrás había sido un río caudaloso, pero ahora parecía un viejo camino en mal estado o una carretera de la prehistoria. Más allá se divisaban varios campesinos trabajando en sus milpas.

La gente del campo tenía grandes dificultades para procurarse la alimentación diaria, puesto que, pese a que desde tiempos inmemoriales habían sido excelentes cultivadores de la tierra, les habían desposeído de ella, y sus métodos orgánicos de producción habían sido suplantados por nuevas técnicas de producción masiva empleando todo tipo de combinaciones químicas denominadas pesticidas, fertilizantes, semillas mejoradas y fungicidas. El empleo de dichos componentes definitivamente había aumentado la producción, pero no había mejorado la situación de vida del campesinado. Al contrario, el uso de tales insumos había generado contaminación del medio ambiente y la famosa semilla mejorada era parte de proyectos experimentales para inhibir la fertilidad humana. La abundancia de manantiales que otrora brotaban de los cerros eran cosa de un pasado que la mayoría ya ni siquiera recordaba.

El cansancio de la caminata combinado con el agotamiento mental que me generaba la angustia de ver sufrir a mi pueblo, me hizo dormitar recostado al tronco del árbol. Fue entonces que sin ser yo Pastor, ni Sacerdote, ni Elegido, sino el más insignificante individuo en la grandiosidad del universo, se me presentó una revelación con una claridad aterrante.

Vi posarse frente a mí una entidad jamás imaginada. Era un sólo cuerpo pero tenía cuatro cabezas. Esta entidad estaba cubierta por una esplendorosa túnica adornada con innumerables joyas de distintas clases y diferente intensidad de brillo. La túnica cubría completamente el cuerpo de aquella entidad por lo que no se podía determinar si tenía pies o ruedas, puesto que se movía con una velocidad instantánea hacia la derecha o la izquierda, hacia atrás o hacia adelante, lo mismo que flotaba y se suspendía en el aire desplazándose con asombrosa rapidez alrededor del árbol para posarse nuevamente frente a mí con todo su esplendor. La luminosidad que emanaba esta cosa no era enceguecedora, sino más bien agradable, y la multiplicidad de sus colores me producía un deleite visual extremadamente exquisito. La comparsa de sus movimientos era acompañada por una música suave de incomparable delicadeza.

La más prominente de sus cabezas pertenecía a la de un hombre de tez blanca, ojos azules y cabello rubio, aunque las facciones de su rostro parecían más bien afeminadas, especialmente cuando sonreía, lo cual hizo constantemente durante el lapso de esa aparición. La parte posterior de esta cabeza estaba cubierta por un sombrero de copa alta que estaba decorada, de la mitad hacia arriba, con franjas verticales rojas y blancas; y de la mitad hacia abajo, con una franja horizontal color azul en la que había una hilera de estrellas blancas y un pequeño letrero de oro que decía “Uncle Sam”.

La segunda cabeza también correspondía a la de un hombre de piel blanca y ojos azules, aunque su cabello (visible en las sienes) era cano. Ésta, en vez de sombrero, tenía puesta una mitra bastante elevada de finísimos adornos color dorado intenso, destacando en su centro una leyenda que decía “The Church”. Las facciones de su rostro denotaban una edad más avanzada y sonreía con practicada ternura, pero sus ojos no podían ocultar una mirada diabólica y tenebrosa.

Ahora bien, debo explicar que las cabezas no se me presentaban todas a la misma vez, sino de manera secuencial, porque la entidad era también rotacional; giraba en sí misma. La tercera de ellas igualmente representaba a un hombre de tez blanca y cabello rubio; aunque sus facciones eran rígidas y su aspecto sombrío e incógnito, y usaba una gorra de color verde olivo adornada con cinco estrellas de oro y un pequeño letrero que decía “Military Force”.

Por último, la cuarta cabeza no llevaba puesta nada, y asombrosamente, el cabello no era rubio, sino más bien castaño; la piel de su rostro era trigueña, con ojos color café, poseyendo una mirada al mismo tiempo vivaz y furtiva. En su cuello tenía puesta una diadema de letras de oro, que decía “The Politician”.

Es necesario aclarar que esta revelación me parecía muy explícita por los letreros que identificaban cada cabeza; pero si eso fuera poco, mi estupor aumentó cuando en un repentino giro, la entidad me dejó ver unas siglas en otra parte de su túnica, que decían “SATANAS”. Inmediatamente debajo de éstas, en letras más pequeñas pude leer “Satellite Automatic Navigation System”.

Mi congoja por comprender el significado de todo aquello fue súbitamente interrumpida por la portentosa voz de la entidad, que me dijo autoritariamente: “¡Mísero mortal, arrodíllate! ¿Qué no ves que la tierra en que reposas me pertenece?”. Esto en vez de intimidarme me enfureció, y cogiendo una piedra que estaba al lado mío, se la lancé con todas mis fuerzas a aquella extraña cosa, que se desvaneció tan súbitamente como había aparecido.

En ese momento escuché una dulce y tierna voz que me decía “¡Señor, señor!, ¿quiere agua?”. Abriendo mis ojos vi una niña y un campesino que me miraban con preocupación y condescendencia. Tomé en mis manos el calabazo que me ofrecía el hombre y bebí de aquella agua fresca. Reconfortado, me levanté para estrechar sus manos. Pero el desconocido, señalando el camino, y sonriendo con franqueza, me dijo: “¡Vamos a la casa para que hablemos de esos alucines que usted tiene!”.

“¿Cuáles alucines?”, pregunté yo, esperando me dijera algo sobre la visión que acaba de tener. Pero la niña dijo: “Eso de los Comités Vecinales de Sobrevivencia”.

Sin decir más me fui con ellos repleto de renovadas esperanzas; imaginando que tal vez mientras alucinaba hube de haber balbuceado lo de los Comités, que en mi opinión era lo único que quedaba para salvar a la humanidad.

2 comentarios:

  1. Excelente visión de la realidad del mundo y específicamente de los países que les han deformado sus economías, en este trabajo de Yasser: La visión de Ezequiel.

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    1. Una manera alegórica de presentar algunas ideas.

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