lunes, 15 de abril de 2013

LA PREPOTENCIA DEL AMPOLLERO

Escrito por Fidel "Zarco"

Como de costumbre, caminaba rápido para llegar lo antes posible a la casa en donde siempre había algo que hacer o ayudar en las tareas agrícolas,  al regresar del instituto de mi pueblo, Jiquilisco.  Estaba en cuarto año (equivalente al décimo año de hoy), sólo quedaba uno para terminar el bachillerato y luego buscar alguna oportunidad, y continuar en la UES; esa era mi meta.

Aquel día de finales del copioso invierno, venía más apresurado que de costumbre; el sudor casi empapaba mi uniforme, pantalón de dril, camisa blanca y corbata negra; corría un poco el sudor hasta llegar a mi mano que empuñaba mis cuadernos de apuntes, limpiándola con alguna frecuencia con un pañuelo para evitar estropear mis  preciadas notas de clase.  “¡Llegaste rápido muchacho!”, dijo mi padre, que tumbado con una piocha escarbaba para arreglar la entrada del callejón, que le permitiría entrar con carreta tirada por bueyes y sacar el maíz que estaba seco y listo para ser tapiscado.  Sólo son 4 kilómetros y he hecho 5 minutos menos”, le respondo. “Espéreme un tantito; sólo me quito el uniforme y regreso para ayudarle…” Corro a la casa que estaba a unos 100 metros de la calle y callejón que mi padre afanosamente trataba de hacer transitable para pasar sin riesgo de que volcara una carreta cargada con 8 matates o redes repletas de maíz.

Al regresar al lugar encuentro una escena que nunca me imaginé. Escucho voces alteradas en el sitio donde estaba mi anciano padre trabajando. Era “el ampollero”; así le decíamos al señor que vivía al otro lado de la calle y a orillas de una quebrada al fondo donde terminaba el callejón, porque tenia como medio de vida, visitar casa por casa preguntando si necesitaban alguna inyección ( ampolla que cobraba cincuenta centavos por el puyón), con su uniforme de macarthur color kaki, con sus dos enormes revólveres que colgaban de su cintura plateada, porque la tenía rodeada de cartuchos calibre 38.

Amenazante como una fiera enjaulada, el ampollero se paseaba enfrente de mi padre quien no salía de su asombro ante la conducta mostrada por el pistolero que, reflejamente, tocaba las cachas negras de sus revólveres que hacia pensar desenfundaría en cualesquier momento.  Al escuchar las voces provenientes de la entrada del callejón, acelero mi paso para ver qué pasaba... “¿Quién te dio permiso de emparejar estos hoyos?”, imprecaba el ampollero; su actitud no podía ser más amenazante e intimidatoria.  Todos sabíamos que la mayor parte del tiempo se la pasaba en la sede de la Guardia Nacional del pueblo desde hacia cinco años; que eran los que tenia desde que había llegado a vivir al lugar; que entraba y salía como uno más de ese puesto repudiado por todos los campesinos lugareños… “Roberto Chicas me dio permiso”, respondió con voz suave y calmada José Dolores Romero, mi padre, quien era respetado no sólo por ser el segundo poblador de mayor edad del lugar, sino que también por ser quien crecía las mejores milpas y sembrados con mayor rendimiento en las cosechas del área. Ese era mi padre: pequeño de estatura, piel blanca curtida por el sol del trópico, mirada suave de ojos casi verdes; nunca pesó mas de 110 libras.  Pues debés saber que este callejón no solo pertenece a Roberto”, casi escupiendo las palabras le recrimina el ampollero. “Debiste contar conmigo también y no te denunciaré por esta vez. Como sacas tu cosecha es tu problema”.  Estas últimas frases las dice ya caminando hacia su casa; ambos no se percataron que yo había escuchado y presenciado la escena. 

Mi padre, sin terminar el trabajo, recoge la piocha, el azadón y el corvo, y al levantar su cabeza se da cuenta que yo estoy ahí. “¡Muchacho! -me dice- ¡este señor quizás se levantó con el pié izquierdo!” “A palabras necias hay que poner oídos sordos, no hay que hacerle caso”, me dijo, observando con preocupación mi expresión de enojo.  Sin pronunciar palabra, recorrimos el trecho a la casa para guardar las herramientas y… ¡se me ocurre una idea en forma veloz!
Esto no puede quedar así, se necesita una respuesta. El ampollero se siente omnipotente porque tiene pistolas y el apoyo de la guardia… Todo eso pasaba por mi mente, diciéndole a mi padre:  Iré a dar una vuelta por la milpa antes que anochezca, por si hay quien quiera robar empezando la noche. Tiraré un par de tiros con el fusil”.  Solía salir a matar palomas alas blancas, o algún garrobo por petición de mi madre para mejorar el sabor del arroz o medicinal en el caso del garrobo. El anciano aprueba con un movimiento de cabeza sin ocultar en su rostro una expresión de preocupación.

Entro al cuarto donde siempre estaba el fusil; reviso si tiene completa la varilla con los 18 cartuchos calibre 22; chequeo la recamara y su seguro; cojo el machete de mi padre que siempre lo mantenía como a una navaja de afeitar.  Aunque no usábamos corvo, a él le gustaba que de vez en cuando ocupáramos el suyo con mi hermano mayor.  Esta vez, ya mi hermano no vivía con nosotros, estaba en San Salvador trabajando desde que se graduó de maestro… Con el fusil apuntando hacia el suelo colgado en mi hombro izquierdo y el machete en mi otra mano, me encaminaba hacia el guatal donde estaba el maizal doblado y seco, por la ronda que lindaba con el potrero de la hacienda de Ramón Mendoza. Caminaba sigilosamente evitando el ruido para sorprender a cualesquier intruso amigo de lo ajeno; levanto mi mano y compruebo que el machete podría cortar un pelo en el aire, al caer de un sólo tajo una rama de regular grosor de un árbol de tigüilote.

El terreno del ampollero estaba al fondo del guatal que nosotros cultivábamos, cerca de una quebrada. Había lindero común como de unos 150 metros con el maizal; una línea de árboles frondosos de jocote corona separaba a ambos terrenos; las ramas de abundante follaje cargadas de hermosos jocotes, cerca de sazonar, sobrepasaban casi unos tres metros al lado nuestro.  El ampollero había pedido de favor a mi padre que no le mochara las ramas para sacar mejor cosecha que vendería a regular precio en el mercado del pueblo.
 Mi mente de rebelde adolescente estaba ocupada por la escena e irracionalidad del pistolero humillando a mi progenitor. Levanto mi brazo armado con el corvo y de un solo tajo corto una rama gruesa de jocote y antes que caiga al suelo le doy dos machetazos más,  y ¡veo que es eso!, lo que necesito hacer para que el ampollero salga a tratar de parar mi acción de mochar el lindero del jocotal; aprovechar ese momento para decirle que mi padre tiene que ser respetado por lo que es, aunque no tenga pistola o influencias con la guardia.

Terminando los 150 metros del lindero estaba la casa. Tenía un patio regular cubierto por buena sombra de árboles de almendro; las ramas de jocote caían haciendo un ruido ininterrumpido por la rapidez con que las cortaba y partiéndolas en tres pedazos antes de caer para alfombrar el suelo… siempre levantando mi mirada en forma rápida hacia el tronco de la rama para asestar el golpe y hacia el final del lindero para ver si aparecía el propietario con sus pistolas.  Me sentía frustrado… no salió a detener mi obra de descombro. La casa estaba ya a unos 20 metros y, levantando la mirada, veo en el cielo un punto que se movía y aproximaba en dirección mía y la casa… solamente hubo tiempo de soltar el corvo quedando guindado de mi mano por el engazadero del mango; levanto el fusil apuntando al blanco que se movía en el aire, hago un disparo y cae un gavilán muerto en el patio junto a la puerta de la casa del amigo de la guardia.  En ese momento sale el ampollero sin su camisa, sin sus pistolas y sin su acostumbrado cincho con cartuchos de reserva; se agacha y toma el gavilán de un ala dirigiéndose hacia mi, diciendo:  “¡Qué bueno que usted nos ha librado de este gavilán pollero, viera cuántas manadas de pollo me deja a medias! ¡Gracias por haberlo matado, me ha quitado un problema!”  Lo observo sin decir palabras; me quedo pensativo; medio frustrado, pero satisfecho.
De regreso a casa antes de dejar el guatal, tipo 7 PM, hago el segundo disparo para cumplir con lo dicho a mi padre.  Caminando por la ronda que lindaba con el potrero de frondoso camalote del hacendado Mendoza, iba pensativo tratando de asimilar las fuertes emociones vividas desde que escuché las voces alteradas: la discusión humillante del pistolero dirigida a mi padre; mi esfuerzo por no intervenir viendo la serenidad acostumbrada de él; el plan hilvanado sobre la marcha de descombrar el jocotal para presionar saliera de su casa el propietario y tener la oportunidad de parar sus actitudes hacia mi progenitor. Mi mente estaba ocupada por tres imágenes que flotaban: los casi 150 metros del lindero alfombrado por los troncos y ramas y hojas del jocotal; el gavilán herido de muerte caído en la puerta del de la casa del ampollero; y su expresión quizás fingida de agradecimiento por haber cazado al gavilán pollero… esas acciones en el campo principalmente y en aquel tiempo, terminaban con muertos y enemistades largas entre las familias, y a veces por varias generaciones.

Un día después, José Dolores Romero me dice: “No debiste mochar las ramas del lindero del ampollero, dice que no quiere pendencias con nosotros y que está bien que también da permiso para usar el callejón y saquemos el maíz con carreta…”

Diez años más tarde la guerra comenzaba. Esa calle y callejón eran ocupados para dejar cadáveres de jóvenes con señales de tortura. No volví a llegar por el convencional camino que todos usaban desde que me fui a San Salvador a la UES, ya que ser universitario en ese entonces lo tomaban como sinónimo de subversivo. Al terminar la guerra fui a visitar el lugar, encontrándolo abandonado y con vecinos diferentes a los de cuando crecía en el Taburete Los Claros.

4 comentarios:

  1. Creo que se borró lo que te escribí ayer.... Prestando palabras a GM, sí, creo que hay que vivir para contarla (aunque a veces se vale imaginarnos otras vidas, ¿no crees?) En suma pienso que hay que contar para vivir :-)

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  2. Tratando de interpretar tu comentario sobre esta historia que señala uno de los tantos casos por no decir casi la generalidad de los abusos dados en el campo en aquellos años. Se narra algo que se vivió y ahora despues de haber pasado el campeonato de los años previos y de la guerra civil, estamos aun vivos para contar esas historias a las nuevas generaciones. Son historias del abuelo Fidel para que sus nietos, descendencia conoscan parte de sus raíces en el futuro.

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  3. Me parece una excelente idea hacerlo, Fidel. Estoy segura que tu descendencia – como toda futura generación clara y curiosa- atesorará tus escritos. (Con un cafecito en mano, volví hoy a tu página para leerle tu relato a mi esposo :-)

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  4. En lo particular estoy de acuerdo, en dejar un legado histórico de nuestros abuelos a nuestros hijos. Para transmitirlo de generación a generación, y conocer quienes somos y de donde venimos...

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