lunes, 25 de febrero de 2013

ELECCIONES DEL 2014 EN PERSPECTIVA (II)

LOS PARTIDOS POLÍTICOS
Por Baneste.

En los diccionarios se define a los partidos políticos como asociaciones de personas unidas por motivos comunes que buscan el control del gobierno para llevar a la práctica sus ideas de cómo gobernar a favor de los grupos que se dicen representar.

Los partidos políticos en El Salvador son, además, estructuras que históricamente han servido para proveer protección a personajes involucrados en crímenes graves y de corrupción, o que han sido señalados de haberlos cometido, pero que por la ineficiencia del sistema judicial no han podido desarrollarse procesos para juzgarlos. Una de las características principales de la clase política salvadoreña, a pesar de las supuestas diferencias ideológicas, es la facilidad con que se pone de acuerdo para burlar al aparato judicial en las pocas veces en que éste ha salido de su control.

Todos los partidos políticos que han existido y existen en nuestro país se han declarado abiertamente por sistemas de gobierno democráticos, pero en sí mismos niegan esa aspiración al ser estructuras verticalistas, con dirigencias enquisoladas impositivas, con líderes que critican los sistemas de gobierno dictatoriales, siendo ellos en su propia organización dictadorcillos que se aferran a los privilegios que les brinda su posición de poder.

Otro problema que ha sido crónico en el sistema de partidos en El Salvador, es la no diferenciación entre un militante político y un funcionario público; porque nunca se produce una separación orgánica de la persona con respecto a su instituto político después de haber sido elegido o nombrado en un cargo de administración pública. El funcionario sigue siendo, ante todo, militante del partido, por lo que sus acciones nunca responden a otros intereses que no sean los de su organización.

La mayoría de líderes políticos de El Salvador que ocupan las posiciones más elevadas dentro de sus partidos, y algunos cargos de importancia dentro del aparato de estado, han sido señalados de haber cometido crímenes, de haber participado en éstos, o de haberlos encubierto. Esa es la razón más fuerte el por qué se resisten a abandonar sus posiciones dentro de sus respectivas estructuras políticas; porque una vez fuera de ellas, tendrían que enfrentar juicios en donde con toda seguridad serían condenados, al no contar ya con la mampara de impunidad con que están cobijados; porque por otro lado, son individuos que no tienen nada bueno que ofrecerle al país.

¿Qué le pueden ofrecer Joaquín Villalobos o Jorge Meléndez a El Salvador? ¿Qué beneficio le representa al país tener un funcionario de la talla de Sigfrido Ochoa Pérez, o un Alfredo Cristiani enquistado en un partido obsoleto? O, acaso, ¿Tony Saca realmente cree que los salvadoreños ya se olvidaron de que ha sido el presidente sobre el cual pesan los mayores señalamientos de corrupción y enriquecimiento ilícito? ¿Qué progreso nos puede traer gente con apellidos D’abuisson, Merino, Parker, Duarte, Gross, Samayoa, etc., etc.?

El panorama salvadoreño es realmente desalentador. Los candidatos de los dos principales partidos políticos carecen de proposiciones bien fundamentadas porque carecen de opciones propositivas. Sus campañas estarán caracterizadas por la demagogia y la falacia, dándole más énfasis a la proyección propagandística de una imagen falsa a fin de captar esos votantes apáticos que al final serán los que decidan quien se queda con el pastel.

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