viernes, 17 de agosto de 2012

La Mitología Griega


Por Baneste



Los griegos de la antigüedad adoraban una extraordinaria cantidad de dioses, los cuales eran semejantes a los humanos, pero poseyendo más belleza, fuerza y grandiosidad; estaban dotados de liderazgo al ser más altos, siendo la estatura un atributo de hermosura en un hombre o una mujer, de acuerdo con la concepción griega. Las deidades de la Grecia antigua eran muy parecidas a los seres humanos en cuanto a los sentimientos y hábitos, ya que podían matrimoniarse y procrear hijos, a la vez que necesitaban alimentarse para obtener y acrecentar su fuerza, del mismo modo que requerían del reposo para restablecer sus energías.

Los griegos creían que la sangre de sus dioses y diosas (puesto que no eran sexistas en cuanto a lo divino) era un fluido etéreo brillante que llamaban Icor, el cual al derramarse poseía el poder de generar nueva vida. También creían que las capacidades mentales de sus deidades eran mucho más elevadas que la de los mortales; sin embargo, no estaban exentos de las pasiones humanas ya que con frecuencia actuaban por venganza, traición y celos. No obstante, siempre castigaban al transgresor, y hacían llegar calamidades a cualquier impío que se rehusara a adorarles y respetar sus ritos.

En la literatura clásica griega, con frecuencia nos encontramos con que estas deidades visitaban a los seres humanos para departir bebiendo y comiendo con ellos, a la vez que no era raro que tanto dioses como diosas se sintieran atraídos sentimentalmente hacia hombres o mujeres, llegando hasta el punto de juntarse para procrear lo que fue conocido como héroes o semi dioses, quienes usualmente llegaban a adquirir mucha fama debido a su gran valor y fortaleza. Empero, aunque había mucho parecido entre los dioses y humanos, existía una característica que les diferenciaba, siendo ésta que las deidades disfrutaban de inmortalidad, nunca morían. Aún así no eran totalmente invulnerables y con frecuencia encontramos que eran heridos y como consecuencia padecían tanto que muchas veces renegaban de su inmortalidad.

Los dioses griegos no tenían limitaciones en cuanto al espacio y el tiempo, teniendo la capacidad de transportarse a través de increíbles distancias con la velocidad del pensamiento. También poseían el poder de hacerse invisibles cuando así lo deseaban y podían adoptar la forma de personas o animales, según les conviniera. Asimismo tenían la capacidad de convertir seres humanos en árboles, animales o piedras, ya fuera como castigo o como forma de proteger al individuo contra algún peligro. Se vestían igual que los humanos pero sus trajes eran bien elaborados y mucho más finos.

Su armamento era también igual que el de los mortales, estando compuesto de lanzas, escudos, cascos, arcos y flechas, el cual usaban en combate. Cada uno de los dioses y diosas tenía un hermoso carruaje tirado por caballos u otros animales de origen celestial, el cual les servía para movilizarse rápidamente por tierra o mar, según fuera su deseo. Casi todas estas deidades vivían en la cumbre del Monte Olimpo, poseyendo habitaciones individuales, reuniéndose ocasionalmente durante las festividades en la cámara del consejo de dioses, donde sus banquetes eran amenizados por la dulce música de la lira de Apolo, mientras las musas entonaban con sus tiernas voces las más bellas melodías al compás de sus notas.Templos magníficos fueron construidos en honor de estas divinidades, donde eran adorados con la mayor solemnidad; en donde también ricas ofrendas les eran presentadas, y donde animales, y muchas veces personas, eran sacrificados en sus altares.

La mitología griega contiene además algunos aspectos que podrían aparecer curiosos a simple vista, tales como lo referente a los extraordinarios gigantes que lanzan enormes rocas, el surgimiento de montañas, y la generación de terremotos que podían tragarse ejércitos enteros. Estas ideas, no obstante, pueden ser explicadas por las magnificentes convulsiones de la naturaleza que operaron en tiempos pre-históricos. Los fenómenos diarios que ahora nosotros sabemos con certeza que son el resultado de leyes precisas de la naturaleza, eran para los antiguos griegos, un asunto de especulación profunda y alarma. Cuando ellos escuchaban el rumor de la tormenta y miraban los relámpagos de los estruendos, acompañados de las oscuras nubes y lluvias torrenciales, creían que el gran dios de los cielos estaba encolerizado, y temblaban atemorizados ante su ira. Si la calma del mar súbitamente se tornaba agitada, y las olas se alzaban con altura de montañas, estrellándose furiosas contra las rocas, amenazando con destruir lo que estuviera a su alcance, lo interpretaban como una señal de que el dios de los océanos estaba furioso.

Cuando los antiguos griegos observaban la radiante luminosidad que precede al amanecer, ellos creían que la diosa del Alba, con sus dedos rosados, estaba apartando el oscuro velo de la noche, para abrirle paso a su hermano el dios Sol, para que entrase a iniciar su recorrido brillante. Así de esta manera, personificando todas las fuerzas de la naturaleza, esta poética e imaginativa civilización concebía una divinidad en cada árbol que crecía, en cada fuente de agua que fluía, en los brillantes rayos del sol glorioso, y en los pálidos y fríos rayos de la luna plateada.

Las más importantes de estas deidades, de acuerdo con la creencia de los antiguos griegos, podrían haber sido algo más que la creación de una actuante y poética imaginación. Podrían haber sido seres humanos que se habían distinguido tanto durante su vida por sus actos de heroísmo y rectitud, que habían sido deificados por la gente con la cual ellos convivieron. Es altamente probable que los más destacados hechos de estos seres deificados eran conmemorados por los bardos, quienes viajando de un lugar a otro iban cantando las gloriosas hazañas de sus héroes, tornándose difícil el separar los hechos reales de las exageraciones imaginativas que siempre acompañan a todas las tradiciones orales. Como ejemplo, supongamos que Orfeo, el hijo de Apolo, tan afamado por su extraordinario talento musical, hubiese existido en la actualidad. Sin duda lo tendríamos entre las más importantes celebridades artísticas del momento, y lo admiraríamos por eso; pero los griegos, con su vívida imaginación y vocación poética, exageraban sus dotes remarcables, y le atribuían a su música una influencia sobrenatural sobre cosas animadas e inanimadas de la naturaleza. Así tenemos que bestias salvajes eran domadas, caudalosos ríos eran desviados de sus cursos, y grandes montañas eran movidas por el tono de su dulce voz.

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